La naturaleza recupera su lugar: el último en la lista de prioridades

Si tuvieras que definir las palabras “medio” o “ambiente”, ¿podrías dejar algo afuera o más bien dirías que es todo lo que somos y lo que nos rodea?

Holis, ¿cómo estás? Desde que empezamos con estas cartas, hay una idea que atraviesa todas las entregas y es la de pensar este momento como una crisis ambiental. Y esto no es solo analizando cómo se relaciona con factores que estamos acostumbrados a asociar a este término, como la deforestación o la pérdida de biodiversidad, sino también considerando cómo desafía nuestras relaciones sociales y, sobre todo, las formas que tenemos de producir conocimiento e implementarlo. Pensalo así: si tuvieras que definir las palabras “medio” o “ambiente”, ¿podrías dejar algo afuera o más bien dirías que es todo lo que somos y lo que nos rodea?

Un virus respiratorio, un mundo agitado

Seguro viste esas fotos de delfines en Venecia o de carpinchos en Nordelta junto a frases como “cuando los humanos se van la naturaleza recupera su lugar”. Lo primero que hay que distinguir en esta narrativa es que no se trata de una vuelta hacia las características ecosistémicas previas al emplazamiento humano, sino que en general lo que se observa son especies que siempre estuvieron ahí pero que ahora se hacen más visibles porque están más tranca. Un lindo ejemplo de esto es que el Global Big Day, una gran competencia de observación de aves, se pudo llevar a cabo desde el confinamiento porque no hay necesidad de trasladarse a lugares menos transitados para ver a los pájaros de la zona, que hoy se pueden fotografiar desde los balcones.

Más allá de la oportunidad de poder reconocer a las otras especies que nos rodean, que siempre es algo bueno porque nos recuerda que no estamos solos, creer que la naturaleza es una gran beneficiaria de la pandemia entraña algunos riesgos. Para saber más sobre la agenda ambiental en estos tiempos, entrevisté a Eyal Weintraub de Jóvenes por el Clima, una organización que se dedica a la incidencia política a partir de generar demandas populares para el desarrollo sostenible.

¿Qué pensas cuando se dice que el único que sale ganando de esta crisis es el ambiente?

Me parece que sostener que hay beneficios para el ambiente es, como mínimo, peligroso. El ambiente es con la humanidad, y con toda la humanidad. Si los grupos ambientalistas festejamos una pandemia, estamos excluyendo a los sectores vulnerados que hoy la están pasando muy mal y sin la acción coordinada con esos sectores no hay modificación posible.

Aunque hay consenso científico sobre la necesidad de reducir las emisiones, no lo hay sobre cómo hacerlo. Hay quienes sostienen que lo que se debe buscar es el desarrollo tecnológico para sostener la estructura productiva generando menos contaminación. Nosotros creemos que hay que generar voluntad política de escuchar a la ciencia pero a través de demandas populares, y en la articulación de esas demandas necesariamente se tiene que generar un cambio de paradigma en las formas en las que producimos para dar lugar a las formas de producción de los sectores más postergados. Hoy, las economías populares y la agroecología son llevadas a cabo desde organizaciones de base y son grandes ejemplos de cómo generar bienes con impactos mínimos. 

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Por otro lado, algo positivo de ver a estos animales que en general no vemos es que se evidencia el vínculo entre la contaminación y la actividad humana.

¿Qué escenarios políticos nos presenta la relación entre pandemia y ambiente?

Desde hace tiempo se viene alertando sobre la pérdida de biodiversidad y su relación con los saltos zoonóticos. Por eso cuando hablamos de nueva normalidad es importante preguntarnos ¿a qué normalidad queremos volver? La crisis ambiental sucede lo suficientemente rápido como para que podamos observar sus consecuencias y lo suficientemente lento como para que no parezca urgente. Durante esta emergencia sanitaria, vimos que los Estados tienen gran capacidad de cambio, de modificación de su estructura, entonces es un gran momento para pensar en cómo podemos hacer para salir de la crisis económica que acompaña la pandemia sin repetir viejas recetas, evitando el efecto rebote que muchas veces viene de “recuperar el tiempo perdido”. 

A partir de esta ruptura de la idiosincrasia se puede generar otra, aunque ya estamos observando movimientos contrarios, como en China y Estados Unidos, que flexibilizaron su legislación sobre las emisiones de CO2 para no bajar tanto la producción. 

Ver video: “¿Existe una relación entre el Coronavirus y la crisis ambiental?

En una publicación reciente, los Jóvenes por el Clima advirtieron sobre un aspecto puntual de esta tergiversación del ambiente como un favorecido de la pandemia: lejos de disminuir, las emisiones de dióxido de carbono alcanzaron un nuevo récord en abril. Según un informe de Naciones Unidas, la concentración promedio de CO2 en la atmósfera en abril de 2020 fue de 416,21 ppm (partes por millón), la más alta desde que se comenzara a medir en 1958.

¿Por qué las emisiones aumentaron aunque el mundo está en cuarentena?

El aislamiento generó una caída en actividades productivas como la industria o la construcción, pero no puso un freno a nuestro consumo de electricidad, que en su mayoría viene de combustibles fósiles. La modificación de la matriz energética es central para generar condiciones de desarrollo sostenible y bajar las emisiones. Sin eso, va a ser muy difícil lograrlo, pero no solo hay que pensar en cómo reducir sino también en cómo sostener. No es cuestión de decir “bueno, ya que tuvimos una pandemia y sobrevivimos, vamos a parar la actividad por un mes todos los años”. Hay que tener cuidado con promover modelos en los que quienes menos contribuyen a la crisis climática sean los más perjudicados. Las crisis ambientales no se pueden compartimentalizar.

Según el informe Perspectivas de la energía en el mundo 2019 de la Agencia Internacional de Energía el 64% de la combinación global de energía eléctrica proviene de los combustibles fósiles (carbón 38%, gas 23%, petróleo 3%). Los sistemas de calefacción y refrigeración, la iluminación y muchos otros artefactos eléctricos siguen funcionando como antes del COVID en ámbitos domésticos y comerciales. Además, los incendios forestales continúan afectando grandes áreas de Brasil, Honduras, Myanmar, Tailandia y Venezuela, emitiendo grandes cantidades de CO2. Los expertos señalan que para mantener el calentamiento global promedio a 1,5°C necesitamos alcanzar cero emisiones netas para 2040 (2055 a más tardar).

El siguiente gráfico muestra la tendencia ascendente de las emisiones desde que se comenzaron a medir, tarea que se lleva a cabo analizando hielo, ya que las capas de nieve acumuladas durante el tiempo capturan material biológico e inorgánico que permite saber distintas cosas sobre el clima en un momento determinado.  La concentración de CO2 en distintas capas de lo que llamamos núcleos o testigos de hielo, pedazos de hielo antártico que en su profundidad tienen hasta 400.000 años, nos muestra la evolución de la presencia de este gas en la atmósfera. 

Por otro lado, la variación de niveles en un mismo año se explica por la diferencia en la cantidad de tierra entre hemisferios. En el norte hay una mayor masa continental y se absorbe más CO2 durante el verano. Por eso, las concentraciones globales alcanzan su punto máximo en mayo, cuando termina el invierno en ese hemisferio, las plantas se descongelan y liberan el CO2. En la primavera, la fotosíntesis absorbe parte del gas atmosférico y las concentraciones se reducen.

Gráfico 1. Tendencia en la concentración de CO2 atmosférico. Fuente de datos NOAA, gráficos de la Sala de Situación del Medio Ambiente Mundial del PNUMA.

Las mediciones nos dan datos, y los investigadores pueden hacer modelos predictivos, analizar antecedentes y hacer sugerencias sobre qué convendría hacer, pero para darle sentido a esas recomendaciones hacen falta actos que las sostengan. Como dijo Wittgenstein:

“Sentar las bases, justificar la evidencia, tiene un fin. Pero ese fin no es que ciertas afirmaciones se aparezcan ante nosotros inmediatamente como una verdad, no es algo así como verlo por nosotros mismos. Lo que yace en el fondo del juego del lenguaje es lo que hacemos”. 

O sea que hoy por hoy, escuchar «vamos a cuidar el ambiente» en un discurso político no significa nada porque en nuestra práctica de gestión de recursos comunes no existe tal cuidado, no hay ninguna iniciativa, ninguna costumbre a la que lo podamos asociar. Ahora más que nunca, para que la información que nos da la ciencia a través de diagnósticos adecuados se transforme en conocimiento y las advertencias que venimos escuchando hace años finalmente tengan un significado apropiado popularmente, debemos generar las condiciones para ponerlas en acción a través de su inclusión en la agenda política.

¿Cuarentena? Kcyo estoy re loko

Entre las muchas preocupaciones que genera el aislamiento, la salud mental ocupa un lugar primordial. La emergencia sanitaria genera la necesidad de priorizar un aspecto de la salud sobre otros, lo que genera un desbalance importante. Y entre las cosas que podrían mitigar el impacto del aislamiento hay una de la que poco se sabe y mucho se dice: el consumo de sustancias psicoactivas.

Por eso, un grupo de investigadores inició el experimento “Conciencia y Sustancia”, que encuestó a 5.300 personas de entre 20 y 30 años de todo el país, en su mayoría mujeres y busca establecer relaciones entre las formas de llevar el aislamiento, hábitos actuales y (sobre todo) experiencias pasadas de consumo de sustancias psicoactivas y otras costumbres como meditación y práctica religiosa.

En una entrevista, Enzo Tagliazucchi, físico y parte del equipo que lleva a cabo la iniciativa señaló que: 

“Se observó que el 98,44% de los participantes consumió alguna vez, constantemente o esporádicamente alguna droga legal o ilegal, tales como marihuana, tabaco, sedativos, antidepresivos, antipsicóticos, disociativos, alcohol y psicodélicos. El informe arroja resultados llamativos en cuanto al uso de los psicodélicos. El 40% de las personas encuestadas consume LSD, psilocibina, presente en los hongos cucumelos, mescalina, ingrediente activo de los cactus San Pedro y Peyote, DMT, principio activo de ayahuasca. Estos porcentajes son sorprendentes ya que solo un 10% de la población mundial suele consumir estas sustancias. Tal como aclaran los investigadores esta, como las otras encuestas del mundo, se encuentran sesgadas por las personas que deciden participar. Solo el 1,56% de los individuos consultados dijo no consumir absolutamente ninguna sustancia psicoactiva, incluyendo drogas muy comunes, tales como café o alcohol”.

Si bien los resultados no son representativos de los hábitos de consumo de la población, sí pudieron observarse correlaciones fuertes. Los consumidores de hongos psilocibes reportaron una notoria disminución de la ansiedad y sentimientos negativos, y un incremento de los sentimientos positivos, es decir más optimismo, satisfacción, tranquilidad, y un incremento de autonomía, vínculos sociales y bienestar general. Los que reportaron haber usado LSD muestran un patrón de asociaciones similares, mientras quien consumió en el pasado San Pedro muestra asociaciones muy fuertes con sentimientos positivos, autonomía y bienestar. Mientras, aquellos que consumieron drogas como tabaco, cafeína, sedativos y antidepresivos reportaron niveles más altos de ansiedad estado, es decir ansiedad en el momento de responder la encuesta, y ansiedad rasgo, la ansiedad característica de su personalidad y sentimientos negativos, tales como ira, enojo, agresividad, celos. También los niveles de bienestar general y resiliencia son más bajos.

Más allá de lo que podemos inferir sobre los hábitos en pandemia, este experimento abre el panorama para pensar en empezar a profundizar en los estudios sobre los efectos de los psicodélicos en la salud en Argentina. El estigma sobre estas sustancias también pesa sobre ellas a la hora de hacerlas objeto de análisis, pero cada vez hay más trabajos que indican su potencial beneficioso.

Hola bb, ¿querés venir a compartir un respirador a casa?

Un equipo de la Facultad de Ingeniería de la UBA anunció el desarrollo de un dispositivo que permite que dos pacientes usen un mismo respirador.

Cómo funciona. El desarrollo cuenta con tres válvulas que regulan lo que se conoce como presión de pico y residual. Por un lado, dos válvulas se ocupan de regular la presión de pico (provocan una caída de la presión entre lo que marca el respirador y lo que llega a la persona). Esa presión “restante”, se canaliza mediante una tercera válvula, que la desvía haciendo llegar el aire a otro paciente. Así, uno recibe aire con la presión que marca el respirador y otro con un valor modificado.

Por qué es novedoso. El dispositivo, además de ser de bajo costo, no tiene componentes electrónicos, por lo que es de fácil utilización y no requiere asignación de recursos extraordinarios. Solo puede ser usado en uno de los modos del respirador, el de respiración controlada, que corresponde a pacientes completamente sedados, sin reflejo respiratorio, que comparten la frecuencia respiratoria. 

Para qué sirve. El artefacto está pensado para una situación de crisis en la que no haya suficientes respiradores en terapia intensiva. En varios lugares del mundo se desarrollaron instrumentos similares buscando soluciones rápidas a problemas inminentes, ya que hacer respiradores es mucho más complejo.

En esta nota de Agencia TSS, Guillermo Artana, doctor en ingeniería y referente del proyecto señaló: “Ante un pico muy alto de necesidad de respiradores nuestro dispositivo permite atravesar una situación circunstancial y así no ocupar todos los recursos del sistema de salud. Considero que no habría que dimensionar el stock de respiradores en función de la situación de pico, que puede ser muy puntual”.

Si bien sigo hablando de coronavirus, ya sé, espero que esta edición también te haya hablado de otra pregunta centenaria. ¿Las armas del amo desmontan la casa del amo? En este caso, ¿el freno en la economía dispuesto por las máximas autoridades podría funcionar para decirles que ya no tienen esa excusa para dejar de lado el ambiente? ¿La apelación a una nueva normalidad por parte de los gobiernos puede ser reapropiada para generar una salida de la crisis que priorice los modos de producción de los más afectados? ¿La centralidad de la salud como bien a proteger en nuestra organización social podrá llevarnos a superar los estigmas e intereses comerciales que pesan sobre sustancias que potencialmente beneficiosas para promover la producción de conocimiento al respecto?

El tiempo dirá, pero desde este newsletter haremos lo posible.

Te mando un beso enorme,

Agostina

Soy comunicadora científica. Desde hace tres años formo parte del colectivo Economía Femini(s)ta, donde edito la sección de ciencia y coordino la campaña #MenstruAcción. Vivo en el Abasto con mis dos gatos y mi tortuga. A la tardecita me siento en algún bar del barrio a tomar vermú y discutir lecturas con amigas.