La cárcel de Pistorius: de atleta olímpico a femicida

Su foto recorrió el mundo, el sudafricano fue el primer atleta con discapacidad en correr en los Juegos. La historia de un ídolo que dejó de serlo el 14 de febrero de 2013, cuando mató a su novia. Este mes salió en libertad condicional después de ocho años preso.

Hace veinte años Oscar Pistorius iniciaba su carrera al estrellato. El atleta sudafricano tenía apenas 17 años y ganaba el oro en los 200 metros de los Juegos Paralímpicos de Atenas 2004. Sin piernas desde niño, Oscar corrió más rápido que nadie con sus prótesis de fibra de carbono. Tetrapléjicos, mutilados, ciegos, todos los deportistas paralímpicos son históricamente símbolo de superación. Pero la maquinaria del éxito eligió a ese joven de cuna rica de Pretoria. Y esa maquinaria se llevó todo puesto. Las propias autoridades deportivas tiraron sus reglamentos y aceptaron que Pistorius fuera el primer doble amputado autorizado a competir en Juegos Olímpicos convencionales. Sus “piernas” de fibra de carbono vs. las piernas de carne y hueso de los atletas “normales”. Llegó a semifinales en los 400 metros de los Juegos de Londres 2012. El mundo estaba rendido a su talento y esfuerzo. Millones decían inspirarse en él. 

Seis meses después todo se derrumbó. El 14 de febrero de 2013, día de San Valentín, Pistorius asesinó a su novia. Con su pistola Parabellum 9mm, con la que dormía debajo de la almohada, le disparó cuatro balas del tipo “Black Talon”, munición expansiva de daño máximo, que traspasaron la puerta del baño donde Reeva Steenkamp se había refugiado. Pistorius alegó que la confundió con un ladrón. Fue condenado a quince años de prisión. Hace nueve días, el viernes 5 de enero de 2024, cumplida la mitad de la pena, Pistorius salió de la cárcel y quedó bajo el régimen de prisión domiciliaria en la mansión de su tío Arnold. Esta es la historia de ascenso y caída de Pistorius, apodado “Blade Runner”. 

La madrugada de San Valentín

El atleta durante el juicio por homicidio.

Aquel 14 de febrero de 2013, el detective Hilton Botha, veterano de 24 años en la policía sudafricana, llegó poco después de las cuatro de la madrugada al apartamento del barrio cerrado y de alta seguridad de Silver Woods Country Estate, en Pretoria. En las paredes, trofeos y afiche autografiado de Mike Tyson. En el piso, al pie de la escalera, cubierto con toallas, el cuerpo de Reeva. Comprobó que no hubo rastros de asalto, no dudó de que se trataba de un homicidio y le dijo a su superior que Pistorius debía ser arrestado. 

Cada ocho horas había un femicidio en Sudáfrica, principal causa de muertes violentas en el país. Botha se acercó a Pistorius, que lloraba con la cabeza entre las manos (manos que ya se había lavado). “Pensé que era un ladrón”, le dijo el atleta. En el juicio, Botha ratificó que fue homicidio. Pistorius se largó a llorar descontrolado. Sus abogados buscaron cualquier contradicción del detective. Esa misma noche le reflotaron un viejo caso de 2011, una mujer muerta por supuesta negligencia suya. Al día siguiente, el detective Botha fue retirado del caso Pistorius. 

“No tenemos ninguna duda de que la acusación no tiene sustancia”, defendió en aquellos días el tío Arnold, portavoz y cabeza de los Pistorius, una familia con negocios en minería, turismo y desarrollo inmobiliario. La historia es conocida. Oscar nació sin peroné y le amputaron las piernas por debajo de la rodilla cuando tenía 11 meses, una decisión difícil para los padres, que cinco años después se divorciaron. Sheila (Oscar tiene tatuadas las fechas de nacimiento y muerte de su madre) crió a su hijo buscando fortaleza: “El verdadero perdedor –le escribió una vez- nunca es la persona que cruza la línea de meta en último lugar. El verdadero perdedor es la persona que se sienta a un lado, la persona que ni siquiera intenta competir”. Henke, el padre, le regaló lancha, esquís y deporte (“la salvación del deporte”, cuenta Pistorius en su libro autobiográfico “Blade Runner”). Atletismo, rugby, waterpolo. Las primeras prótesis fueron como la capa voladora de Superman.  

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Blade Runner se hace ídolo

Pistorius, cuando ganó los 400 metros masculinos en los Paraolímpicos de Londres en 2012. (AP Photo/Kirsty Wigglesworth)

Un amigo ingeniero de diseño le consiguió prótesis mucho más livianas (Flex-Foot Cheetah) y tres semanas después Oscar, que hasta entonces era un atleta paralímpico con registros normales, comenzó a correr más rápido que nadie. Gloria en Atenas 2004. Segundo puesto en Roma en 2007 contra atletas sin discapacidades. Se abrió el debate sobre si, paradójicamente, el atleta discapacitado, tenía “ventaja” con sus cuchillas de fibra de carbono de dos kilos y 35.000 dólares. Los especialistas establecieron que sí. Que en el tramo final de la carrera, cuando las piernas humanas ya acusan desgaste, sus cuchillas impulsionan, en cambio, con mayor velocidad y potencia. “Página infame para el deporte, la ética y la humanidad”, editorializó La Gazzetta dello Sport, diario-Biblia del deporte, el veto que el deporte impuso al joven que ya era ídolo de millones. 

Pistorius apeló y un tribunal suizo (TAS) desechó argumentos científicos y revirtió la prohibición. Pistorius terminó compitiendo en los Juegos de Londres 2012. Sus marcas no eran las requeridas, pero Sudáfrica igualmente lo incluyó en el equipo porque Oscar se había convertido en rostro del país. Fue a los shows de TV de Jay Leno y Piers Morgan. Perfumes, ropa Nike, anteojos de sol Oakley. Dos millones de dólares de los patrocinadores. Cuerpo esculpido. “El galán más sexy de Sudáfrica”, lo elegía la revista Heat. “¿Hemos cultivado un monstruo sin darnos cuenta?”, se preguntaría tiempo después el periodista italiano Gianni Merlo, coautor de una biografía.

La tragedia griega

El juicio por el homicidio fue como un Gran Hermano. Periodistas de todo el mundo. “¡Cómo no estar aquí! Tenemos a un titán de la naturaleza, mitad hombre, mitad máquina, caído en desgracia. Es una tragedia griega irresistible”, decía el canal que transmitía 24 horas continuas con el juicio. Duró siete meses. Cuarenta testigos. Y Oscar, el atleta que negaba su discapacidad, mostrándosela ahora al jurado, para decir que la noche fatal estaba sin sus prótesis, asustado y vulnerable. Caminó por la sala con sus muñones. Lloró hasta su psicóloga. Vomitó. Clamó perdón, sin admitir jamás que disparó presa de la ira, tras una fuerte discusión con su novia, como estableció la sentencia. Sin embargo, en la primera instancia, Thokozile Masipa, segunda jueza negra en la historia de Sudáfrica, interpretó que no fue ejecución sino accidente, que no hubo furia, sino “pánico”. Privilegios de blanco rico, clamó buena parte de Sudáfrica, el país que sufrió medio siglo de apartheid. Un tribunal de apelaciones aumentó la sentencia de seis a quince años y Oscar fue a la cárcel. 

Ya había perdido el blindaje del éxito. La prensa publicó todo un historial de violencia que antes omitía. Agresiones a mujeres en fiestas privadas, a otros hombres de puro celo, amenazas, accidentes poco investigados (uno en barco lo dejó tres días en coma y 180 puntos en la cara) y un arsenal de armas, un total de 55 a nombre de la familia, para cazar o para protegerse, decía papá Henke, en un país ya sin apartheid, pero que sufría niveles récords de desigualdad y violencia. Una minoría blanca, rica y armada, temerosa de la mayoría negra. 

Selfies de Pistorius haciendo pruebas de tiro. Blade Runner pasó a ser Blade Gunner. Daba entrevistas con una pistola sobre la mesa. Pitbull y Bull Terrier. Colección de autos de carrera, incluído un Mclaren Spider de 300.000 dólares. Pastillas para dormir. Levantarse de noche siempre con el arma. ¿Por qué no creer que, en medio de ese escenario de puro desborde, Oscar pudo haber matado realmente a su novia “sin querer”?, se preguntó John Carlin, periodista de fama mundial, biógrafo de Nelson Mandela y que escribió también un libro sobre Pistorius y el juicio.  

El pastor cristiano

Se supo poco y nada sobre los más de ocho años y medio que Pistorius pasó en el Centro Correccional Atteridge, en Pretoria. Alguna pelea, un supuesto autoataque y hasta un posible futuro de pastor cristiano, rol oficioso que aparentemente ejerció ayudando a otros compañeros de prisión. Que engordó, fumó a destajo, barbudo y canoso. Y, ahora, ya con 37 años, está lejos del atleta que fue. En libertad condicional hasta 2029, tendrá que seguir asistiendo a programas de rehabilitación para manejo de ira y violencia de género. Prohibición de alcohol y otras sustancias y no dar entrevistas. Grupos feministas protestaron por su salida de prisión, que en rigor cumple con las reglas comunes a cualquier condenado. Y una recuperación de imagen, dicen los críticos, que suena improbable, como comentarista, entrenador o marca de lo que fuere, hasta tanto no haga un mínimo reconocimiento de culpa.   

Cumplirá el resto de la pena en una cabaña propia, parte de la mansión de Arnold, el tío rico que será responsable de su cuidado. En Waterkloof, suburbio exclusivo de Pretoria. Piscina y cancha de tenis. En 2014, cuando Oscar todavía tuiteaba mensajes cristianos de amor y tolerancia hacia quienes odian (“porque también de ellos tenemos algo que aprender”), el tío Arnold escribía en su red: “Mientras la LUZ destruye la OSCURIDAD, LA VERDAD destruirá el MAL”. Hay un discurso que hoy busca comprensión. Lo difícil que será para él vivir con miedo a represalias. “Como si tuviésemos que aceptar la historia de redención global del pobre Oscar. ¿En serio? ¿No debería ser pobre Reeva?”, escribe una periodista en Globe and Mail. Reeva Steenkamp, la víctima, es la gran omisión de casi toda esta historia.   

El día previo al homicidio, Reeva, 29 años, licenciada en derecho, y que llevaba apenas tres meses de novia con Pistorius, envolvió un regalo de San Valentín para Oscar y pagó el cable de la TV de sus padres, para que pudieran ver su aparición en el reality de TV Tropika Island of Treasure, un pico para su carrera de modelo. Rubia y bonita, rostro de Avon, Toyota y otros, y destacada por la revista masculina FHM. Ese mismo día previo, Reeva pulió también un discurso que al día siguiente debía dar a estudiantes de Sandown High School. Parte de la “Campaña del Viernes Negro para la Concientización sobre la Violación” por la muerte de una joven de 17 años violada en Ciudad del Cabo. 

Era un discurso que hablaba de su niñez en una granja humilde de Port Elizabeth y de cómo ser modelo la ayudó a mejorar una autoestima que había sido dañada por una relación emocionalmente abusiva en su adolescencia. June, su madre, acepta hoy la ley que permitió a Pistorius salir de la cárcel, pero dice que ella seguirá cumpliendo “una condena de por vida”, porque ya nada le devolverá a su hija, y porque solo podría cerrar su duelo cuando el atleta “diga la verdad. Es mi deseo antes de morir: que Oscar nos cuente lo que pasó esa noche”.

Soy periodista desde 1978. Año de Mundial en dictadura y formidable para entender que el deporte lo tenía todo: juego, política, negocio, pueblo, pasión, épica, drama, héroes y villanos. Escribí columnas por todos lados. De Página 12 a La Nación y del New York Times a Playboy. Trabajé en radios, TV, escribí libros, recibí algunos premios y cubrí nueve Mundiales. Pero mi mejor currículum es el recibo de sueldo. Mal o bien, cobré siempre por informar.