Opinión

Jugar pese a todo, protestar en TikTok

Hoy, sin jugadores que protesten, comienza la Copa América en el Brasil de Jair Bolsonaro.

Aún dentro de su burbuja (no solo sanitaria), los jugadores realizarán hoy domingo un gesto político. Quieren mostrar su compromiso con el tiempo que les está tocando vivir. Lo harán justo antes de que comience el partido. Y lo harán en su máxima competencia continental de selecciones. ¿Estamos hablando de la Copa América que la Conmebol llevó a Brasil, un país bajo fuerte protesta social y que en pleno torneo podrá alcanzar el medio millón de muertes por la pandemia? No. Como sucedió ayer mismo con la selección belga, el gesto lo harán hoy los jugadores de la selección inglesa en Wembley, antes de su partido contra Croacia, en su debut en la Eurocopa. Se arrodillarán en protesta por el maltrato a la población negra, como lo habían hecho meses atrás las estrellas de la NBA. La protesta, curioso, sucede en el Primer Mundo del deporte. En el Tercero, los deportistas parecen seguir el decreto de la autoridad. El célebre “shut up and play”. Cállense y jueguen. Lo ordenó en 1986 el entonces presidente de la FIFA Joao Havelange, por una protesta de jugadores contra el horario de inicio de los partidos del Mundial de México, que había sido fijado para cuidar intereses de la TV. La rebelión era liderada por Diego Maradona.

El gesto de arrodillarse suscitó ayer sábado polémica porque, en su partido de San Petersburgo, la selección de Rusia no siguió la protesta que sí hicieron los jugadores belgas. Como es Rusia el enojo fue fácil y masivo. Pero, en rigor, tampoco ninguna otra selección de la Eurocopa se había arrodillado en los partidos de viernes y sábado, incluyendo el juego que Finlandia le ganó a Dinamarca y que registró la conmoción del colpaso sufrido en el campo por el volante danés Christian Eriksen. Y todo hace pensar que los jugadores ingleses podrán volver a ser silbados hoy en Wembley por sus propios aficionados, como sucedió en los dos últimos partidos amistosos que la selección jugó contra Austria y Rumania. Un columnista en The Times escribió el sábado pasado que la protesta ya estaba agotada y era “divisiva”. El diputado conservador Brendan Clarke-Smith llegó a compararla con el vergonzoso saludo nazi que jugadores de la selección inglesa hicieron en 1936 en un partido ante Alemania. Y el premier Boris Johnson se negó a condenar a los hinchas que silban y abuchean a los jugadores de la selección, que igualmente ya avisaron que seguirán arrodillándose durante toda la Eurocopa. Rusia, claro, es un blanco fácil de crítica. Pero el racismo es algo más complejo.


LOS ESTADOS AMIGOS DE BOLSONARO

Allá la Eurocopa, que se jugará por toda Europa, con premios millonarios, doce sedes y hasta promete algún estadio colmado. Y acá la Copa América que la Conmebol regaló a Jair Bolsonaro, tras las bajas primero de Colombia por protesta social y luego de Argentina por picos de pandemia. La inauguración será hoy en Brasilia, capital del país, que sufrió colapso sanitario en marzo y abril pasado, tiene hoy una ocupación hospitalaria cercana al 90 por ciento y está gobernada por un aliado de Bolsonaro, el presidente que en 2018 cosechó allí casi el 70 por ciento de los votos. El estadio que lleva el nombre del glorioso Mané Garrincha albergará el partido que el Brasil de Neymar deberá resolver fácilmente ante una Venezuela que, pese a las burbujas sanitarias garantizadas por la Conmebol, jugará diezmada por un contagio masivo de jugadores que sufrió apenas horas antes del partido. Al lado de Brasilia está Goiania, otra de las cuatro sedes de la Copa América que son bastiones de Bolsonaro y donde jugarán el lunes Paraguay y Bolivia (también afectada por contagios de último momento). La ocupación hospitalaria en Goiania está cerca del 80 por ciento. Su intendente, Maguito Vilela, estaba entubado por Covid-19 cuando fue elegido en octubre pasado. El colega Pablo Giuliano, corresponsal de la agencia Télam en Brasil, me recuerda que Vilela asumió por zoom desde su cama del hospital Albert Einstein, de San Pablo, y murió en enero pasado tras cuatro meses de internación. ¿Por qué no recibir entonces a la Copa América?

Cuiabá, principal motor sojero de Brasil, con una ocupación hospitalaria menos grave (66 por ciento), recibirá también hoy el partido Ecuador-Colombia. La última sede, que además será escenario de la final (10 de julio en el Maracaná, sin público), es Río de Janeiro, única ciudad con poderío futbolístico que aceptó albergar la Copa. No lo hizo San Pablo, donde ayer mismo Bolsonaro realizó un imponente acto de campaña, seguido por doce mil motocicletas. Habló de Dios y de los militares y defendió la cloroquina y una ley que autorice a quienes no quieran usar barbijo. Sus seguidores usaban ayer camisetas de la selección brasileña y otras que decían “Bolsonaro 2022”. El presidente competirá contra Lula, cuyo Partido de los Trabajadores (PT) fracasó en su reclamo contra la Copa América, que fue rechazado el jueves pasado de modo unánime por el Supremo Tribunal Federal (STF, la Corte Suprema en Brasil). Así lo esperaban Bolsonaro (“¿por qué no jugar la Copa si llevamos meses jugando fútbol regularmente en Brasil?”) y también la Conmebol, que garantizó la supuesta seguridad de su burbuja sanitaria y defendió la necesidad de competencia de las selecciones, para llegar mejor al Mundial de Qatar. La Conmebol ya hizo jugar partidos bajo balas policiales y contagios masivos. Se juega como sea. En realidad, las protestas actuales contra la Copa, más que una cuestión sanitaria, tal vez se deban a un símbolo de lo que representa el juego siempre ruidoso de la pelota en medio de tanta protesta y tanto dolor.


EL SILENCIO DE MESSI

Río es el segundo Estado con más muertes en Brasil y la ciudad tiene cerca del 95 por ciento de ocupación en las camas de los hospitales municipales. Es la “trinchera electoral de la familia Bolsonaro”, incluídos los hijos del presidente (Carlos es concejal y Flavio representa al Estado como senador federal). Allí, en el estadio Nilton Santos, debutará el lunes la selección argentina ante Chile, su verdugo en las finales de Copa América de 2015 y 2016, derrotas que, lejos de aliviar, hicieron más pesada la ausencia de títulos de la selección mayor desde la conquista de la Copa de Ecuador de 1993, bajo la conducción de Alfio Basile. Ya son veintiocho años de sequía. Casi tres décadas en las que Brasil, en cambio, acumuló nueve títulos, el último de los cuales en la Copa América que se jugó en 2019 también en su país. Fue el trofeo que Bolsonaro celebró dando una vuelta olímpica dentro de la cancha y de la que Leo Messi se fue furioso, denunciando “corrupción” en la Conmebol, que luego lo castigó con dureza. ¿Habrá sido esa una de las causas por las cuales el capitán argentino fue puro silencio cuando jugadores bandera de otros países (los uruguayos Edinson Cavani y Luis Suárez y el chileno Claudio Bravo) afirmaban en cambio que, con la región en picos de pandemia, la Copa América no debía jugarse? Hubo un momento que pasó casi desapercibido. Sucedió hace diez días apenas terminado el partido de eliminatorias que Argentina igualó 1-1 contra Chile en San Juan. “Atención que me dicen que Messi puede decir algo importante sobre la Copa América”, avisó en plena trasmisión un periodista de TyC Sports. Pero el colega de Fox a cargo de la entrevista pospartido no preguntó sobre la Copa América y Messi no dijo nada. Las fuentes confirman que, si le hubiesen preguntado, algo habría dicho. No más.

“Esta es la generación de jugadores más alienada que veo desde los años ’80. Lo importante para ellos es estar en las redes sociales mostrando sus mansiones, sus coches”. Lo dijo la semana pasada Walter Casagrande, ex jugador de la famosa Democracia Corintiana junto con Sócrates (célebre equipo politizado del popular Corinthians en 1982) y actual comentarista de TV Globo. Casagrande lo dijo al declararse decepcionado por la “demostración de cobardía”, así la llamó, de los jugadores de la selección de Brasil, que amagaron con no jugar la Copa América. La impopularidad del torneo en Brasil provocó que hasta dos patrocinadores de la selección (Mastercard y Ambev) decidieran no promocionar sus marcas en el certamen. Los jugadores, finalmente, emitieron un comunicado crítico por la realización de la Copa, pero se declararon dispuestos a jugarla.

La tensión se descomprimió tras la caída del poderoso presidente de la Confederación Brasileña de Fútbol, Rogerio Caboclo, por denuncias de acoso sexual contra una empleada de la CBF. Caboclo fue el principal promotor de que la Copa se mudara a Brasil. La Copa, paradójicamente, marcó su derrota. El titular de la Comisión Parlamentaria Investigadora (CPI) del Senado que juzga a Bolsonaro por su gestión en la pandemia, Renan Calheiros, envió una carta a Neymar pidiendo que la selección boicoteara la Copa. Neymar no respondió. Su padre se reunió meses atrás con Bolsonaro, en medio de un pedido de alivio fiscal en una causa por evasión en contra del crack millonario, que luce muchas veces activo en las redes, pero para comentar las alternativas de BBB (Big Brother Brasil), el Gran Hermano de TV Globo. Los jugadores, que primero eran tachados hasta de “comunistas” por sus críticas a la Copa, terminaron recibiendo críticas por su débil protesta. El enojo fue grande. El comediante Antonio Tabet, ex dirigente de Flamengo, ironizó que la protesta de los jugadores quedará reducida a “un hashtag atrevido en las redes sociales”, un ingreso al campo “con el mismo corte de pelo enojado” y “un baile de protesta en TikTok”.

Soy periodista desde 1978. Año de Mundial en dictadura y formidable para entender que el deporte lo tenía todo: juego, política, negocio, pueblo, pasión, épica, drama, héroes y villanos. Escribí columnas por todos lados. De Página 12 a La Nación y del New York Times a Playboy. Trabajé en radios, TV, escribí libros, recibí algunos premios y cubrí ocho Mundiales. Pero mi mejor currículum es el recibo de sueldo. Mal o bien, cobré siempre por informar.
@DiganmeRingo
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