Joseph Biden y el sentido del tránsito

A sus setenta y ocho años, el nuevo presidente será de transición. No está claro hacia dónde.


Desde ayer, cuando la mayoría de las cadenas de noticias decidieron terminar con un suspenso que los números disponibles llevaban dos días sin justificar, y declararon a Joseph Robinette Biden Jr. como el cuadragésimo sexto presidente electo de los Estados Unidos, las narrativas dominantes mezclaron una sensación de cierto alivio y mucha preocupación por el futuro. Los relatos, más que a un cambio de presidentes de los habituales que trae la democracia, se parecen más a la literatura de las transiciones democráticas, donde las discusiones sobre el nivel de poder que conserva el régimen depuesto, las tensiones entre quienes impulsan reformas de raíz y los sectores que resaltan la necesidad de coexistir con un poder residual más que considerable -expresado en este caso en el Senado y la Corte Suprema-, y bajan el tono a las expectativas. Sectores diversos de la coalición que consagró a Biden, que incluyen desde Bernie Sanders o el Nobel de Economía Paul Krugman hasta la escritora thatcherista Claire Berlinski y el ex-senador republicano Jeff Flake señalaron al presidente saliente como un riesgo para la democracia estadounidense.

El problema de esta narrativa, más allá de los rasgos de personalidad de Donald Trump, es que es falsa. El problema emergente del mandato de una personalidad inusual como la suya tiene menos que ver con algún excepcionalismo estadounidense que con un extendido fenómeno de división social que erosiona los códigos informales que vuelven funcionales a las democracias pluralistas. “Make America Great Again” no es distinto de las aspiraciones refundacionales de Orban, Kaczyński o Bolsonaro, y las formas de las divisiones sociales también encuentran patrones que los preceden. Difícilmente se pueda atribuir a Jair Bolsonaro el proceso de destitución, basado en meras cuestiones formales, que sufrió la presidenta Dilma Rousseff, sino que este fue impulsado por sectores de la política tradicional, que hoy bailan al son de un bolsonarismo que les resulta incómodo. Así como lo hacen los conservadores británicos en las discusiones en torno a su salida del bloque europeo, cuyos términos de debate se acercan, en su radicalidad, a las posiciones que planteaba la extrema derecha de manera marginal hace unos pocos años.

Cuando la candidatura presidencial de Trump no era siquiera un proyecto, el liderazgo tradicional republicano impidió a Barack Obama llevar adelante cualquier agenda de reformas en el Congreso en cuanto estuvo a su alcance. Avanzó en estrategias agresivas de bloqueo, que incluyeron dejar a la administración sin presupuesto, obligando a un cierre del gobierno que se extendió 16 días y afectó a 2,1 millones de trabajadores estatales con el objetivo de impedirle los fondos para la legislación de salud. Donald Trump se impuso en elecciones, impulsó o generó las reformas, y realizó los nombramientos judiciales, que las leyes y la Constitución le permiten, sin modificar en casi nada la arquitectura institucional del país. Tanto Trump como los restantes liderazgos mencionados encontraron límites infranqueables en las instituciones republicanas, nacionales o supranacionales existentes.

Biden es consciente del mapa de las divisiones, y su primer discurso como presidente electo apuntó de forma directa a tender la mano a los votantes de Donald Trump. Un llamado a empatizar con el prójimo y reconstruir la cohesión social, que difícilmente pueda llevar a la práctica de forma suave y armónica. Los sueños de los restauradores son siempre truncos, y las reconstrucciones siempre dan  lugar a cosas nuevas, nunca a lo que había antes. Ha sido repetido hasta el cansancio en los análisis publicados desde ayer, pero les pediré la indulgencia de permitirme la redundancia. Joseph Biden enfrentará sus aspiraciones con una muy probable mayoría republicana en el Senado que no dio signo alguno de ablandarse y se ha vuelto bajo Trump incluso más monolítico. Esta enorme capacidad de obstrucción se verá reforzada por una Corte Suprema que será la más conservadora desde, al menos, el New Deal de Roosvelt hace casi un siglo.

En cuanto a su Partido Demócrata, este constituye un crisol de intereses en el que sus ganadores más recientes expresan los extremos partidarios. Candidaturas moderadas, que ganaron entre ex-votantes republicanos y algunos actuales, como los senadores de Arizona Kyrsten Sinema y Mark Kelly, y la izquierda representada, entre otros, por Bernie Sanders y Alexandria Ocasio-Cortez, con diagnósticos muy distintos sobre los problemas arrastrados y, aún más importante, sobre cuáles serían las soluciones posibles o deseables.

El ámbito de la política exterior, donde mayor libertad tienen los presidentes para avanzar sin acuerdos legislativos, es donde mejor podrá Joseph Biden demostrar el alcance de sus aspiraciones. El eslogan de campaña, «reconstruir mejor», tiene dos partes en su deseo de deshacer lo andado por su predecesor. Es casi seguro que Biden intentará reconstruir alianzas militares dañadas en Asia y en Europa. Donde Trump veía un juego de suma cero en el que los Estados Unidos pagaban la defensa de otros países, Biden volverá a una mirada tradicional en la que el liderazgo es, también, una recompensa por la provisión de bienes públicos internacionales. Es esperable que aparezca más cerca de líderes como Merkel, Macron o el coreano Moon, que de otros como Bolsonaro, Erdoğan o Netanyahu, en una escenificación de regreso al multilateralismo abandonado.

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Del mismo modo, es esperable que el gobierno de Biden recupere algunas formas en el relacionamiento con la región que se perdieron en episodios como la elección del presidente del BID o, en general, en los últimos años de Luis Almagro como Secretario General de la OEA. Sin embargo, los límites de este enfoque serán los de la realidad. Alianzas militares como la OTAN, concebidas para la Guerra Fría, han perdido su protagonismo a manos de la historia, y no de un presidente. Del mismo modo, regresar a las estrategias concebidas por Barack Obama, de correr hacia Asia el centro de gravedad de la política estadounidense a través de acuerdos comerciales, como una estrategia para balancear el ascenso de China resulta inconcebible. Es extendidísimo el rechazo de la sociedad estadounidense hacia acuerdos de comercio que, si casi con seguridad contribuyeron a la dramática reducción de la pobreza asiática en las últimas décadas, cuentan entre sus víctimas a esos millones de trabajadores calificados norteamericanos. Por lo demás, ni Obama ni Trump han podido revertir el ocaso de la unipolaridad estadounidense, que Irak y la crisis de 2008 dejaron como marca indeleble.

El bloqueo interno, incluso partidario, y las serias dificultades en la política exterior parecerían dar la razón a quienes auguran una presidencia imposible que sea el preludio para un regreso del trumpismo, con o sin Donald Trump. Joe Biden, a sus 78 años, tiene sin embargo espacio para algún optimismo. Los rigores extremos que impuso sobre la economía y sobre la vida cotidiana la pandemia podrían penalizar actitudes obstruccionistas contra las políticas de estímulo que, coinciden todos los observadores, serán necesarias si el país intenta recuperar las pérdidas causadas.

Del mismo modo, la amenazante presencia de senadores republicanos y jueces conservadores podría servir para mantener a raya las demandas del ala izquierda demócrata. Las dinámicas propias de la recuperación económica tras la crisis producto del COVID deberían cumplir su rol en otorgarle legitimidad a la percepción de relativo bienestar económico. En esas condiciones, a sus 78 años, Joseph Biden estaría en condiciones de encabezar una transición, no a la democracia, ni a un pasado imposible, sino hacia una -con perdón del cliché-, nueva normalidad.

Si quisiera ir más allá, hay elementos que permiten pensar un rumbo posible. Los votantes de Florida, que dieron una victoria a Donald Trump con más del 50% de los votos, también eligieron con más del 60% subir el salario mínimo, mientras en Oklahoma, uno de los dos o tres estados más conservadores del país, decidieron por amplia mayoría expandir la cobertura de salud gratuita para los más pobres.

Fuera de los aranceles universitarios o el rol de la policía hay una agenda progresista que recoge apoyos extendidos y que quizás Biden podría pensar en impulsar más allá del bloqueo. Si fuera así, quizás resultaran de utilidad las palabras de Elizabeth Warren, una senadora del ala progresista acusada repetidamente de ser demasiado cercana al establishment partidario: «El país está dividido, pero cuando se les pregunta, los votantes de ambos partidos dejan en claro, con mayorías abrumadoras, que no quieren un gobierno controlado por las grandes corporaciones y sus lobistas. En el pasado, los pasos para construir la unidad y el consenso en Washington a menudo significaron entregar las llaves a esas mismas corporaciones y lobistas. Tenemos que resistirlo».

A la nueva normalidad, al nuevo trumpismo, o a unos renovados Estados Unidos, el que será con toda probabilidad el único mandato de Biden da comienzo a la transición.

Intento comprender un mundo integrado que se desintegra y una región que siempre quiere pero que nunca se integró. Curso una maestría en Estudios Internacionales en la Universidad Torcuato Di Tella. Además de escribir sobre política internacional, soy abogado.