El último Messi siempre es el mejor

No hay una sola Pulga.

Hay muchos Messis.

El que no necesita mirar a los rivales para comprender adonde jugar.

El que no precisa de sus compañeros para ganar pero igual se las da.

El que en cada adversario descubre un flamante desafío.

El que soñó toda la vida con la avalancha de gritos del para ser campeón hoy hay que ganar.

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El que aprendió a ser cuidado y, desde ahí, a cuidar.

El que no quería la cinta y se transformó en un consuelo del grupo.

El que representa a una generación sin Copa del Mundo y para la que generosamente vuelve a intentarlo.

El que renunció para volver.

El que agradece antes de que le agradezcan.

El que los de enfrente pretenden derrocar y al final le ruegan que le cambien la camiseta.

El que gambetea las preguntas sobre los récords porque, de verdad, le importan un carajo.

El que se encerraba en un cuarto a llorar por perder y ahora prende el celular para decirle a sus hijos que descansen.

El que sentía sus piernas congeladas por la presión de la Selección y en Catar pisa el césped para alegrar esas tribunas.

El que abraza a Julián y a Enzo como si fueran sus sobrinos y les festeja los chiches.

El que se dispone a construir una sociedad con Alexis aunque apenas lo conozca y no sea lo que tenía en mente.

El que confío en Otamendi como desde el primer día.

El que encontró en Dibu al custodio de su espalda.

El que halló un cuerpo técnico al que no le solicita gran cosa más que tirar para adelante.

El que desarmó el placard de sus soldados para disponerse al frente de otros futbolistas.

El que masticó sus frustraciones y asumió que perder no está mal.

El que ni se inmutó ante la derrota frente a Arabia Saudita y, sin pedir perdón porque basta de esa gansada, susurró confianza.

El que atrae todos los flashes y las atenciones y las charlas de los entrenadores rivales y contra México o Australia se la ingenia para aparecer solitario y definir.

El que es el número uno de la historia, aunque comprende cómo moverse como tercer hombre.

El que disfruta del festejo y de decir bueno, vamos, sigamos.

El que no le debe nada a nadie y juega como si su existencia estuviera en juego.

El que atrapa la pelota entre sus tobillos, se la guarda ganando tiempo, desequilibra para sobrevivir, amaga para defender una ideología, engancha para regar felicidad y todo, todo eso, como si fuera posible, lo logra porque su equipo necesita cada una de esas acciones.

El que sonríe.

El que hace sonreír. 

Hay muchos Messis.

Y una verdad que dijo Pablo Aimar:

el último es el mejor.

Soy periodista desde 2009, aunque pasé mi vida en redacciones con mi padre. Cubrí un Mundial, tres Copa América y vi partidos en cuatro continentes diferentes. Soy de la Generación de los Messis, porque tengo 29 y no vi a Maradona. Desde niño, pienso que a las mujeres les tendría que gustar el fútbol: por suerte, es la era del fútbol femenino y en diez años, no tengo dudas, tendremos estadios llenos.