El sueño olímpico de las mujeres trans

El deporte femenino (no todo) afirma que su ideal de competencia igualitaria está siendo desvirtuado. Un repaso por distintos casos de deportistas transgénero y las diversas opiniones que surgen dentro de la alta competencia.

Apenas después del tiroteo (diecinueve niños asesinados hace diez días en una escuela de Texas por un joven de 18 años), la red social 4chan tuiteó que el tirador era un “inmigrante ilegal transexual de izquierda”. Acompañó la mentira con la imagen de un artista transgénero. El congresista republicano Paul Gosar repitió la mentira. El tuit fue eliminado luego. Pero miles ya lo habían visto. Leyeron “inmigrante ilegal de izquierda”. Y, además, “transexual”.

Ahorremos el relato del difícil proceso que atraviesa cualquier persona que, en el curso de su vida, se identifica con un género diferente del que le fue asignado al nacer. ¿O hará falta explicar por qué la comunidad trans, marginada y precarizada tiene una expectativa de vida que, según algunos estudios, no llega siquiera a los 35–40 años de edad? En algunos casos, como el de Mara Gómez, primera jugadora trans en la Primera división del fútbol argentino (Estudiantes de La Plata), el deporte fue clave para aliviar el camino de la transición. “A mí –afirmó siempre Mara-, el fútbol me salvó la vida”.

Mara Gómez

Parte de un mundo cada vez más desigual, el deporte mantiene sin embargo su ideal de que los atletas compitan en igualdad de condiciones. Y ese ideal, sostienen desde hace tiempo muchas mujeres deportistas, está siendo desvirtuado desde que mujeres transgénero han comenzado a competir contra ellas. El deporte (la regla no es uniforme para todas las Federaciones) aceptó estudios que establecen que, para atenuar su ventaja biológica, los hombres que se transicionaron en mujeres deben someterse a tratamientos durante un año para reducir sus niveles de testosterona (¿un doping al revés?). Eso fue lo que hizo la nadadora estadounidense Lia Thomas. Muchas de sus competidoras afirman que, aún así, la competencia con ella sigue siendo desigual. Y no aceptan que, después de tantos años de dura disciplina, trabajo y sacrificios, Thomas, mujer trans, les “robe” el sueño de un podio mundial, de un oro olímpico.

EL CASO LIA THOMAS

El debate estalló el 17 de marzo pasado en la ciudad de Georgia, Atlanta, cuando Thomas, de 22 años, ganó las 500 metros estilo libre en el Campeonato Nacional Femenino Universitario de Estados Unidos. Como hombre, Thomas estaba en el puesto 65 de esa distancia. Como mujer trans terminó primera. Emma Weyant (medallista olímpica) fue segunda a 1,75 segundos, Erica Sullivan llegó tercera y Brooke Forde, cuarta. Tras la ceremonia de podio, Weyant, Sullivan y Forde se tomaron una foto aparte para recordar sus tiempos como compañeras en los últimos Juegos de Tokio. Numerosos medios interpretaron que esa segunda foto fue una protesta contra Thomas, “que fue dejada sola en el podio”. Acto siguiente, las redes declararon “ganadora real” a Weyant, que multiplicó sus seguidores en Instagram. De poco sirvió que Sullivan recordara que ella misma había firmado un artículo en Newsweek diciendo “por qué” estaba “orgullosa de apoyar a Thomas”. Y que ella y Forde habían firmado una carta de apoyo a Thomas junto con otras trescientas nadadoras universitarias. “El cambio social –dijo Forde- siempre es un proceso lento y difícil, y rara vez hacemos lo correcto de inmediato”.

En una prueba siguiente del mismo campeonato de Atlanta (1500 metros), Thomas (puesto 32 cuando era hombre) terminó octava. En los 200m (554 como hombre) llegó quinta y en los 100m llegó última. Thomas, que ya venía cosechando triunfos como nadadora de la Universidad de Pensilvania en el torneo también universitario de la Ivy League, recibió apoyos de grupos trans en las tribunas del Centro Acuático McAuley de Atlanta. Pero hubo enfrentamientos y hasta se precisó intervención policial porque también protestaban miembros de la agrupación “Save Women’s Sports” (Salvemos al deporte femenino). “No sos madre”, le gritaron a Thomas. Algunos tabloides hablaron de nadadoras escandalizadas porque Thomas “todavía tiene partes masculinas y no se las cubre”. Uno de los tabloides describió a esas nadadoras “incómodas al compartir vestuario con la mujer que antes era Will”. Nancy Hogshead-Makar, tricampeona olímpica, redactó una carta firmada por dieciséis nadadoras de la Universidad de Pensilvania quejándose porque Thomas le quitaba “oportunidades competitivas” a otras mujeres.

The New York Times reveló esta semana que ya en enero pasado habían elevado una queja contra Thomas las nadadoras de la Universidad de Princeton. “Se está socavando una lucha de medio siglo por la igualdad femenina en el deporte”, dijeron. Una referencia a Title IX, una ley fundamental de 1972 del presidente Richard Nixon que obligó a las universidades a conceder al deporte femenino el mismo dinero que le daban al masculino. Si en 1972 una de cada 27 niñas practicaba deportes, hoy lo hacen dos de cada cinco. En 1972, el equipo olímpico de Estados Unidos tenía 339 atletas masculinos y 90 mujeres. El año pasado en Tokio tuvo 284 hombres y 329 mujeres. Según versiones, Joe Biden impulsaría ahora un cambio para que la ley incluya específicamente a las atletas trans en la competencia femenina. Las nadadoras que protestaron en Princeton en enero pasado chocaron con Robin Harris, titular de la Ivy League. Porque el deporte universitario de la NCAA (semillero olímpico en Estados Unidos) también declaró fuerte apoyo a las deportistas trans. “No es un deporte de mujeres”, afirmó a su vez la Unión Americana de Libertades Civiles, “si no incluye a TODAS las mujeres atletas”.

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LA GRIETA SE HACE POLÍTICA

La “grieta” pasó de la piscina a la política. Cinco días después del campeonato de Atlanta, el gobernador republicano del estado de Florida, Ron DeSantis, “firmó” una proclamación (sin efecto práctico alguno) que declaraba a Weyant “ganadora” de la prueba de los 1500m. El estado de Utah quiso vetar a niñas trans en competencias femeninas. Dieciocho estados republicanos impusieron restricciones a la participación trans en deportes escolares públicos. Y Greg Abbott, gobernador también republicano de Texas, pidió que se investigara por “abuso infantil” a los padres y médicos que ayudaran a los niños en la transición. Libros con temas transgénero fueron retirados de las bibliotecas. En rigor, las mujeres trans en el alto rendimiento deportivo son apenas un puñado. Pero las deportistas femeninas temen una invasión de mujeres trans legalmente amparadas. “Y que, una vez cruzada la línea”, dice Doriane Lambelet Coleman (ex atleta y profesora de derecho), “no haya más justificación para el deporte femenino”.

Los Juegos Olímpicos, el deporte ya en su dimensión mayor, se declararon orgullosos en su última edición de Tokio, con su primera atleta trans, la pesista neocelandesa Laurel Hubbard, que a los 43 años logró marcas inéditas en categoría femenina. En Tokio, ante rivales de mayor fuste, falló en sus tres intentos y hoy está retirada, pero muchas mujeres dijeron entonces que Hubbard, aun cumpliendo con las exigencias de reducir su nivel de testosterona, ganó su clasificación compitiendo de modo desigual en Nueva Zelanda. El fisiólogo Ross Tucker y la bióloga Emma Hilton afirman que la reducción de testosterona no elimina la ventaja de rendimiento. Y la testosterona, expresa el médico Michael Joyner, aumenta en la pubertad de los niños, termina convirtiéndose “en un gorila de 360 kilos” y provoca “diferencias dramáticas” en la competencia. En natación, hombros más anchos, manos más grandes, torsos más largos y mayor capacidad pulmonar y cardíaca, los records masculinos superan a los femeninos entre un 10–12 por ciento. La diferencia promedia un 10 por ciento en disciplinas de tiempo y marca. Esa mayor fuerza y velocidad, casi siempre, se hace más evidente en deportes colectivos y de contacto o colisión.

Laurel Hubbard

¿SE ACUERDAN DE RENEE RICHARDS?

En el tenis hay dos nombres femeninos que, cada uno por su razón, marcaron época deportiva o social. El primero Martina Navratilova, campeona liberal y lesbiana que impuso su tenis atlético a la “más femenina” campeona estadounidense Chris Evert y que además llegaba en los años ’70 de la Europa comunista, en tiempos de pura Guerra Fría. Le ganó a todos los prejuicios. Se convirtió en una voz respetada como ciudadana de Estados Unidos. “Jugué contra mujeres más altas, jugué contra mujeres más fuertes y les gané a todas. Pero si me enfrento al equivalente masculino de Lia en el tenis, eso es biología. No habría tenido oportunidad. Y me hubiera puesto furiosa”. Más novedosa resultó la postura que dio al New York Times el segundo nombre-símbolo. Renee Richards, oftalmóloga y de muy buen nivel aficionado cuando era hombre, pero que, como pionera tenista trans, fue finalista femenina de Wimbledon a los 43 años. “Reconsideré mi opinión. Sé que si me hubiera operado a los 22 años ninguna mujer biológica en el mundo hubiera podido ganarme”. El informe cita a la velocista Allyson Felix, mayor medallista de la historia en Mundiales de atletismo y con una mejor marca de 49,26s en los 400 metros. En 2018, 275 adolescentes de nivel secundario corrieron más rápido.

Renee Richards

La biología no es todo. Las atletas transgénero, dicen especialistas, sufren más las presiones emocionales y sicológicas de la alta competencia. Hay toda una cultura centenaria que podría explicarlo. Y las generalizaciones sobre fuerza-velocidad siempre simplifican los debates. Y luego el debate “hombre-mujer” que simplifica todo aún más (¿se puede pensar un deporte fuera del binarismo? ¿acaso todas las atletas que se oponen a competidoras trans “están perpetuando la misoginia?”). Ese debate, de alguna manera, excede al mundo habitualmente conservador del deporte. Un espejo gigante y ruidoso, metáfora de esfuerzos e ilusiones y con un ideal de mundo mejor, pero convertido en una jungla de resultados, records y medallas, chauvinismo y comercialismo y muchas veces reducido a la fórmula “ganar o perder”. “El género –dice Sebastian Coe, ex campeón olímpico y hoy presidente de la Federación Internacional de Atletismo- no puede triunfar sobre la biología”. Lia Thomas era Will cuando comenzó a nadar a los cinco años de edad. Tenía algunas marcas destacadas en la escuela y la universidad. En 2018 se dio cuenta que era trans. Nadó como hombre hasta 2019. Sintió cada vez más angustia. En 2020 se declaró mujer trans ante familia y equipo. Siguió nadando como hombre mientras se sometía al reemplazo hormonal. En 2021 comenzó a nadar entre las mujeres. No es la única nadadora trans. Y también hay un hombre trans (Iszac Henig) que decidió seguir compitiendo entre las mujeres. Henig le ganó inclusive a Lia Thomas en los 100m del campeonato universitario de marzo pasado en Atlanta. El debate estalló también en Gran Bretaña cuando Emily Bridges, ciclista masculino que batió records, declaró su intención de comenzar a competir como mujer. La solución que proponen algunos, crear una nueva categoría transgénero, suena discriminatoria para otros. “No soy un hombre –le dijo Thomas a Sports Illustrated-, soy una mujer, así que pertenezco al equipo femenino”. Y su sueño, dijo, es clasificarse a los Juegos Olímpicos que se celebrarán en 2024 en París.

Soy periodista desde 1978. Año de Mundial en dictadura y formidable para entender que el deporte lo tenía todo: juego, política, negocio, pueblo, pasión, épica, drama, héroes y villanos. Escribí columnas por todos lados. De Página 12 a La Nación y del New York Times a Playboy. Trabajé en radios, TV, escribí libros, recibí algunos premios y cubrí ocho Mundiales. Pero mi mejor currículum es el recibo de sueldo. Mal o bien, cobré siempre por informar.