El ruido no hace bien, el bien no hace ruido

La represión de la Bonaerense desnudó los problemas de un Frente de Todos que no encuentra un rumbo político. La economía de Massa. Fortalezas, oportunidades, debilidades y amenazas para Macri, Bullrich y Larreta.

Hola, ¿cómo estás? Espero que bien. Si prestamos atención a las palabras del presidente de los Estados Unidos -cuya información de inteligencia sobre Rusia viene desafiando con éxito las opiniones de los expertos- la aniquilación nuclear está más cerca de lo que estuvo en ningún momento de los últimos 50 años. En algún sentido, es una buena noticia: el fin del mundo podría volver menos importantes las disfunciones que caracterizan la administración de las diferencias dentro de la coalición del gobierno que hoy administra la Argentina.

Los primeros dos meses de gestión de Sergio Massa fueron marcados por logros indudables que, sin embargo, parecen enfrentar un techo rígido en relación a sus chances de acrecentarse con medidas sencillas que no impliquen cambios profundos en el rumbo económico. Son prácticamente nulas las posibilidades de encarar la inflación y cuestiones que hoy orbitan a su alrededor como los salarios, la pobreza y la indigencia -que, dicho sea de paso, integra la medición de pobreza, no es independiente. La sentencia periodística que supone que “bajó la pobreza porque subió la indigencia” es un fraseo tan ingenioso como falso. El ministro impuso un sendero de corrección de tarifas y contención del gasto más agresivo que el concebido por Martín Guzmán, logró incrementar las reservas netas a partir del dólar soja, sostuvo un aumento del ritmo de depreciación nominal del peso -en línea con la inflación- y consiguió la aprobación del Fondo Monetario Internacional para la última revisión de las cuentas argentinas. Cumplido, enfrenta una disyuntiva que el último informe de la consultora PxQ, que dirige Emmanuel Álvarez Agis, relaciona con tres escenarios a los que asigna diferentes grados de posibilidad y que bautizó “llegar” (20%), “bomba” (20%) y “ganar” (60%).

El escenario que bautiza “llegar” supone un puente hacia 2023 que, por la naturaleza del acuerdo con el Fondo Monetario Internacional, sería inflacionario y debería mantener tanto el gasto público como los salarios como ancla frente a una inflación que, dada la inercia, la evolución del tipo de cambio y el ajuste de las tarifas necesario para reducir subsidios rondaría el 150%. Este programa, que permitiría llegar al año próximo con las variables macroeconómicas relativamente viables y que el próximo gobierno pueda efectuar las correcciones con una mejor situación de precios relativos significaría una pérdida adicional de ocho puntos en el salario real, lo que lo ubicaría quince puntos por debajo del pésimo punto de partida que Alberto Fernández encontró al asumir en 2019. Un suicidio político de corto plazo cuyo mayor mérito sería evitar una crisis terminal.

El segundo escenario, “bomba”, supone en cambio utilizar como ancla al tipo de cambio -como ya sucedió en 2015, 2017 y 2021-, incrementar el gasto en infraestructura, regresar a tasas de interés reales fuertemente negativas y echarle nafta a las paritarias. Un escenario así enfrentaría complejidades: este esfuerzo de gasto, fuertemente deficitario, debería ser financiado por un Banco Central sin dólares para enfrentar el atraso cambiario derivado de usar un ancla cambiaria ni las mayores importaciones que siempre demandan los escenarios de crecimiento. En 2023 esa situación aparece casi imposible, incluso sin atender a las limitaciones que presenta el acuerdo con el Fondo Monetario Internacional. Los regímenes de alta inflación, como el actual, tienen entre sus características la pérdida de efectividad de las paritarias como herramienta para proteger el salario real, que se puede reducir o -en el mejor de los casos- estancar, más allá de los cambios de la distribución entre formales e informales o sindicatos más fuertes y más débiles, sin afectar la dinámica de la relación entre salarios y ganancias. A esto se agrega que, por la situación de reservas, que obligó a modificar el modo en que se pagan las importaciones, los tipos de cambio paralelos han comenzado a influir -de forma relevante- como nunca desde 2011 en la determinación de costos para fijar precios de venta. Una situación de bajas reservas y ancla cambiaria, aun con algún otro truco como el dólar soja entre marzo y agosto, supondría el riesgo de una brecha nuevamente descontrolada que podría disparar los precios e incluso variables que aparecen relativamente controladas, como el desempleo, mientras los estímulos fiscales pierden cualquier tipo de capacidad para impulsar la actividad. Un escenario de crisis brutal que podría anteceder a la elección.

El último escenario, al que asigna mayor posibilidad de expresar la voluntad política del ministro, supone intentar llegar con posibilidades electorales a partir de un plan de estabilización. Datos económicos como la rápida recuperación de los pisos de crisis alcanzados durante el mes de Silvina Batakis al frente del Ministerio de Economía, la división de la oposición y una posible eliminación de las PASO, un escenario de recuperación tímida del salario real -que lo posicione en el mismo lugar en que lo dejó Macri en 2019- podría permitir al oficialismo llegar con posibilidades. Si validamos la hipótesis de la consultora de que una inflación de 100% anual no equivale a una inflación del 25% multiplicada por cuatro sino que a la velocidad actual de aumento de precios la paritaria no es una herramienta efectiva para incrementar el poder adquisitivo del salario, la receta no pasa por favorecer aumentos nominales sino por una reducción de la inflación. Esto requiere un programa de estabilización, que debería frenar la indexación de la economía y que requeriría de una nueva negociación con el Fondo Monetario Internacional, ya que el programa vigente tiene rasgos claramente inflacionarios.

Las experiencias de los planes Austral y Primavera, aplicados durante el alfonsinismo, o del plan Cruzado brasileño, recuerdan que, además, las fallas en estos planes son frecuentes y suponen en general el ingreso en etapas de crisis más profundas. Aún con estos riesgos, un plan de estabilización es la carta más seria del gobierno para, por una parte, evitar un desmadre económico irreversible y, por otra, evitar uno político que conduzca a una derrota inevitable. El camino es estrecho y parece requerir de una coalición compacta y consolidada. Para soñar con octubre de 2023, Massa tendrá que atar con alambre tal requisito, fingir demencia y seguir adelante. Difícil.

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El año próximo para el gobierno podría mejorar o empeorar por factores que no controla. El clima y Brasil. La posible sequía podría limitar el valor de las exportaciones del principal sector del país, aún cuando esa pérdida fuera parcialmente atenuada por el efecto de los precios derivados de la guerra. En Brasil, la victoria legislativa del bolsonarismo y la pauta bomba del gasto público que Bolsonaro hizo aprobar para impulsar sus chances electorales durante el último semestre del año podrían significar un ajuste en el próximo, aún cuando la victoria electoral quedara en manos de Lula, que esta semana sumó los apoyos de todos los economistas ligados al Plan Real, su rival histórico, el ex-presidente Fernando Henrique Cardoso, y su contrincante reciente: la candidata presidencial Simone Tebet.

El ejemplo de Gabriel Boric en Chile es elocuente. La prodigalidad fiscal de Sebastián Piñera -su propio plan llegar ante el estallido de las protestas de 2019, la pandemia y las elecciones de 2021- significó un déficit del 7,7% del PIB que debió enmendar Boric. De acuerdo al ministro de Hacienda, Mario Marcel, el ajuste durante este año será de casi 10 puntos del producto, y cerrará el año con un superávit fiscal del 1,2% que permitiría volver a crecer en 2023 y comenzar a reducir la inflación. El precio fue un crecimiento anémico este año, por puro efecto estadístico. Si Brasil siguiera el ejemplo chileno, el año 2023 podría ser extremadamente complejo para nuestras exportaciones industriales, aun si luego de eso Lula pudiera recuperar políticas más expansivas. El escenario, alternativo, de un Paulo Guedes empoderado por una nueva victoria de Bolsonaro, es directamente tenebroso.

En ese marco ocurrió la represión de la Policía bonaerense en las afueras del estadio de Gimnasia de la Plata y desnudó los problemas políticos que definen al Frente de Todos. El señalamiento a una presunta ferocidad de la Policía de la Ciudad -por una situación que, por lo demás, fue abordada de una manera razonable desde el punto de vista operativo- chocó de frente con la inexplicable actitud de la fuerza que conduce Sergio Berni. Si del ministro se espera espectáculo y cierto histrionismo, esas características son toleradas internamente en el oficialismo porque logra evitar situaciones como la del jueves. Sin eso, ¿para qué está?

Si Sergio Massa representa las decisiones que el kirchnerismo sabe que hay que tomar, pero -por estrategia o especulación- no está dispuesto a validar, el caso de Berni es similar. Uno puede escuchar la voz de Néstor Kirchner en seiscientos setenta y ocho: “¿A quién quieren que ponga en el Banco Central? ¿A Kunkel?” Esa pregunta se extiende a la seguridad en territorio bonaerense. Hoy, Berni no es la mejor opción para conducir una cartera que es nitroglicerina: es la única. El desalojo en Guernica, por ejemplo, que fue señalado por un sector de la izquierda -dentro y fuera del oficialismo- fue uno de los activos del ministro de Seguridad. El profesionalismo y posterior contención que demostró el gobierno provincial en ese episodio se desmaterializó luego de la falta de controles previos a la puerta del estadio para saber quiénes contaban o no con las entradas y la demora de una orden política para desactivar la balacera de goma por parte de los efectivos: por al menos media hora, los oficiales de la policía dispararon contra los hinchas del Lobo sin que mediara una intervención de sus jerárquicos. Berni sigue teniendo el respaldo total de un Axel Kicillof al que considera su jefe político.

Las hipótesis son muchas: los cambios en la Departamental de La Plata fue uno de los argumentos que intentó esgrimir un sector del kirchnerismo cuando la represión se estaba yendo en fade para explicar que todo era la resultante de una interna contra el gobierno bonaerense. A nada del hashtag #NoAlGolpe. El primero que lo desactivó fue el ministro de Desarrollo de la Comunidad de la PBA, Andrés Larroque. Larroque, como polea de transmisión, condenaba el ajuste soft de Guzmán, pero tolera políticamente el hard de Massa. Ahí radica uno de los problemas del kirchnerismo: ¿qué haría en economía? ¿Y en Seguridad? Claudio Moroni, que se aleja -en parte- por un problema personalísimo tuvo la menor conflictividad laboral en 15 años según un relevamiento de El Cohete a la Luna. ¿Por qué, entonces, recibía el asedio de La Cámpora? A Moroni lo reemplaza Raquel “Kelly” Olmos. Guardia de Hierro y militante histórica del peronismo, en su entorno aseguran que recibió el apoyo de Héctor Daer, Andrés Rodríguez, Armando Cavalieri y Gerardo Martínez. La CGT lo niega. Olmos, cercana a Gioja -su marido, Orlando, milita con el sanjuanino hace muchos años- no fue la primera opción. Daer empujaba a Marcelo Bellotti mientras que el otro sector del sindicalismo oficialista proponía a Julián Domínguez. En un encuentro de lunes entre Alberto Fernández y Juan Manuel Olmos se selló la entrada de Kelly. Nadie se explica por qué el Olmos varón -de los funcionarios más astutos del gabinete- no ocupa un lugar de mayor relevancia en el Poder Ejecutivo Nacional. O tal vez en esa característica personal radiquen los motivos.

El fracaso del gobierno implica el fracaso del artefacto Frente de Todos. A esta altura, el oficialismo encuentra una carencia total de liderazgo -que anula cualquier acierto de gestión-, hay un fracaso económico -por no poder contener la inflación- y un abandono de búsqueda de cambio por parte de todos los actores de la coalición. Si a Alberto Fernández le cabe la mayor responsabilidad, nadie -incluyendo a Cristina Kirchner- pudo encontrar una manera de cambiar esta situación a no ser por un persistente y cada vez menos eficiente lamento en público sin alternativas virtuosas sobre la mesa. En el oficialismo, cualquier intento de moverse en una dirección es inmediatamente contrabalanceado con un movimiento adverso de otra parte de la coalición. El último ejemplo fue el dólar soja al que lo único que lo salvó del friendly fire fue su éxito. El resultado de ese empate catastrófico es que la coalición no sabe quién es, para qué está y, por lo tanto, no logra moverse para ningún lado. Algo que, como bien dijo Maquiavelo en los discursos sobre Tito Livio, es la manera de ser oprimido.

En el episodio Berni quien apareció inmediatamente fue Patricia Bullrich. La ex ministra tiene un activo indudable y es su audacia. Sin embargo, tiene una mácula: en el operativo más importante de su gobierno, a la Gendarmería la sacó a empujones un diputado nacional. Y dos de los dos desalojos que tuvo que hacer en el sur terminaron con muertos: 100% de efectividad. El problema de Bullrich no es su retórica montobolsonarista sino su falta de resultados a la hora de la gestión. A Bullrich se le suma un problema: Macri sabe que Pato siente que no le debe nada. ¿Cuánto demoraría La Piba, en caso de ser electa, en transformarse en la Néstor Kirchner del Calabrés? Esto puede generar expectativas en Horacio Rodríguez Larreta aunque desde el entorno del ex Presidente descartan un apoyo al jefe de Gobierno. El último sondeo que recibió la Ciudad de Buenos Aires fue una señal de alarma: Bullrich ya está arriba de Hache en Nación, Provincia y Ciudad. Sin embargo, “esto es una carrera de resistencia, no de velocidad”. El axioma larretista tiene, entre otras cosas, una estrategia: contener a una opción mayoritaria del radicalismo con Gerardo Morales como punta de lanza, a la Coalición Cívica y a un amplio sector del PRO para competir, eventualmente, con Macri o Bullrich.

Toda esta secuencia, donde los debates del sistema político aparecen lejos de la diaria de una sociedad cada vez con menos resto, es compleja porque, de existir, el 2001 no está atrás sino adelante.

En tiempo de cambios de gabinete e incertidumbres varias, hoy me hicieron la cuenta de que Cenital lleva 1222 días desde su lanzamiento sosteniéndose como un proyecto independiente. Llegamos a 13 newsletters y en el último mes lanzamos un podcast e hicimos una cobertura internacional de las elecciones de Brasil. Pero esto es apenas la antesala de un montón de planes que tenemos por delante y que pronto les iremos contando. Y todo eso es posible gracias al aporte de nuestros lectores que hoy representan el ingreso más importante del medio. Por eso quería invitar a todos los que puedan y quieran a que se sumen a este medio.

Ojalá hayas disfrutado de este correo tanto como yo. Estoy muy agradecido por tu amistad que, aunque sea espectral, para mí no tiene precio.

Iván

Soy director de un medio que pensé para leer a los periodistas que escriben en él. Mis momentos preferidos son los cierres de listas, el día de las elecciones y las finales en Madrid. Además de River, podría tener un tatuaje de Messi y el Indio, pero no me gustan los tatuajes. Me hubiera encantado ser diplomático. Los de Internacionales dicen que soy un conservador popular.