Prepárense para perder

El Pistolero is back

Luis Suárez está de vuelta en Nacional, el club donde nació.

Hola, ¿cómo estamos?

La mano que lleva vendada hace años realiza una curva. Las cámaras son su voyeur. Se cuida. Hasta que no aguanta más. Le susurra a su compañero Brian Ocampo que la pelota haga esa parábola. Aplaude. El señor de 35 años todavía custodia al dogo enajenado que carga dentro. Hasta que muerde. Primero, contra Renan dos Santos, arquero rival: “Dale, dejate de joder, jugá”. Segundo, al defensor que lo custodia en un córner y le pide el trueque de camiseta: “Entonces, dejen de hacer tiempo”. Tercero, contra un juvenil que le tira un centro de mierda. Alcanzan quince minutos para comprobar que no regresó a ladrar. Luis Suárez pisa el Parque Central para hoy, salir a buscar, todo lo que quiere, derrumbar su casa y empezar de nuevo.

El 31 de marzo de 1984 se registró como fecha patria en Uruguay. El músico Alfredo Zitarrosa regresó del exilio. Demoró siete horas desde el aeropuerto hasta su destino. La dictadura culminó recién en febrero de 1985. Cuando Suárez publicó en sus redes sociales el videíto que anunciaba su vuelta, en Montevideo sonaron bombas de estruendo. Salieron a la cancha los fuegos artificiales olvidados desde Navidad. Lo maradoniano del otro lado del charco. La línea de tiempo marca que el martes 26 el Instagram del Pistolero confirmó un preacuerdo con Nacional. El domingo siguiente aterrizó en el aeropuerto de Punta Carrasco, en la nave privada de Lionel Messi. A los costados de la interbalnearia que junta el Departamento de Canelones con la capital, lo aguardaba una multitud de manos. Él sacó sus brazos para acariciar el cariño. Hacía años que sus dos hijos y su hija le pedían vivir en Uruguay. Imaginaban la existencia como unas vacaciones. El baño de realidad aparecía en el primer movimiento. Papá es un ídolo.

Un mural con su cara en la puerta 10 del Parque Central. Un dominó de guita. Siete mil nuevos asociados en tres días. Cuatro mil flamantes suscripciones a Nacional TV. Ocho mil camisetas con el 9 en la espalda a cambio de doce dólares por unidad. “Si en China se desconocía a Nacional, desde que llegó Suárez ya saben quiénes somos”, explica un dirigente del club. Un contrato hasta fin de año. El mejor amor de verano de la historia de la pelota. Lo que pase después dependerá del Mundial de Catar.

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No ocurrió sencilla su llegada. Lucho arribó al Atlético Madrid recaliente con el Barcelona. A lo Michael Jordan, seleccionó a su víctima y hasta no consagrarse campeón con un gol suyo no frenó. En la segunda temporada, la rodilla lo tuvo a maltraer. Diego Simeone lo guardó en el banco. Hasta que caducó su contrato. Quedó boyando. Había algo que quería y no lograba expresar. La pista de que lo traería Enzo Francescoli se comprobó como cierta cuando los de Gallardo se quedaron afuera de la Libertadores. La MLS picaba en punta. Hasta que se sacó el corset y basta de indirectas: “Si River escuchó que yo no iba a volver e intentó, y Nacional vio que le abrí las puertas, porque la gente que sabe de fútbol entiende, ¿por qué no haberlo intentado? Ese es mi dolor con Nacional”.

La hinchada se comió la oreja. Comenzó la campaña #SuárezaNacional. Montones de cuentas con un photoshop del Pistolero con la pilcha blanca. 50 millones de cuentas, en 35 países y con un promedio de 1500 tuits por hora. El presidente del Bolso viajó a España a negociar. Las redes institucionales se sumaron. En el Parque Central, en una de las plateas, hay una estatua de Carlos Gardel: le pusieron un cartel con el lema #SuárezaNacional. El tsunami ocurrió y la negociación se cerró. Is back. Para concluir la historia. Hacerle un gol a Rentista. De cabeza. Volver a la alegría.

“Yo le voy a ganar a todos estos”. Suárez era un adolescente de 19 años. Había debutado en Primera, en mayo, por la Copa Libertadores, frente al Junior. Encadenó una sucesión de goles imposibles de errar. Echaba espuma y la tribuna lo bardeaba. Pablo Álvarez, lateral derecho de aquel equipo, acota: “Yo creo que ese tramo de su carrera es definitorio: ahí comenzó lo de su resiliencia”. Martín Lasarte, el entrenador, mandó a Jorge Bava, el capitán, a que lo tranquilizara. Volvió sin respuesta. No hacía falta. Habían encendido la mecha.

Comenzó a meterle pila a su físico. Para esa técnica del arrebatamiento de la pelota le hacía falta solidificar su cuerpo. Siempre había sido responsable. Su compromiso con los entrenamientos resultó fundamental para el armado de su estilo. El Groningen es un equipo de la liga holandesa. Una tarde, unos emisarios marcharon a Montevideo para analizar a Elías Figueroa. Un crack -de los que no llegaron- que diez años más tarde blanqueó sus problemas: “Tomaba mucha gaseosa, cerveza, vino cortado. Eso me mataba. No podía correr”. Los ojos de los scouts no se desalentaron: se confundieron. Vieron en el estadio Belvedere, del Liverpool yorugua, un punta muy picante. Decidieron quedarse una semana más. Para ver un cruce contra Defensor. “El mejor partido de mi carrera”, resumió El Pistolero. Por el que pusieron 800 mil euros. Cien veces menos que lo que le pagó el Barcelona al Liverpool inglés en julio de 2014.

Duró en el Bolso lo que el modelo imperialista en el fútbol permite. Rompió el maleficio de goles errados y arremetió 12 gritos en 35 partidos. Hasta a Peñarol le convirtió. Un abrir y cerrar de ojos y ya no estaba. Había llegado desde Salto. En la ciudad del noroeste, residen 130 mil habitantes. En el comienzo de 1987, se ve que flotaron óvulos y espermatozoides mágicos. El 24 de enero, lo parieron a Lucho. El 14 de febrero, a Edinson Cavani. El Pistolero arribó a Montevideo a los trece años. Dejó las costumbres gauchas por la vida arrabalera de la capital. La escuela Número 45, a la que acudió, existe y luce un mural suyo. Cerca funcionó durante años la panadería Tres magos, atendida por su familia. Los suyos viven ahí. Y él partió, pero sigue siendo de ahí.

“Estoy convencido de que podemos ganar el Clausura, la Copa Uruguay, el campeonato uruguayo y la Copa Sudamericana”, se plantó Suárez, en el centro del Parque Central que le brindó el domingo una fiesta de bienvenida. Las entradas costaron 10 dólares, salvo para los menores. Tocaron un par de bandas y el resto fue escucharlo. Que no son solo palabras. Ni la materialización de un sueño. Es una ilusión. Es decir, el fútbol.

Apuntar alto posee sus complejidades. Suárez lo vio al instante en que (re)debutó en Nacional. Contra Atlético Goianiense, por la ida de la Sudamericana. Un centro tranquilo, el olvido del lateral derecho de que había que marcar y el 0–1 frente a un rival que apareció para defenderse. Para manguearle un pantaloncito al ídolo. Pero el Pistolero es uruguayo y es del fútbol. Lo parieron con el linaje de rebelde que canta Jaime Roos. Le escribieron el destino de las páginas de gloria. Entonces, la vuelta, el miércoles, será el primer quilombo a desentrañar.

Una bandera caía desde los palcos: “God save the king” y el rostro de Suárez. Las bengalas de humo y los papelitos y las ovaciones lo abrazaron para agradecerle por estar. Una, la más honesta, advertía a los rivales: “Cuidado golero, volvió el Pistolero”. Propios, fanáticos, enemigos y ajenos movilizados por el regreso del ídolo. Las utopías sirven para caminar. Pero, a veces, se cumplen.

Pizza post cancha:

  • Ayer, comenzó la Premier League. Esta guía de Vavel es impresionante. Una cantidad de data ideal para quienes sean manijas de la liga inglesa.
  • Si hablamos de fútbol uruguayo, es indispensable ver Tres millones, el documental de Jaime Roos y su hijo Yamandú como cronistas del Mundial 2010.
  • Ayer, se cumplieron 24 años del debut del Negro Ibarra en Boca. Eso quiere decir que las nuevas generaciones se perdieron de ver el tremendo jugador que era el actual técnico xeneize. Acá, sus once goles, uno más increíble que el otro.

Esto fue todo.

Esta semana, tuvimos craneando el laburo que haremos desde aquí para el Mundial. Te volaremos la pelucha. Vamos por una propuesta a tu altura. Fijate si podés darnos una mano para que sea lo mejor posible.

Abrazo grande,

Zequi

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Soy periodista desde 2009, aunque pasé mi vida en redacciones con mi padre. Cubrí un Mundial, tres Copa América y vi partidos en cuatro continentes diferentes. Soy de la Generación de los Messis, porque tengo 29 y no vi a Maradona. Desde niño, pienso que a las mujeres les tendría que gustar el fútbol: por suerte, es la era del fútbol femenino y en diez años, no tengo dudas, tendremos estadios llenos.
@zequischer

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