El Mundial de los trabajadores

Migrantes de India, Nepal y Bangladesh que aman a Messi, cuentan sus vidas. Un mundo explotado y fraternal. De hombres solos.

La escena era de una película de Wong Kar-wai. Música envolvente. “Toma el mundo y píntalo de rojo”. El pop indio podría acompañar algunos de los laberintos amorosos que cuentan los filmes del gran director de cine chino-hongkonés. Lo mismo el escenario, un estadio de cricket en Asian Town. Estamos en una Fan Zone en plena área industrial de trabajadores migrantes de Catar. Miércoles de tardecita. Primer día sin partidos del Mundial. Sin multitudes gritando goles de Messi, favorito de los trabajadores, que aquí son casi todos indios (hay setecientos mil trabajadores indios en Catar).

El estadio, entonces, está casi vacío. Frente a la pantalla gigante, hay sillones tipo puff desplegados en el césped. Separados a varios metros. Como si fueran espacios íntimos. Pero públicos. Todos hombres. La mayoría solos. Otros están más juntos. Un hombre apoya su cabeza sobre el pecho de su compañero. “Hay una pasión”. Es la música de Bollywood que suena fuerte. “Perderse en el momento”, sigue la voz, con efecto robótico.

A metros de allí, dentro de la misma cancha, se juega un partido de fútbol cinco. Uno de los trabajadores luce la camiseta argentina, paisaje cotidiano en el subte y en las calles de Doha. Casi todas llevan el número 10: “Messi”. Son camisetas “Made in casa”. Al lado de la canchita, otros trabajadores hacen fila. Se lanzan en carrera con pelota al pie y eludiendo estacas. Es un duelo desparejo. Ganan las estacas. Un malabarista pretende controlar la pelota en posición vertical, boca abajo. No lo consigue. Lo abandono al quinto intento fallido. Sonríe. Hay pequeños puestos de comida. En la tribuna, unos pocos vigilantes. No hay ningún problema para sacar fotos o filmar. Michael, negro, pregunta de dónde somos. Elogio su acento inglés. Se entusiasma y comienza a bailar con gran ritmo. Es nigeriano. Los policías que controlan el ingreso al Fan Zone son de Sudán. Cuidan nuestros bolsos. Ellos también nos preguntan sobre Messi.

OCCIDENTE, EL VIEJO PATRÓN

Las noticias sobre los trabajadores migrantes en Catar hablan de explotación, inseguridad, cámaras ocultas que desnudan maltrato. Miles de muertes desde que en 2010 la nación rica del Golfo, una península rodeada de agua, que construyó cemento dorado en lo que era desierto, fue designada por la FIFA sede polémica del Mundial. Primera Copa en el llamado Mundo Árabe, casi un agravio para Occidente, viejo patrón de la pelota. El jueves pasado murió otro migrante, filipino. Se cayó sobre el cemento mientras realizaba reparaciones para la empresa catarí Salam Petroleum en un resort cinco estrellas que había servido como centro de entrenamiento a la selección de Arabia Saudita. Cuando llegó el helicóptero médico, Alex ya estaba muerto.

El accidente no tiene nada que ver con la Copa, pero buena parte de la prensa habló de “un nuevo muerto en el Mundial”. La desprotección histórica especialmente en todas las monarquías sin democracia y sin sindicatos del Golfo (que la vidriera del Mundial obligó a mejorar, al menos en Catar) sigue siendo noticia en grandes medios europeos. El conductor de Uber que nos lleva al lugar, media hora en auto desde Doha, se sincera: “Nos tratan como perros”. Casi el noventa por ciento de la población de casi tres millones de personas en Catar no es catarí. Llevo veinte días en Doha. Casi no vi cataríes. Aquí llegan los más pobres de Asia y también de África para ganar dólares que giran a sus familias.

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LA VIDA EN ASIAN TOWN

El Grand Mall, centro comercial en Doha, Catar.

Viajé a Asian Town con dos colegas. Recorrí el Fan Zone que me hizo recordar alguna peli de Wong Kar-wai, la galería comercial con banderitas de Mundial, llena de peluquerías con afiches de Messi, negocios de comida y ropa. Decenas haciendo fila en cajeros electrónicos para girar dinero a sus familias. Además, el “Grand Mall” con serpentinas de luces, una plaza, una sala para rezar (cinco veces por día), y, en un enrejado, viviendas de los trabajadores, tres pisos con cientos de habitaciones. Un cartel que recuerda prohibiciones de caminar descalzo, alcohol, tabaco y mascotas. Otro cartel de la FIFA que dice: “Gracias por sus contribuciones para ofrecer la mejor Copa Mundial de la historia”. Éramos una presencia extraña en el lugar. Pero cero hostilidad. Todo lo contrario. Amabilidad extrema. Un indio de Bombay nos convidó chocolates de su local, otro nos dio llaveros de Nepal y un peluquero de Chennai pidió él mismo una foto posando en el afiche de Messi y con banderita argentina.

La fila de hombres en un cajero electrónico.

Nos hablan Muthukumar, Tanzir Ahammad, Saleem, Sadique. Nos invitan té indio. Cuentan sin problema cuánto dinero ganan. Sueldo mínimo cercano a los cuatrocientos dólares, hasta el triple, según los casos, en el área del petróleo. Vivienda, salud y transporte pagos. Horarios de trabajo. Todos dicen que están bien. Son más reservados cuando preguntamos sobre el tiempo libre. “Gym, paseo, lectura”, enumera uno. O cuando preguntamos sobre la soledad. La gentileza de nuestros interlocutores obliga al abrazo. El colega Alejandro Wall quiere contribuir obsequiándole la camiseta de Messi que lleva puesta. “No te puedes sacar la camiseta aquí, hay demasiadas cámaras de seguridad”, agradece y avisa nuestro amigo indio.

El sitio The Athletic publica “Diarios de trabajadores migrantes”. Nepalíes a quienes, “por seguridad”, les pone nombres falsos, y que llevan años en Catar. Nigerianos y keniatas más recientes. Casi setenta que viven en un mismo piso, con seis baños, ocho o hasta doce horas diarias de trabajo en construcción, servicios y seguridad. Son hinchas de Argentina y Brasil y siguen los partidos del Mundial a través de sus teléfonos (les fue imposible conseguir el paquete de entradas locales que costaban 11 dólares cada una). Viven en habitaciones para cuatro o hasta doce personas, con aire acondicionado. Cocina comunitaria.


LA VIDA EN LOS CAMPAMENTOS

En “The Workers Cup” (La Copa de los trabajadores), un documental de producción británica que trata sobre un torneo de fútbol en plena área industrial, en Umm Salal, un escondido campo de trabajo para cuatro mil migrantes. El torneo, con equipos de veinticuatro empresas constructoras, es patrocinado por los organizadores del Mundial, pero no están Messi, Neymar ni Mbappé, sino Kenneth, ghanés de 21 años, Paul, keniata de 21, y Umesh, indio de 36. Llevan largos meses sin siquiera conversar con mujeres. Paul cuenta que pidió amistad en Facebook a Mariana, keniata que cuida niños, pero, por temor a que ella lo despreciara, no se animó a decirle que vive en el área industrial. “En Kenia -dice Paul- cuando decimos campamento estamos hablando de refugiados, no de trabajadores”.

El diario británico The Guardian publicó un interesante artículo sobre los “viernes fashion” de trabajadores especialmente nepalíes (son cuatrocientos mil, igual que los de Bangladesh). Viernes es día de descanso. Trabajadores que aprovechan para exhibir peinados y tatuajes de moda. Son trabajadores que salen con trabajadores. “Cientos de miles de hombres viven en celibato forzoso”, dice el informe. “Se les llama ‘solteros’, pero son hombres jóvenes casados que extrañan a sus esposas”.

The Guardian también hizo entrevistas en Asian Town. En rigor, nada nuevo sobre el maltrato y la explotación que sufren en todas partes los condenados de la tierra. Y las frustraciones románticas. Hombres rodeados de hombres, temerosos de acercarse a mujeres cataríes que puedan sentirse ofendidas. Invisibles por supuesto para las mujeres turistas. “Amores segregados”, me dice una especialista, “como la sociedad”. Nosotros también fuimos al Fan Zone de Asian Town pero cuando no había goles.

HOMBRES SOLOS

“Oriente es una carrera”, leo en un libro del escritor palestino Edward Said, crítico de la mirada eurocéntrica, del Oriente que cobró existencia solo a través de la narrativa occidental. “El colonialismo no solo de las armas, sino de la literatura”. Occidente que “pintó un cuadro de Oriente: encantadores de serpientes, bailarinas del vientre, ladrones. Lo exótico, lo sensual, el depravado”. Hablo con “locales” que llevan años estudiando y documentando la vida en las áreas industriales de Catar. Trabajadores pobres de India, Bangladesh y Nepal. Y también de Pakistán, Sri Lanka y Filipinas. No pregunto exactamente sobre los abusos contra esos trabajadores, hoy al desnudo en Catar porque Catar celebra un Mundial incómodo para Occidente. Pregunto sobre cómo viven esas comunidades de hombres solos.

Catar, lleno de dinero, creció copiando sistemas globales de explotación laboral que maltratan históricamente a los trabajadores más pobres. Los que construyen, limpian o vigilan. Mis entrevistados me hablan de ese guetto de hombres solos. No me hablan de homosexualismo, en un país donde las relaciones entre personas del mismo sexo son ilegales y se castigan con hasta tres años de cárcel. Me hablan de hombres que vienen a Catar por entre tres y diez años, la mayoría casados jóvenes y obligados a mantener familias que no pueden traer (para ello deberían gozar de un salario imposible de diez mil riales, cerca de tres mil dólares). Con dificultad social, cultural y religiosa para vincularse con mujeres. Mis entrevistados llevan años recorriendo esas vidas, no como yo, que hice una visita de dos horas y mirada occidental. Me hablan de trabajadores que forman comunidades de amistad, amor, fraternidad y cuidados mutuos. En medio de la soledad.

Soy periodista desde 1978. Año de Mundial en dictadura y formidable para entender que el deporte lo tenía todo: juego, política, negocio, pueblo, pasión, épica, drama, héroes y villanos. Escribí columnas por todos lados. De Página 12 a La Nación y del New York Times a Playboy. Trabajé en radios, TV, escribí libros, recibí algunos premios y cubrí ocho Mundiales. Pero mi mejor currículum es el recibo de sueldo. Mal o bien, cobré siempre por informar.