Opinión

El impacto del coronavirus en las elecciones en Estados Unidos

Un repaso por comicios pasados sugiere que la crisis económica puede complicar la reelección de Trump. Un clima nacionalista bélico, sin embargo, podría beneficiarlo.

Las elecciones estadounidenses son eventos que concitan enorme atención. La particular forma de contar los votos –elección indirecta con colegio electoral donde los estados se asignan por lista completa– le agrega un morbo particular, casi de competencia deportiva.

Esta vez, además, son las elecciones en las que el revulsivo Donald Trump busca su reelección. Los amores y odios que despierta el Presidente generan una curiosidad especial. Como si todo esto fuera poco, los efectos desastrosos que está generando la enfermedad en Estados Unidos crean expectativa de cómo la crisis económica –con récord absoluto de desempleo– afectará el resultado de una elección que hasta fines del 2019 tenía en Trump el favorito para ganar.

¿Pueden el coronavirus y su posterior crisis económica llevar a una victoria Demócrata?

Existen motivos para pensar que podría ser el caso. Hay evidencia empírica que demuestra que un segmento relevante de los ciudadanos vota retrospectivamente (es decir, evalúa el desempeño del partido en funciones) y en especial el estado de la economía. Aunque la evaluación retrospectiva siempre existe, el efecto es particularmente agudo cuando hay un Presidente que busca su reelección. De este modo, el efecto brutal que está teniendo la pandemia sería una muy mala noticia para Trump y los republicanos. 

La experiencia histórica señala que efectivamente las elecciones que tuvieron lugar durante severas crisis económicas castigan a los oficialismos. En 1932, durante la gran depresión el republicano Herbert Hoover no logró reelegirse y perdió frente a Franklin Roosevelt. En 2008, el pico de la crisis financiera global también afectó al oficialismo. Si bien George W. Bush no podía ser reelecto, el republicano John McCain perdió frente a Barack Obama. 

Asimismo, la geografía electoral del oficialismo es algo endeble. De los 538 votos del colegio electoral, los demócratas pueden confiar en obtener un mínimo de 232, y los republicanos 204. Hay 102 votos electorales en juego: el consenso de los analistas es que la elección se dirime en seis estados que en 2016 votaron por Trump (algunos por un margen estrechísimo) y hoy aparecen muy competitivos: Florida (29 votos) Pennsylvania (20 votos), Michigan (16 votos) Carolina del Norte (15 votos), Arizona (11 votos) y Wisconsin (10 votos). Ya hay sondeos que indican que en Pennsylvania y Michigan los demócratas están ligeramente arriba. A su vez, Florida, Carolina del Norte y Arizona parecen inclinarse hacia los republicanos. Si esto llegara a materializarse en noviembre, la elección estaría muy pareja, con ambos partidos a poco de conseguir los 270 votos electorales necesarios para ganar (los interesados pueden consultar las páginas “Crystall Ball,Cook political report”, “Inside elections” o “Politico” para actualizaciones sobre el estado de los sondeos). De este modo, una economía negativa puede ser determinante. 

La incertidumbre como protagonista

Pero aunque la economía pueda parecer negativa para Trump, lo cierto es que estamos en territorio desconocido. Esta no es una crisis económica común, en la que el oficialismo sea inmediatamente responsable. Asimismo, la evidencia de otras elecciones que tuvieron lugar en contextos dramáticos son más positivas para el oficialismo. Algunas elecciones tuvieron lugar durante guerras: 1864 (guerra civil), 1944 (segunda guerra mundial), 1952 (Corea), 1968 (Vietnam) y 2004 (Irak). Se podría incluir, tal vez con menos intensidad, la elección de 1980 (crisis iraní de los rehenes). 

La lección que puede obtenerse de estas elecciones es tan interesante como algo obvia: no se cambia el liderazgo del país en el medio de una guerra, a menos que el mal desempeño sea evidente. Así, Abraham Lincoln (1864), Franklin Roosevelt (1944) y George Bush (2004) son reelectos en contextos bélicos promisorios. Pero cuando el conflicto es impopular o claramente mal administrado, el destino de los oficialismos está echado. De este modo, Harry Truman (en 1952) y Lyndon Johnson (en 1968) no solamente renunciaron a competir sino que arrastraron al partido demócrata a la derrota. Lo mismo le ocurrió a Jimmy Carter en 1980, aunque en ese caso la crisis de los rehenes profundizó una impopularidad que el presidente arrastraba.     

Señalo dos lecciones que podemos rescatar de este breve repaso. La primera es que parece que la estrategia dominante de Trump para reelegirse es enfatizar el discurso nacionalista bélico ante el problema. En este sentido, lo que ha venido mostrando la Casa Blanca hasta ahora es perfectamente racional. Alternativamente, para los demócratas lo mejor es enfatizar el estado de la economía como el mal manejo sanitario. Lo cual lleva a la segunda lección: si en los votantes se instala la idea de que el coronavirus es una guerra –y no un problema económico– pero que Trump la está manejando mal, la suerte de su reelección puede correr peligro. 

Profesor de Ciencia Política en la Universidad de San Martín (UNSAM) y Universidad Torcuato Di Tella (UTDT).
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