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El fútbol de las muñecas sexuales

“Vuelve a rodar la pelota”, anuncia la prensa. Vuelve para los hombres. Las mujeres exponen la desigualdad.

Una cucaracha en el flan. La arquera de Excursionistas Stephanie Rea, primera jugadora con coronavirus, recibió ese plato en uno de los hoteles de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Maestra jardinera y repartidora de Rappi, el caso de Rea, madre de 24 años, ya recuperada, tomó notoriedad por la denuncia de Mónica Santino, su entrenadora inicial en el Barrio Padre Carlos Mugica (ex Villa 31). Fue acaso uno de los peores símbolos del histórico estado de precariedad del fútbol femenino de la Argentina, pero agravado en estos tiempos de pandemia. Las mujeres, no es raro, parecen marginadas del debate público sobre los partidos que ya tienen fecha de retorno. “La vuelta del fútbol” la escribimos en masculino.   

A un año de su celebrado debut en el Mundial de Francia, la selección femenina sufrió amenaza de liquidación en plena pandemia. La amenaza, por suerte, duró apenas un par de horas. La AFA rectificó rápidamente un anuncio informal de que dejaría de pagar el subsidio que sostiene al equipo. Claudio “Chiqui” Tapia, “el presidente de la igualdad de género” (como él mismo se describió), subió luego la apuesta. Postuló a la AFA para organizar el Mundial Sub 20 en 2021, la Copa América 2022 y la Copa Libertadores 2021. Serviría de reimpulso. Como el anuncio reciente de River Plate de que firmó veinte contratos de jugadoras (mucho más que los ocho que exige la AFA). Fortalece el plan que prevé vuelta a los entrenamientos de los equipos femeninos en agosto, completar a partir de octubre los torneos de ascenso (Primera B y C) e iniciar en febrero- marzo de 2021 el certamen de Primera, con formato largo hasta fin de año. 

Las caderas anchas

El proyecto, esbozado el lunes pasado en reunión por Zoom con delegados de todos los equipos, alivió a jugadoras que siguen confrontando el discurso machista. Confinadas pero activas siete de las futbolistas más notables del medio respondieron formando la expresión “ridículo” a un artículo de Clarín que buscó describir la realidad difícil del fútbol femenino, pero que terminó cayendo en los estereotipos de siempre, como el de que las mujeres “tienden a ensanchar caderas”. La nota apuntó especialmente al costo de producción de un millón de pesos por partido, con retorno “nulo” para la TV, sin rating, abonados ni sponsors. El informe, respondieron las jugadoras, omitió los horarios pésimos de transmisión, las canchas auxiliares y alejadas y la inversión cero para formar nuevas y mejores jugadoras (sin contar el debate  sobre si no sería más atractivo un certamen con diez equipos y no los diecisiete actuales, que expone diferencias y goleadas desaconsejables). 

En rigor, el debate que la propia AFA tanteó es el de la eventual autosustentación del fútbol de mujeres, cuyas jugadoras rentadas ganan salarios que equivalen a la Primera C masculina. El debate suena atendible a largo plazo, pero acaso también “ridículo” a solo un año del lanzamiento de la liga y con los clubes en crisis por la pandemia.

Paradójicamente, es el mismo debate que, en otra realidad, en otro contexto, se plantea nada menos que el Liverpool de Inglaterra. Su equipo masculino, dirigido por el DT alemán Jurgen Klopp, es el más poderoso de estos tiempos, último campeón de la Champions y flamante de la Premier League. Su equipo femenino, en cambio, fue abandonado y perdió la categoría. “Dos equipos, un club”, había anunciado Liverpool un año atrás, cuando llevó a ambos planteles de pretemporada a Estados Unidos. Las comodidades de traslado y estadía fueron tan opuestas como las canchas en las que juegan y practican uno y otro. Tras las quejas, la compañía estadounidense Fenway Sports Group, propietaria de Liverpool, decidió recortes y afirmó que que su equipo femenino debe generar sus propios ingresos. Se fue al descenso.  

El caso Liverpool

La decisión provocó críticas porque Liverpool fue uno de los clubes que más dinero ganó la temporada pasada. Pero no sorprendió en un fútbol como el de Inglaterra, dominado por corporaciones que privilegian el lucro y que, por esa misma razón, tras el estallido de la pandemia, reanudó exclusivamente su Liga masculina y canceló la femenina (WSL), pese a que faltaban ocho fechas para su finalización. Un contraste con Alemania, donde los clubes siguen siendo propiedad de sus socios y decidieron que las Ligas masculina y femenina recomenzaran juntas. La cancelación de la WSL fue un golpe duro para el fútbol de mujeres de Inglaterra, tras el avance de su selección a semifinales del Mundial de Francia 2019, que provocó records de audiencia y una explosión en campeonatos juveniles y amateurs, con un total de tres millones y medio de jugadoras. Ese Mundial fue ganado otra vez por Estados Unidos, donde la explosión fue aún mayor y cuyo fútbol femenino también vivió capítulos agitados y contradictorios en plena pandemia.  

 Por un lado, la liga femenina de Estados Unidos (NWSL) se convirtió en junio pasado en el primer deporte de equipos que volvía a jugar en el país tras el inicio de la pandemia. Uno de los equipos, eso sí, se bajó porque estalló crisis de coronavirus dentro de su plantel. El certamen, cuya final se juega este domingo en Utah, se disputó en una misma sede y jugadoras alojadas en un mismo hotel. Faltaron las jugadoras de la selección campeona mundial.

En plena pandemia, las campeonas sufrieron un duro revés judicial, que golpeó sus históricos reclamos de ganar el mismo salario que la selección masculina. Imposible olvidar el coro masivo de “Equal pay” (Pago igualitario) que acompañó su reclamo en la final del Mundial francés, cantado también por las trescientas mil personas que recibieron al equipo en Nueva York, en pleno desfile en carroza por el Cañón de los Héroes, en Manhattan. La selección femenina ganó cuatro de ocho títulos Mundiales y cuatro oros olímpicos, contra cero de la selección masculina. Tiene además récord de camisetas vendidas y hay casi diez millones de jóvenes mujeres compitiendo en torneos organizados. Jugadoras que en los ’90 ganaban apenas diez dólares diarios cobraron cada una más de 172.000 dólares anuales en 2019. Lo que siguen reclamando es “igualdad”.   

“No renuncien a esta pelea” 

 El juez R. Gary Klausner, de Los Angeles, aceptó reclamos menores sobre viajes y hoteles, pero rechazó el pedido de las mujeres de igual paga, que incluía un reclamo de 67 millones de dólares. Peor aún, el juez sentenció que, en rigor, en el período de cuatro años evaluado, las mujeres habían ganado más dinero que los hombres. El juez desatendió la diferencia entre salario base (bueno para las jugadoras, porque lo negociaron con fuerza y colectivamente) y premios según rendimiento.

La desigualdad habría quedado expuesta si las jugadoras no hubiesen ganado nada, como sucedió con los hombres, que ni siquiera se clasificaron para el último Mundial de Rusia. Las mujeres, fue dicho, ganaron todo. Lo peor fue que, en su defensa, la Federación de fútbol de Estados Unidos (USSF) argumentó también que los hombres tenían más “habilidad” que las mujeres. Porque la habilidad -dijo la presentación legal- se basa “en el nivel de ciertos atributos físicos como la velocidad y la fuerza”. Y que eso no era un “estereotipo sexista”, sino “ciencia indiscutible”. Hasta patrocinadores como Coca Cola y Visa dijeron que era un lenguaje “ofensivo e inaceptable”. Fue un escándalo. Tanto que provocó la salida del presidente Carlos Cordeiro, el “Chiqui” Tapia yanqui. 

  “No renuncien a esta pelea”, apoyó a las jugadoras, en plena campaña presidencial, el candidato demócrata Joe Biden, acompañado por Megan Rapinoe, la gran estrella anti Donald Trump de la selección. Su compañera Carli Lloyd, también figura en el Mundial de Francia, contó al juez que entrena a varones de la selección Sub 18 y que por supuesto ellos son más fuertes y más rápidos que ella “y no hay cómo competir contra eso”, pero que, a sus 38 años, ella sigue siendo más hábil que todos esos jóvenes.

Las mujeres habían asegurado un buen salario básico con la Federación porque saben que clubes y FIFA pagan cifras ampliamente mayores a los hombres. La selección masculina de Francia ganó 38 millones de dólares por su victoria en Rusia 2018, un Mundial que tuvo premios totales de 400 millones. La selección femenina de Estados Unidos ganó en cambio 4 millones por su triunfo en el Mundial de Francia, que concedió un premio global de 30 millones. Rusia 2018 dejó a la FIFA un ingreso de 5.300 millones de dólares. Francia 2019 dejó 131 millones.

Hay toda una historia que ayuda a entender tanta desigualdad. En Estados Unidos o en Argentina. Y no solo dentro de la cancha, claro. Allí, sino, está el ejemplo de lo que sucedió también en plena pandemia en un estadio de la K-League de Corea del Sur. Para suplir la ausencia de público, el FC Seúl, que enfrentaba al Gwangju, llenó las tribunas vacías con supuestos cuerpos femeninos. Los cuerpos tenían barbijo y guardaban distanciamiento social. Las espectadoras que servían de decorado eran muñecas sexuales. Hubo pedido de disculpas, claro. Ya ni siquiera hacía falta.     

Soy periodista desde 1978. Año de Mundial en dictadura y formidable para entender que el deporte lo tenía todo: juego, política, negocio, pueblo, pasión, épica, drama, héroes y villanos. Escribí columnas por todos lados. De Página 12 a La Nación y del New York Times a Playboy. Trabajé en radios, TV, escribí libros, recibí algunos premios y cubrí ocho Mundiales. Pero mi mejor currículum es el recibo de sueldo. Mal o bien, cobré siempre por informar.
@DiganmeRingo
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