El abuso sin fin

Atletas hombres, jóvenes y musculosos, también víctimas. Se viene un documental de George Clooney.

¿Qué sucede cuando los abusos no son contra niñas gimnastas sino contra jóvenes y musculosos luchadores? ¿O contra potentes jugadores de fútbol americano y de hockey sobre hielo? ¿Por qué casi nadie habla del tema si el informe oficial denuncia 47 violaciones y 1.429 «caricias» y, como afirmó la revista Sports Illustrated, representa “el mayor escándalo de abusos en la historia del deporte universitario de Estados Unidos”? El actor George Clooney quedó impactado cuando leyó la investigación del periodista Jon Werthein. Smokehouse, su productora, se asoció con Sports Illustrated Studios para contar la historia que trascurrió en la Universidad Estatal de Ohio, uno de los campus más grandes de Estados Unidos, entre 1978 y 1998. La serie documental se estrenará seguramente en febrero. A diferencia de Larry Nassar, el médico depredador de niñas gimnastas condenado en 2018 a 175 años de prisión (el “monstruo” del documental “Atleta A”, de Netflix), Richard Strauss, el médico abusador de Ohio, no está preso. Se suicidó en 2005. 

Mark Coleman, luchador All-America, séptimo en los Juegos Olímpicos de Barcelona 92 y luego primer campeón pesado de la UFC (la salvaje lucha libre que vemos por TV), era un novato cuando Strauss, ya toda una autoridad en la Universidad de Ohio (OSU), le pidió que se desvistiera y, bajo la apariencia de un examen médico, lo tocó “inapropiadamente”. En el entrenamiento, Coleman preguntó por Strauss a sus compañeros. Recibió sonrisas. Escuchó apodos. “Doctor sentirse bien”, “Doctor dedos de gelatina” y “Dr Balls”. Y escuchó también a entrenadores duros que amenazaban a sus jugadores con enviarlos al doctor Strauss si no corrían o luchaban fuerte. Coleman precisaba la beca. No quería incomodar. Tardó en procesar todo. A los 55 años, se convirtió en un testimonio clave de la historia que Werthein publicó en Sports Illustrated en octubre de 2020. “En aquel tiempo, nunca pensábamos que algo así fuera posible”, dijo Coleman.  

Richard Strauss, el médico abusador de Ohio.

“ES NORMAL CONGELARSE”

Joe Bechtel era un novato de hockey sobre hielo en 1979  cuando contrajo mononucleosis y visitó a Strauss, que acarició sus testículos y le dijo que investigaba la producción de esperma. Estaba otro día en la sala cuando un jugador rival se quejó por una infección en el pie y Strauss le ordenó que se bajara los pantalones y, frente a todos los presentes, comenzó a tocar su pene y testículos. Bechtel dijo que jamás se animó a denunciar a Strauss. Temía que “sospecharan que yo fuera gay”. Que le dijeran cómo no le había dado “una patada en el culo”. Los estudios universitarios, sabemos, cuestan una fortuna en Estados Unidos y Bechtel, por su habilidad deportiva, tenía media beca asegurada. “Sobrevivían, es normal congelarse”, dijo Keeli Sorensen, vicepresidenta de servicios para víctimas de la Red Nacional de Violación, Abuso e Incesto (RAINN). 

También en 1979, un luchador y jugador de fútbol americano, por ahora anónimo, llegó deshidratado al consultorio de Strauss, blanco y con fuertes dolores por una infección renal. Strauss le dio lo que dijo que eran “analgésicos”. Atontado, el atleta obedeció cuando Strauss le dijo que se bajara los pantalones. El médico lo violó. Cuando se recuperó, simplemente le preguntó: “¿Estás bien?”. Al día siguiente, la víctima denunció todo al entrenador Chris Ford. La discusión fue dura. Ford, que murió en 2016, lo puso en la “lista negra”. A Michael Murphy, saltador con pértiga, lesionado en el tendón de la corva, Strauss le indicó que se acostara boca abajo, le aplicó lubricante y le penetró el recto con su dedo alegando que estaba sondeando un eventual “daño tisular”. Murphy, hundido en el deporte y en la vida, demoró largos años en contar el ataque.

Nick Nutter, luchador, le preguntó a Strauss para qué debía desnudarse si su dolor era en el codo. “Soy médico. ¿Quién eres tú para interrogarme?”, le dijo Strauss, que publicaba en revistas médicas y también integraba la comisión médica del Comité Olímpico Internacional (COI). Rocky Ratliff, otro ex luchador abusado, hoy abogado de 46 víctimas, sugirió una clave sobre por qué Strauss tenía tanta protección de las autoridades de la Universidad: suministraba esteroides anabólicos a los atletas. “Oye, ¿estás pasando por un momento difícil? Tengo algo de ‘mierda’ para ti. Puedo darte esteroides y ayudarte”. Doping. Los anabólicos ayudaron a lograr triunfos y prestigios. A los atletas y entrenadores. Y a la propia Universidad.

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HOMBRES INCÓMODOS, UNA MUJER ACTÚA   

La Universidad no hizo nada cuando escuchó la primera denuncia de abuso en 1979, apenas un año después de que Strauss arribó con prestigioso título médico de Chicago, fue oficial médico en un submarino nuclear y pasó catorce años en colegios y universidades, incluidas Penn y Harvard. Atletas, especialmente de primer año, que acudían para los exámenes físicos de rutina o con dolores de garganta o cabeza y lesiones en los pies, sufrían caricias y agresiones sexuales. En 1994, el abuso dejó de ser un “secreto a voces” cuando Charlotte Remenyik, entrenadora de esgrima, mujer, denunció ante el director médico de deportes de la Universidad, John Lombardo, que Strauss realizaba “exámenes genitales innecesarios” a los atletas. Lombardo, que fue asesor de drogas para la millonaria industria de la National Football League (NFL, la superpoderosa liga del fútbol americano), notificó el tema a un superior, pero en la misma carta dijo que los “rumores” eran viejos y carecían de fundamento.

Imperturbable, Strauss propuso a OSU iniciar una clínica para hombres para servicios de salud estudiantil. Le dieron el okey. En 1995, el estudiante Steve Snyder-Hill denunció a la Universidad que fue a ver a Strauss por un bulto en el pecho y que el médico lo sometió a un examen testicular y anal y que él le dio un empujón al advertir que Strauss tenía una erección. La Universidad evaluó a Strauss. El resultado fue “excelente”. En 1996, otro estudiante denunció a Strauss después de que un examen prolongado en la clínica llevó al joven a eyacular. “Problema del estudiante, no mío”, se defendió Strauss. La Universidad, ya al tanto de que las denuncias eran numerosas, lo alejó de sus funciones, pero lo mantuvo en su nómina como profesor titular. Strauss abrió una clínica privada para hombres en Columbus. Su primera víctima, Brian Garrett, empleado de la clínica, lo denunció directo a la justicia. No fue el único. Ciertos “códigos” del deporte masculino, callar y resistir, no funcionaron en la vida real.

EL CONGRESISTA AMIGO DE TRUMP 

Retirado en 1998, la Universidad de Ohio confirió a Strauss el estatus de emérito honorífico. Su última residencia fue en Venice Beach, California. Se ofreció como voluntario en una clínica médica para indigentes cerca de Hermosa Beach. Strauss se suicidó en 2005, con depresión y dolor abdominal. Tenía 67 años. En 2018, ya tiempos de #MeToo, Michael DiSabato, otro luchador abusado por Strauss en Ohio, envió un correo electrónico a OSU. La Universidad, conciente del escándalo, ya había iniciado una dura investigación interna, pero DiSabato fue igualmente a la prensa. El informe de OSU, publicado en 2019, a un costo de 6,2 millones de dólares, detalló abusos contra 177 ex alumnos, pero estimó muchos más, pues otros no se presentaron por “miedo, vergüenza o humillación”. El informe es crítico contra la Universidad y contra cuarenta entrenadores que omitieron denuncias. Pero ante los tribunales ordinarios OSU alegó prescripciones. Más de la mitad de unos 350 demandantes recibieron finalmente una indemnización global de 47 millones de dólares, a razón de unos 250.000 por cabeza, lejos de los 425 millones pagados a las atletas que fueron víctimas de Larry Nassar (que recibieron casi 1,3 millones por cabeza). Especialistas aceptan que para los jueces hombres resultó incómodo tratar sobre agresiones sexuales no contra niñas gimnastas sino contra hombres fuertes. Y que la prensa solo dio amplia difusión al tema cuando la denuncia implicó a Jim Jordan, entonces entrenador asistente de lucha en la Universidad de Ohio, hoy poderoso congresista republicano. Jordan, uno de los fundadores del ultraconservador House Freedom Caucus, negó haber escuchado las denuncias. Recibió un fuerte apoyo del entonces presidente Donald Trump. “No les creo en absoluto. Jordan –dijo Trump- es una de las personas más destacadas que he conocido desde que estoy en Washington. Le creo al cien por ciento. No tengo ninguna duda. Es un hombre sobresaliente”. Coleman, DiSabato y otros ex atletas de Ohio, algunos de ellos votantes inclusive de Jordan en Ohio, dieron entonces más detalles. Reprodujeron diálogos. Afirmaron que Jordan no podía no saber lo que hacía Strauss. Medios más duros publicaron una lista sobre otros funcionarios y legisladores republicanos, algunos de ellos hasta presos, implicados en escándalos de abusos sexuales. Recordaron que al Partido Republicano se lo conoce como GOP (Grand Old Party). Pero dijeron que GOP también podía ser Gang of Pedophiles (Banda de Pedófilos). Una ironía, claro.

Soy periodista desde 1978. Año de Mundial en dictadura y formidable para entender que el deporte lo tenía todo: juego, política, negocio, pueblo, pasión, épica, drama, héroes y villanos. Escribí columnas por todos lados. De Página 12 a La Nación y del New York Times a Playboy. Trabajé en radios, TV, escribí libros, recibí algunos premios y cubrí ocho Mundiales. Pero mi mejor currículum es el recibo de sueldo. Mal o bien, cobré siempre por informar.