Desde ahora en adelante, vivirás dentro de mí

El adiós a Gallardo y una manera de gestionar.

Hola, ¿cómo estamos?

Las piernas colgadas del entrepiso. Las adolescentes cejas atentas de Julián Álvarez y de Lucas Beltrán. Una virgen María custodiándole un jopo al costado. Aplausos, unos pasos y un silencio que no hubo que pedir. A la pensión del Monumental le transpiraban las manos. Las semanas previas habían pasado por ahí desde Fernando Cavenaghi hasta Pablo Aimar. El calendario apenas marcaba abril de 2016. Un video mostraba su carrera. Una jarra con jugo. Un micrófono. Dos chistes. Play. La voz que nunca necesitó gritar para hacerse escuchar. Los labios que nunca se taparon para evitar que la tele le afanara los secretos. Una mueca de sonrisa gigante. Un instante. Stop. El rostro serio. Marcelo Gallardo ni había ganado en Madrid y le quedaban seis años más al frente, pero hablaba para la historia: “No se apuren. Lo importante es que ahora estudien”.

El dólar a 8,06. Axel Kicillof, a cargo del Ministerio de Economía. Los últimos tres meses de Julio Grondona en la AFA. Siete mil muertos por ébola. Una semana más tarde, el Rey Juan Carlos abdicaría a la Corona. Riquelme era futbolista. Se retiró Maravilla Martínez del boxeo. Atlético Madrid acababa de perder en el suplementario la Champions contra el Real Madrid. Treinta equipos en Primera División. Diego Maradona se preparaba para grabar De Zurda.

Una ronda. Un ejercicio digitado por Gallardo y su asistente, Sandra Rossi. A calzón quitado. Había que levantar la mano y decirle algo a un compañero. Nacho Fernández lanzó la piedra: “Quiero agradecerle a Gonzalo, porque cuando el equipo no juega bien, él pide las pelotas y recibe las puteadas”. Leonardo Ponzio se sumó: “Le quiero hablar a Pity para pedirle disculpas porque a veces intentando hacer lo mejor se equivoca y lo puteo. No lo voy a hacer más”. A Gonzalo “Pity” Martínez se le humedecieron los ojos. Hacía unos meses, de tan pifiado que andaba su vínculo con la banda roja, le había surgido hacer un gol y gritarlo con un dedo pidiendo silencio. El fin de semana siguiente a la reunión grupal, el Muñeco declaraba frente a los medios: “Lo que más me va a molestar es que, si se va, Pity la va a romper en otro lado”.

Mauro Ezequiel Lombardo no era el Duki. Trueno iba al primario. San Lorenzo se encaminaba a conquistar su primera Libertadores. Argentina no había ganado la Copa Davis. En noviembre, fallecería Roberto Gómez Bolaños. La NASA no había hallado agua salada en Marte. Se retiró Luciana Aymar. La misión New Horizon retrataba montañas congeladas en Plutón. Se identificaba el cuerpo del joven desaparecido por la policía, Luciano Arruga. Alberto Fernández se fotografiaba con Riquelme en la cancha de Argentinos Juniors.

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El Cementerio de los Elefantes rugía. Colón dependía de sí mismo para ascender. Con lo malo que a veces puede ser eso. Un penal contra Boca Unidos de Corrientes. Mostaza Merlo, desde el banco, conduciendo a los Sabaleros. Hasta ese momento, Lucas Alario se exhibía como un talentoso delantero de la B Nacional. Lo metió y trazó el ascenso. River puso los ojos en él. Era 2015 y necesitaban reemplazar a Teófilo Gutiérrez que abandonaba la gloria a cambio de los verdolagas dólares. Silbando bajito, contrataron al goleador. Nunca resulta sencillo el salto. En la previa a la semifinal de la Libertadores frente a Guaraní, se lo encontró en la merienda. Solo. Entonces, el Muñeco lo miró a los ojos y le consultó si estaba para jugar. A lo que respondió: “Para eso me trajeron”.

Se cumplían veinte años del atentado a la AMIA. Ginobili se aseguraba su cuarto y último anillo de la NBA. Hamilton ganaba su segundo título de Fórmula 1, el primero con Mercedes. Una década de República Cromañón. Las muertes de Gabriel García Márquez y de Gustavo Cerati. El último paso de Carlos Bianchi por Boca. El regreso de Diego Milito a Racing. El desempate entre Independiente y Huracán para volver a la Primera División. Rodolfo D’Onofrio graficaba el estado en que había recibido a River: “Estamos en la C económicamente y si no hacemos algo nos iremos a la D”.

La dupla central contra Gremio la habían integrado Javier Pinola y Jonatan Maidana. Cuando al técnico le describían su esquema como 4–4–2, aclaraba: “Es algo más un 4–1–3–2”. La defensa no se había alterado en toda esa Libertadores de 2018. En los días previos a la ida en La Bombonera, lo agarró a Lucas Martínez Quarta. A solas. Le planteó la posibilidad de jugar en una línea de tres y lo encaró para ver qué le parecía. No sólo aceptó, sino que no se lo anunció a nadie. Apenas en un ejercicio, en la semana, se habían trabajado movimientos con ese esquema. En la charla sobre el plan de partido, Gallardo salió con esa. Todos le creyeron. Para noviembre de 2018, el entrenador había logrado lo más difícil: decir que algo va a pasar y que se concrete. Con un asterisco, una sensación de justicia, de que lo que ocurre no posee más ventajas que las que le parecen al conductor.

Siete ministros de Economía hubo después. La Corte Suprema perdía a dos de sus miembros: Raúl Zaffaroni renunció y Carmen Argibay falleció. A Dilma Rousseff la silbarían en los estadios mundialistas, pero todavía Bolsonaro era un simple diputado. Se modernizó el Código Civil dictado en 1869. Se estrenaba Relatos Salvajes. El Arsat-1 viajaría a fin de año al espacio. Fidel Castro estaba vivo. Messi y Antonella sólo tenían a Thiago.

Un entretiempo de un amistoso en Estados Unidos. El calor pinchando los músculos. Ante el agotamiento, un discurso: “La preparación la buscan ustedes. El que no puede más sale y vuelve a entrenarse otro día”. Sacudir y sacudir. Un partido de fase de grupos por la Libertadores frente a Alianza Lima. Un futbolista que realiza el gesto de tranquilo. Su enojo: “¿Qué paramos? No paramos nada. Hay que hacer el tercero”. Ponzio tenía todo arreglado con Milito para firmar con Racing, dado que Ramón Díaz lo había marginado los últimos seis meses. Una de las primeras decisiones del Muñeco fue llamarlo y convencerlo de que se quedara. La sociedad entre el entrenador y el capitán se transformó en la nafta para organizar un grupo que, en más de una ocasión, debió frenar un entrenamiento por la intensidad con la que se golpeaban sus futbolistas. Pocas cosas marcan tanto a su River como la continuidad en la competencia.

Ramón Díaz había citado a D’Onofrio y a Enzo Francescoli en una oficina para anunciarles que renunciaba. Por la mañana, Jorge Brito, vicepresidente, había lanzado el plan de fideicomiso para levantar la quiebra. Había un sacudón, durísimo luego de haber sido campeones. Cuando anochecía, el padre de uno de los asistentes del Muñeco le confirmaba a un periodista que los habían llamado. El 6 de junio de 2014, con el pelo tapándole los ojos, Gallardo se sentó en el microcine del Monumental para que lo presentaran como entrenador. Los últimos dos años se había dedicado a estudiar todos los movimientos del Barcelona. Respondía enfocando para abajo, con esa incógnita entre timidez y desprecio que a veces sienten los técnicos para con los periodistas. Por su mirada de proyecto, lo comparaban con Marcelo Bielsa. La idea le gustaba. Hasta que, en 2019, aclaró: “Yo no tengo la distancia emocional que él tiene con sus jugadores”. Su último hijo nació a la par de que Rafael Santos Borré debutase como papá. A su delantero estrella, al que más le desgastaba los músculos por presionar, le escribía todas las noches para saber cómo estaba durmiendo. El colombiano comenzó a mermar su esfuerzo ante el desorden lógico de un bebé. Hasta que una tarde, el Muñeco lo agarró y le justificó una decisión: “Te voy a sacar porque estás cansado. Sé que te estás esforzando. Vas a volver a ser titular, pero ahora necesitás frenar”.

Sobre el césped del Santiago Bernabeu, el entrenador repetía: “No hay nada más grande que esto”. A la distancia, la afirmación es duda. Porque si algo ganó la gestión Gallardo es que el público quiera a un equipo -que no es lo mismo que un club-. Lo adore: gane o pierda. Su final no sólo es el final de una época. Es un desafío para sí mismo y para el escudo por el que ha jurado por gloria morir: hasta que aprendan a quererse solos. Y ahí, quizás, un día, volver a empezar.

Pizza post cancha:

  • El 15 de octubre de 1972, hace 50 años, tuvo lugar en el estadio de Vélez uno de los partidos más increíbles de la historia del fútbol argentino: River 5-Boca 4. Ganaba River 2 a 0, se lo dio vuelta Boca para estar 4 a 2 y terminó ganando el Millonario sobre la hora con un gol de Carlos Morete. Este material de El Gráfico le hace honor a semejante acontecimiento.
  • Fecha gloriosa para el fútbol mundial: el 16 de octubre de 2005, Lionel Messi debutó en la Primera del Barcelona. Entró por Deco en un duelo frente al Español. Usaba el número 30. Todavía emociona.
  • Este 14 de octubre se cumplieron 30 años de la muerte de José María Muñoz, relator emblemático, una figura a la que sigue conviniendo explorar para entender masividad y conductas del periodismo deportivo. 
    Su velatorio resultó el contexto de unos de los videos más maradonianos de Diego. Sí: “Hay que ser muy cagón para no defender a los jubilados”.

Esto fue todo.

Danos una mano.

Abrazo grande,

Zequi

Soy periodista desde 2009, aunque pasé mi vida en redacciones con mi padre. Cubrí un Mundial, tres Copa América y vi partidos en cuatro continentes diferentes. Soy de la Generación de los Messis, porque tengo 29 y no vi a Maradona. Desde niño, pienso que a las mujeres les tendría que gustar el fútbol: por suerte, es la era del fútbol femenino y en diez años, no tengo dudas, tendremos estadios llenos.