Departamentos compartidos: “Tengo tres trabajos y no puedo vivir solo”.

Lo que parecía una cosa europea empezó a pasar en Buenos Aires: jóvenes profesionales con varios empleos no pueden sustentar un alquiler individual y viven en habitaciones. Historias con nombre propio, que se repiten cada vez más.

Un departamento en Barcelona. Un piso con cinco habitaciones donde viven un italiano, una danesa, una inglesa, un alemán y un francés. Todos menores de 30 años. Jóvenes, divertidos, con mil aventuras por delante. La vivienda como una pequeña comunidad internacional. Eso retrató en 2002 la película Piso compartido, de Cédric Klapisch, la romantización de un fenómeno que estaba cambiando las lógicas habitacionales de las capitales europeas: a “la generación mileurista” no le alcanzaba el sueldo para vivir sola y tenía que compartir con otras personas. Argentina parecía estar exenta de eso.

Si bien la Ciudad de Buenos Aires cuenta con una gran red de albergues para estudiantes universitarios que aloja a quienes llegan desde otras ciudades o provincias, este tipo de vivienda compartida está pensada para un momento de la vida: la primera juventud. Se supone que en el tramo final de la carrera, con un ingreso laboral estable, los jóvenes de clase media, profesionales, tienden a independizarse y se mudan solos. ¿Eso sigue siendo así? Las cuentas ya no dan para el monoambiente y la opción es compartir.

Hoy, los alquileres compartidos son cada vez más usuales, sobre todo entre los treintañeros que no viven en pareja. En el actual contexto de alta inflación y crisis económica, hay muchos que optan por esta opción para poder afrontar los costos mensuales de la vivienda. No es lo mismo pagar el 100% del alquiler que el 75%, el 50% o el 25%. Otros, en cambio, ni siquiera pueden pensar hoy en compartir un alquiler y hasta decidieron posponer sus planes de irse a vivir solos ante la dificultad de independizarse económicamente.

“Si pudiera re viviría solo”, dice Fermín Acosta, de 33 años. Vive en el barrio porteño de Almagro, en el límite con Boedo. Llegó a ese departamento de dos habitaciones por la publicación de un amigo en Facebook que buscaba compañero de vivienda en 2015. En ese momento vivía en una residencia estudiantil, que fue su primer lugar en Buenos Aires desde que llegó a los 17 desde Olavarría para estudiar en la UBA la carrera de Diseño de Imagen y Sonido. Su amigo era el que alquilaba el departamento vía dueño directo y después de que se fue él tomó la posta. Ya van cuatro roommates desde entonces.

Fermín Acosta en su habitación. Ahora está en la búsqueda de roommate. Foto: Cristina Sille.

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“Me encantaría poder bancarlo solo, pero pienso que para eso tendría que tener un sueldo fijo de, no sé, 400 lucas. Puedo llegar a esa ganancia un mes bueno de freelance, pero no lo puedo sostener todo el año porque soy docente de la UBA y después mis laburos van y vienen”, cuenta a Cenital. El dueño le aumenta el alquiler cada seis meses.

Fermín, además de las dos materias que da en la UBA como ayudante, es guionista de cine y series, asesor literario y ocasional ghostwriter. “A veces he llegado a tener unos cuatro o cinco trabajos. Por supuesto que todo esto impacta en el proyecto personal, tener o no un espacio propio”.

Los datos hablan, aunque estén desactualizados

Si vamos a los datos duros, encontramos el Informe sobre situación habitacional de los jóvenes en CABA que en 2019 elaboró la Dirección General de Estadística y Censos (con datos de 2017). La conclusión es que la mayoría de los jóvenes que viven en CABA lo hacen “en condiciones más precarias o irregularidades que el resto de la ciudad”. En ese momento, solo el 15,5% de los jóvenes vivían solos. Esos son los últimos datos oficiales disponibles, de hace seis años atrás.

En agosto de 2023, el valor promedio para alquilar un monoambiente en la Ciudad era de $143.825 pesos por mes, según el informe de Zonaprop. En septiembre, el salario mínimo vital y móvil es de $118.000. Las cuentas no dan.

En los primeros siete meses del año, los alquileres publicados en Zonaprop crecieron muy por encima de la inflación: 89,6% frente a 62,5%. Lo mismo pasó en la variación interanual, el incremento de los precios fue de 152,9% mientras la inflación interanual fue de 116,4%.

Y ni hablemos de lo difícil que es pensar en acceder a la casa propia. En 2017, Argentina tenía un escenario económico complicado pero mucho menos crítico que el de hoy. En ese marco, “se estimaba que los jefes y jefas de hogar en CABA tardarían 29 años y 9 meses en lograr acceder a la compra de una vivienda promedio en territorio porteño”. Hoy el panorama no es más alentador.

Respecto de aquellos que postergaron sus planes de emanciparse de la casa familiar, según la Encuesta Joven 2014, elaborada por el Observatorio de la Juventud de la Dirección General de Política de Juventud de CABA, un 63.4% de los encuestados con entre 15 y 29 años asegura que “no pudo dejar el hogar de origen por falta de recursos económicos”.

Sin red de contención

“Mis viejos alquilaron toda la vida y no hay una casa donde caer, no tengo una casa familiar”, dice Nahuel Ugazio, realizador audiovisual de 39 años que trabaja en gestión cultural.

“Independizarme fue duro porque como mis viejos alquilan yo no tengo garantía propietaria. Además soy de zona oeste del conurbano y si conseguía alguna de allá en Buenos Aires no me la aceptaban”. Hace 7 años vive en un departamento tipo PH en Almagro al cual llegó gracias a un amigo, él lo dejaba y le hizo la onda para quedarse. Alquila mediante contrato y una compañera de trabajo de aquel momento le dio la garantía. “Fue muy deprimente la búsqueda, me costó mucho, hasta que conseguí este y por eso no lo suelto, no quiero pasar por lo mismo de nuevo. Lo que requiere es sí o sí vivir con alguien”.

A pesar de tener dos trabajos fijos con modalidad híbrida, que se terminan en diciembre por contrato, y los múltiples freelances que tiene, la inestabilidad no le permite vivir solo. “En mi rubro lo veo mucho, todos tenemos al menos dos trabajos porque no hay manera de vivir con uno solo de manera estable.

Nahuel vive con la artista Marina Peque. También del rubro cultural, con 37 años, ella es licenciada en Artes Visuales, cantante, poeta, performer y gestora cultural. Es la presidenta de la Cooperativa Cultural Qi, pero también tiene un trabajo estable atendiendo un local de ropa y como community manager de cuentas en redes. El testimonio de ella es el de muchos: vivir solo no se puede, es con amigos o con pareja.

Nahuel Ugazio y Mariana Peque en la cocina del departamento que comparten en Almagro. Foto: Cristina Sille.

“El pasaje de la casa familiar a independizarme no fue para vivir sola, fui a convivir con una pareja. Cuando me separé me tuve que ir porque el departamento era de él y ahí me encontré con que era muy difícil ingresar a un lugar siendo monotributista. La forma más amena era compartir con alguien que ya estuviera viviendo en un lugar, que ya tuviera un contrato armado donde yo pudiera sumarme a eso y pagar mi parte”.

Marina y Nahuel se conocen hace más de 20 años, son amigos. Cada cual tiene su estante en la heladera, las compras se hacen separadas, cada uno tiene su rutina y prácticamente no se cruzan. Hay pautas de convivencia que se respetan. “Sí, supongo que todes viviríamos solos, pero la realidad es que está muy complicado afrontar un gasto así y uno prioriza otras cosas. Me costaba mucho pensar en toda la plata que tenía que poner para entrar a un lugar feo e incómodo, ahí pensé que era mejor compartir y vivir en un lugar más grande y lindo”.

La vida es difícil, pero la economía no ayuda

Lo dijo en 2022 la Dirección General de Estadística y Censos de la Ciudad en El perfil sociodemográfico de la población joven: “Actualmente, el proceso de emancipación juvenil, es decir, la salida de las y los jóvenes del hogar de origen para conformar uno propio, se ha retrasado en comparación con las generaciones anteriores. Esto, debido a una escolaridad más extensa y la consecuente postergación del ingreso al mercado laboral, pero también como resultado de contextos socioeconómicos desfavorables que dificultan el logro de la independencia económica”.

La convivencia de pareja es la otra opción para irse de la casa familiar. De Lugano a Parque Chacabuco, Rodrigo Ramos se fue a vivir con su novia a los 20 años. “Fue una linda experiencia, con mucha ilusión y sacrificio porque el alquiler representaba la mitad de mi sueldo, y con los años esa ecuación prácticamente no cambió”.

Rodrigo Ramos en la casa que alquila en Paternal. Foto: Cristina Sille.


Hoy vive en Paternal, en una casa grande donde alquiló las habitaciones durante más de tres años, en un momento donde su situación económica se complicó. “Entré a la casa pensando en instalar la productora y vivir en el fondo, pero eso no prosperó. Llegamos a ser 5 personas viviendo en casa. El beneficio era el económico: el alquiler de la casa se pagaba con las habitaciones”. Hasta que se cansó de vivir con personas que desconocía, con quienes probablemente no entablaría una amistad. “La casa tiene un solo baño, entonces la convivencia es difícil”.

Al principio, las alquilaba por Airbnb, después a amigos de amigos. Hoy, con 35 años, el promotor musical y realizador audiovisual está pensando en subalquilar de nuevo, porque a pesar de tener un trabajo en relación de dependencia, que complementa con tres o cuatro trabajos freelances como editor de video, vive con lo justo.

“No volvería a convivir con gente que no fuera amiga, salvo por extrema necesidad. La convivencia me gusta pero en pareja, compartiendo un proyecto o una idea. La precariedad de todo nos obligó, de alguna manera, a ceder nuestros espacios personales”, dice Rodrigo como cierre.


Esta nota es parte de un dossier con varios artículos que dan cuenta de las razones y posibles soluciones a la crisis de alquileres en Argentina. Se llama No digan cómo vivo y podés leer su introducción acá.


Neuquina por nacimiento y amor eterno. Periodista de las de escribir: en diario, revistas y web. Editora en Cenital. Autora de "Brilla la luz para ellas. Una historia de las mujeres en el rock argentino" y de "Entre dos ríos". Tiene tatuada la lengua de los Rolling Stones.

Me hice periodista por mi amor por la radio, aunque a veces me arrepiento. Antes trabajé en diarios y sitios web. Soy coleccionista de ropa de Boca. Los libros los elijo de política o policiales. Para mis amigos, soy "el turco".