Crear dos, tres…muchos Mont Pèlerin

El 1° de abril de 1947 un grupo de economistas, filósofos e historiadores se reunió en un pequeño pueblo de Suiza para refundar al liberalismo.

El 1° de abril de 1947 un grupo de economistas, filósofos e historiadores se reunió en el Hotel du Parc, en la villa de Mont Pèlerin, un pequeño pueblo de Suiza con vista al lago Ginebra.

Hacía un año había muerto John M. Keynes pero sus ideas habían conquistado el mundo occidental. Funcionaban. El capitalismo ingresaba a su edad de oro. La economía crecía a los niveles más rápidos conocidos por el capitalismo y el empleo se mantenía alto. La bonanza recorría a los países que habían salido victoriosos de la Segunda Guerra Mundial y la derramaban sobre sus zonas de influencia.

Como el comienzo de Asterix: “Toda la Galia está ocupada por romanos… ¿Toda? ¡No! Una aldea poblada por irreductibles galos resiste”. Allí, en Mont Pèlerin se darían cita los adversarios del Estado de Bienestar, los enemigos del New Deal, los rivales de la intervención del Estado en las fuerzas libres del mercado. El objetivo: combatir el keynesianismo reinante y, sobre todo, transformar y poner en disponibilidad las ideas del liberalismo clásico para el día en que el modelo imperante se agotara. Crear, sin más, un nuevo liberalismo, un neoliberalismo. Salvar al liberalismo de la crisis teórica, práctica y política en la que estaba inmerso por el triunfo de otro paradigma. Como escribió Max Hartwell: “Salvar la bandera y renovar el ataque”.

Pensadores de varias disciplinas cruzaron océanos y rutas para llegar. Invitados por su principal impulsor, Friedrich Hayek, llegaron hasta el hotel 39 personas entre las que se encontraban Ludwig Von Mises, Walter Lippman, Karl Popper, Milton Friedman, Louis Rougier, Frank Knight, Wilhelm Röpke y Verónica Wedgwook (la única mujer). Viajes y estadía estaban pagos para los 10 días que duró la conferencia, gracias al generoso aporte del Schweizerische Kreditanstalt (hoy Credit Suisse), la William Volker Fund y el Banco de Inglaterra.

Desarmadas las valijas, los 39 intelectuales se dispusieron a la primera tarea, quizás la más compleja de todas: decir que lo que estaba funcionando, en verdad, no funcionaba. Que las regulaciones del Estado sobre el mercado minaban la libertad de unos ciudadanos que, en la práctica, disfrutaban de bienes y servicios que hasta el anterior capitalismo no había logrado darles. Que el incipiente igualitarismo era una trampa que destruía la libertad de los ciudadanos. Que lo que en apariencia funcionaba bien, a la larga lo haría mal.

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La conferencia se dividió en comisiones de acuerdo a los temas en los que era necesario renovar al liberalismo para sacarlo de su crisis: ¿Libre empresa u orden competitivo?; Historiografía moderna y educación política; Liberalismo y cristianismo; Medidas contracíclicas, pleno empleo y reforma monetaria; Política salarial y sindicatos, eran las mesas de debate a las que uno, si hubiera sido un economista liberal de los años ’40, se podría haber anotado.

Antes de pasar a las comisiones, el anfitrión Hayek abrió el encuentro:

Me parece que un esfuerzo eficaz para formular los principios generales de un orden liberal sólo es posible entre un grupo de personas que están de acuerdo en lo fundamental y entre las que ciertas concepciones básicas no son cuestionadas a cada paso. Pero en este momento no sólo es reducido el número de los que, en distintos países, están de acuerdo sobre lo que me parece son los principios liberales básicos, sino también muy grande la tarea, e igualmente grande la necesidad de apoyarse tanto como sea posible en experiencias acontecidas en situaciones diversas.

Explicación sobre las negritas. El encuentro en Mont Pèlerin tenía un antecedente: el Coloquio Lippmann que reunió a un grupo simular en París en agosto de 1938. El periodista Walter Lippman había publicado un libro dando cuenta de la derrota del liberalismo y elaborando una explicación: el socialismo había avanzado sobre la incapacidad liberal de hacer evolucionar su doctrina. “Si la propiedad privada está tan gravemente comprometida en el mundo es porque las clases poseedoras, resistiendo a toda modificación de sus derechos, provocaron un movimiento revolucionario que las tendió a abolir”, escribió. El libro logró condensar una de las visiones y terminó con la reunión en París.

Los liberales usaban la figura del Código de Circulación para explicar el debate. Louis Rougier dijo en ese coloquio: “Ser liberal no es como el manchesteriano que deja a los coches circular en todos los sentidos, siguiendo su capricho; no es como el planista que fija a cada coche su hora de salida e itinerario; es imponer un Código de la circulación, admitiendo que no es forzosamente el mismo en tiempos de transportes acelerados que en tiempos de las diligencias”. En ese ejemplo — muy conocido por los liberales, lo usan Lippman y Hayek en sus libros– está el debate central sobre el tipo, nivel y necesidad de adaptación del intervencionismo que debe proponer el nuevo liberalismo. Las posiciones enfrentadas: de un lado, el ala más intervencionista, representada por el propio Lippmann y Rougier, que abogan por reformular planteos y temas del socialismo y el Estado de bienestar (la inversión estatal, el cobro de impuestos progresivos a los ingresos y a la herencia, el combate a los monopolios); del otro, aquellos más apegados a los principios clásicos del liberalismo, representados por la postura de Ludwig von Mises que, principalmente, desconfían. No nos entra en esta entrega pero, para quienes quieran ahondar en el tema, hay un libro muy lindo de Barbara Stiegler publicado hace poco, que ahonda en el debate entre Lippman y Dewey por la forma de la evolución que debía tomar el liberalismo. Este artículo recoge bien el debate del Coloquio Lippman. Y Santiago Armando ha escrito dos entregas muy interesantes sobre los fundamentos filosóficos del libertarianismo que son muy útiles para quienes no estamos en el tema.

De ahí no sale un consenso –más bien una división– pero el encuentro funciona de inspiración para que Hayek publique Camino a la servidumbre, lo que le dará fama y reconocimiento suficiente como para convocar a Mont Pèlerin. Será aquí, como bien dice en su discurso de apertura, donde debatirán sobre la base de algunos consensos. Que son, finalmente, consensos más alejados de la hipótesis Lippman-Rougier y más cercanos a la línea ultra liberal de “los austríacos” Von Mises, Hayek y, luego, Friedman. Siempre entendiendo, como dice el artículo citado antes, que “la realidad de las divergencias internas no debe disimular la substancia del consenso anti colectivista que confiere una fuerte cohesión al neoliberalismo”.

Fue ese consenso el que se construyó en Mont Pèlerin, aunque no sin dificultades. Cuenta Friedman que, en la primera reunión, mientras discutían la idoneidad de las acciones del gobierno para influir en la distribución del ingreso, Von Mises se levantó de la asamblea, les gritó a los presentes que eran “una banda de socialistas” y dejó la habitación (si me tuviera que imaginar la escena pensaría en algo así). No había socialistas en la habitación. Tampoco en el hotel. Quizás ni siquiera a varios kilómetros a la redonda.

Pese a las divergencias, se formó allí la Sociedad de Mont Pèlerin, con algunos principios y objetivos que debían perseguirse. La declaración decía: “El grupo no aspira a realizar propaganda. No busca establecer una ortodoxia meticulosa y obstaculizadora. No se alinea con ningún partido concreto. Su objetivo es solamente, al facilitar el intercambio de opiniones entre mentes inspiradas por ciertos ideales y concepciones generales sostenidas en común, contribuir a la preservación y mejora de la sociedad libre”.

Luego de la primera reunión, la sociedad se registró como ONG en Estados Unidos y consiguió el financiamiento permanente del Volker Fund y la Foundation for Economic Education. Gracias a eso, pudo realizar 18 reuniones entre 1947 y 1970. A medida que pasaba el tiempo, la conducción de Hayek y Von Mises de la Sociedad se volvió más férrea. El endurecimiento de la visión ortodoxa sobre el nuevo liberalismo, también. Durante casi 20 años la Sociedad se mantuvo en la marginalidad política, intelectual y académica. Pero no se disolvió.

Y entonces, cuando el modelo del Estado de bienestar comenzó a mostrar síntomas de crisis a principios de la década del ’70, las ideas y concepciones generales sostenidas en común estaban allí. Listas para explicar las bajas tasas de crecimiento, las altas tasas de inflación, la recesión que comenzó a partir de 1973. Listas para contar que el poder excesivo de los sindicatos habían socavado las bases de la acumulación privada y que la intervención del Estado sobre el mercado era responsable de la crisis.

Conviene calibrar el nivel de influencia que tuvo la Sociedad en lo que vendría después. La tentación de creer en un plan diagramado en la punta de una montaña suiza siempre existe (tal vez falta una película sobre el encuentro: montaña, hotel, lago, podría incluir vampiros). Sin embargo, es necesario poner todo en su justa medida. La Sociedad ingresaba a los ’70 más desarticulada de lo que había nacido. No era para nada un grupo homogéneo con un paquete de ideas y medidas concretas para aplicar en un potencial gobierno. El propio Hayek había abandonado la presidencia a principios de los ’60 por los problemas internos entre sus miembros, dejando el espacio para el ascenso de la estrella de Friedman.

Pero calibrar su influencia no quiere decir negarla. La contrarrevolución liberal contra el keynesianismo comenzó a encarnar en procesos políticos relevantes como el ascenso de Margaret Thatcher y Ronald Reagan en sus respectivos países. La Sociedad prestó un primer servicio: renovó un marco teórico, el liberalismo, y lo puso a disposición. Había cumplido la misión que tenía Hayek en mente, rescatar como había hecho el socialismo, el valor de la utopía:

La principal conclusión que el verdadero liberal debe sacar del éxito de los socialistas es que fue su valor a la hora de ser utópicos lo que les granjeó el apoyo de los intelectuales y, por lo tanto, una influencia en la opinión pública que está haciendo posible todos los días lo que hasta hace poco parecía imposible. Una vez más debemos hacer de la construcción de una sociedad libre una aventura intelectual, un acto de valentía. Lo que nos falta es una utopía liberal, un programa que no parezca ni una mera defensa de las cosas como son ni un socialismo aguado, sino un radicalismo verdaderamente liberal que no evite las susceptibilidades de los poderosos, que no sea demasiado práctico y que no se limite a lo que hoy nos parece políticamente posible.

Con el ascenso de gobiernos de corte neoliberal (la nominación de neoliberal es problemática por los distintos usos, pero sirve), la Sociedad Mont Pèlerin tenía a los intelectuales disponibles para asumir, defender e implementar esas ideas. El aporte de esos personajes a los gobiernos de Reagan, Thatcher e incluso de Augusto Pinochet en Chile (basta con ver el muy buen documental Chicago Boys) es público. Cuando Thatcher asumió como primera ministra en 1979 le escribió a Anthony Fisher (miembro): “Usted creó la atmósfera de opinión que hizo posible nuestra victoria”. Las ideas que años antes aparecían como marginales se convirtieron en el cánon: además de Hayek y Friedman, otros cinco miembros de la Sociedad reciben el premio Nobel de la Economía entre los años ’80 y ‘90.

Perry Anderson dice en este texto que la primera lección de esta historia es no tener ningún miedo a estar contra la corriente política del tiempo que toca vivir. Los reunidos en la montaña suiza tuvieron el mérito de realizar una crítica radical del statu quo y, a fuerza de convicciones duras, organización política y financiamiento (claro) mantuvieron una postura de oposición marginal durante un largo período.

Dice, también, que simplemente perseveraron hasta que las condiciones históricas cambiaron y llegó su oportunidad política. Y hasta cierto punto es cierto. Es cierto que a veces conviene subir a la punta de una montaña a gritar que lo que está pasando está mal, aunque todo el resto mire para otro lado, esperando que algún día ese grito se escuche. También se puede decir de otra manera: que para que ese grito se empiece a escuchar, primero alguien lo tiene que gritar.

Pero lo dejamos ahí. Porque las mejores fábulas son aquellas en las que la moraleja se cuenta sola.

Soy politólogo de la Universidad de Buenos Aires (UBA) y director de la agencia de comunicación Monteagudo. Soy co editor del sitio Artepolítica. Nací en Olavarría, una metrópoli del centro de la provincia de Buenos Aires. Vi muchas veces Gladiador.