Conversar para bajarle un poco el tono a los gritos de la realidad, para encontrarse con el otro incluso en la diferencia, para tener contacto con lo fuera de uno.
La vida hipermoderna, asediada por preocupaciones y la precariedad, hace que una persona sea incapaz de traducir la existencia en experiencia, a pesar de su marketing.
Pensar es dudar, hacer vacilar las certidumbres; es abrir hiatos, interrogar las certezas, propias y ajenas. Hacer lugar, distraído y en el desvío, a eso que no se espera.
En una época donde todas las enunciaciones se escuchan igual, ¿cómo hablamos? ¿Tomamos en cuenta al interlocutor? ¿Esperamos algo de él o hablamos solos?