Norita Fútbol Club

Nora Cortiñas, que murió ayer a los 94 años, sufrió durante el Mundial 78. Pero entendió al fútbol como un fenómeno popular y feminista.

“¿A vos te parece? Es el príncipe de Holanda, será rey, tiene por primera vez en su vida frente a él a una Madre de Plaza de Mayo y lo primero que se le ocurre preguntarme es de qué cuadro soy”. Era 2008 y Nora Cortiñas acababa de volver de Amsterdam. Había viajado invitada por el periodista Marcel Rozer para la presentación del libro “Voetbal in een vuile oorlog” (Fútbol en una guerra sucia), sobre el Mundial 78, el primero que ganó nuestro fútbol, la selección que dirigió César Menotti, pero en el peor de nuestros tiempos, con la dictadura de Videla que usaba la pelota para tapar sus crímenes.

Nora, con el libro de Rozer en sus manos, pañuelo blanco en la cabeza, fue a Villa Eikenhorst, residencia de los futuros reyes de Holanda, mansión de 600 metros cuadrados, tres pisos y lago, rodeada de bosques, junto con Leopoldo Luque, uno de los héroes de aquella Copa, que en el viaje le preguntaba preocupado cómo debía dirigirse a Máxima Zorreguieta, argentina, esposa del futuro rey, si llamarla “señorita”, “señora Máxima” o “señora princesa”. Norita le respondió a lo Norita: “Decile Máxima”.

La cofundadora de Madres de Plaza de Mayo ya había recibido un aviso de que Máxima, informada de su viaje a Amsterdam, quería recibirla. Consultó con sus pares en Buenos Aires. Le dijeron que sí. Que aceptara. Y siempre con el pañuelo puesto. “¿Vos viniste forzada?”, le preguntó la princesa. “No, no me conocés. Como a vos, a mí también me costó estar aquí”. Además del pañuelo, Nora tenía colgada en el cuello la foto de Gustavo, su hijo desaparecido. “Me costó porque tuve que separar la historia de tu padre”, siguió Nora, en alusión a Jorge Zorreguieta, subsecretario, primero, y secretario, luego, de Agricultura y Ganadería de 1976 a 1981, funcionario de la dictadura.

Norita Cortiñas, histórica presidenta de Madres de Plaza de Mayo – Línea Fundadora.

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“Nosotras no perdonamos, no olvidamos y no nos reconciliamos con los genocidas ni con sus cómplices, y quiero que este libro sirva para que se lo leas a tus hijos y sepan la realidad que vivimos”, le dice Nora a Máxima, mientras le entrega el libro de Rozer, que cuenta vínculos de Holanda con Argentina en pleno Mundial, primero la final que ganó 3–1 Argentina en dramático tiempo extra, con Videla y sus socios en el Monumental. Pero también el rol del gobierno holandés que dio préstamos a la dictadura, y el de periodistas valientes que fueron a la Plaza para mostrar a las Madres dando su ronda frente a la Casa Rosada, rodeadas de policías, por primera vez en la TV europea, sensibilizando a pueblo y organismos de derechos humanos, que así enviaron apoyo económico a la lucha.

El diálogo con Máxima, lunes 24 de noviembre de 2008, un té de dos horas y media durante el cual la princesa aceptó un pedido de Nora para que el gobierno holandés apoyara la Convención de Desaparición Forzada de Personas, cesó cuando entró a la sala el príncipe Guillermo Alejandro (todavía vivía la reina Beatriz). Y allí fue cuando el futuro rey, en su primera pregunta a una Madre que llevaba pañuelo y foto de su hijo desaparecido, inquirió a Nora sobre cuál era su cuadro favorito. Boca en Argentina, Ajax en Holanda, le dijo Nora. Feyenoord en Holanda y River en Argentina, replicó el príncipe. La conferencia de prensa apenas después de la reunión tuvo por supuesto respuestas que cuidaron el protocolo. Fue a su vuelta a Buenos Aires que Nora me contó su decepción con el príncipe. “Mirá la pregunta que me hace”. En rigor, su enojo fue más fuerte. A lo Norita. Con el protocolo en el tacho de basura.

Máxima Zorreguieta y el rey Guillermo.

Nora ya había sufrido la desaparición de su hijo Gustavo cuando se jugó el Mundial 78. Cuenta que, en el momento de la consagración, cuando el capitán Daniel Passarella levantaba la Copa ante la sonrisa del dictador, ella le pidió a su marido Carlos que apagara la TV. Algo parecido le sucedió a Estela de Carlotto. La presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo se fue a llorar con su esposo a una habitación, sin poder acompañar al resto de la familia que celebraba la conquista. El país futbolero, que se jactaba de jugar mejor que nadie pese a que jamás había ganado un Mundial, era en aquellos días de junio del 78 una fiesta que también comprendía dolorida Hebe de Bonafini, que conocía la alegría popular de la pelota, porque su esposo había jugado en las inferiores de Gimnasia y Esgrima La Plata.

Nora contó alguna vez que ella iba a la cancha junto con su esposo. Al Monumental en los últimos tiempos de La Máquina, un formidable equipo de River de los años ’40. Pero, muy señora de aquellos tiempos, contó que se la pasaba tejiendo o tomando sol en la tribuna. Porque veía al fútbol como un asunto de hombres. Tuvo momentos de enojo con el Mundial. La contradicción de que la fiesta en el Monumental sucediera a solo setecientos metros de la ESMA, goles y torturas tan cerca, lo primero dominando todo, lo segundo silenciado. Entendió años después que el Mundial terminó siendo un búmeran para la dictadura, una tribuna para difundir las violaciones de derechos humanos. “Realmente fue un logro”, aceptó.

Treinta años después, se promovió una especie de “reconciliación” del Mundial maldito con las víctimas principales del horror. La mayor parte del plantel campeón esquivó la cita. Como diciendo que, en rigor, le tocó ser campeón en ese tiempo, pero que no había sido cómplice de Videla y que no tenía de qué disculparse. Una lectura acaso más amplia la hicieron en cambio otros jugadores, entre ellos René Houseman. Fue emocionante el momento en el que “El Loco”, parado en la línea de cal del Monumental, con pantalones cortos, pero sin jugar, vio que llegaba Norita, desde la ESMA, donde había comenzado el acto. Fue a abrazarla. René lloraba.

René Houseman y Norita Cortiñas.

En 2017, Norita recibió un aviso. Un grupo de mujeres futbolistas había decidido ponerle a su equipo el nombre de Norita Fútbol Club. “Es en tu homenaje, a la lucha de las Madres”, le dijo Ayelén Pujol, periodista, una de las integrantes del equipo, autora de “¡Qué jugadora!”, un libro sobre la historia del fútbol femenino en Argentina. “Pero si todavía no me morí”, se negó Norita. “Es que los homenajes se hacen en vida”, apuró Ayelén. Norita invitó al equipo a comer un asado en su casa de Castelar. Les presentó a Lucía, su nieta, que se convirtió en delantera temible del equipo. Ellas le entregaron una camiseta (la número 10, que luego “retiraron”), le dijeron que eran un equipo feminista. Norita les habló de los tejidos en el Monumental, de Boca y de Gustavo, y de cómo cambió su vida de “ama de casa” con la desaparición de su hijo.

Norita FC.

“Fueron varios asados”, me cuenta Ayelén. Norita también fue varias veces a ver jugar al equipo. El Norita es un club. “Cuando firmamos los papeles –sigue Ayelén- vino a firmar como presidenta honoraria. Los equipos rivales pedían fotos con ella. Dio el puntapié inicial en campeonatos. “Hacía un gol Lucía y todos la miraban a Norita, pero ella hablando de política por teléfono, ni lo había visto, y abrazaba a Lucía. A otras Madres le decía orgullosa ‘sabés que yo tengo un equipo’. Nosotras somos ‘las Noritas’. Cuando alguna estaba en problemas, siempre se ofrecía para ayudar”. El Norita FC, como siempre, jugó al fútbol ayer, horas después de la muerte de Nora. En 2019, Norita, siempre presente en todas las luchas dignas, aborto, despidos, diversidades, “participó” de un “picado” frente al Congreso para pedir la absolución de “Higui”, la piba arquera de fútbol admiradora del ex golero colombiano René Higuita, encarcelada y sometida a juicio porque mató defendiéndose de una violación en patota. “Al final –dijo feliz- logramos su absolución”.

Cierro la nota con pedido de disculpas por la referencia personal, pero Norita es una excepción. En 2019, Banfield me invitó para participar de un acto de restitución de carné a sus hinchas desaparecidos durante la dictadura (un gesto de reparación que también hicieron muchos otros clubes). Cuando Norita entró al gimnasio (no cabía un alfiler, todo era pura emoción) el reconocimiento se hizo eterno, hermoso. La foto de abajo registra un momento justo previo al inicio de la charla. Norita me pide que la ayude con el celular. Justo a mí, que recién aceptaba usar un celular al que me había negado toda la vida. Nos reíamos de nuestra inutilidad cuando alguien tomó la foto justo en ese momento.

Ezequiel, tocayo de Banfield, me la volvió a enviar ayer, apenas nos enteramos de su muerte. Le devolví otra imagen. Esa misma foto pero enmarcada desde hace tiempo en el living de casa, debajo de un afiche grande de Diego. Delante de la foto hay un zapatito de cerámica. Típico souvenir holandés. Me lo trajo como atención, agradecida de alguna ayuda en su viaje de 2008 a Amsterdam. Es uno de los mejores regalos que recibí en mi vida.

Otras lecturas:

Es periodista desde 1978. Año de Mundial en dictadura y formidable para entender que el deporte lo tenía todo: juego, política, negocio, pueblo, pasión, épica, drama, héroes y villanos. Escribió columnas por todos lados. De Página 12 a La Nación y del New York Times a Playboy. Trabajó en radios, TV, escribió libros, recibió algunos premios y cubrió nueve Mundiales. Pero su mejor currículum es el recibo de sueldo. Mal o bien, cobró siempre por informar.