El hilo conductor

Me gustaría ser un animal

Después de una semana de tanta intensidad, podemos permitirnos la evasión y refugiarnos en el amor de los animales. Un Hilo dedicado a distintas especies de compañía a través de libros y artistas diversos: de Laurie Anderson a Hebe Uhart, y de Ezequiel Alemian a William S. Burroughs y Wes Anderson.

Hola, ¿qué tal? Difícil contestar esa pregunta sin caer en la ironía. ¡Qué días, eh! Desconcertantes, agotadores… Qué locura vivir en un país con este grado de intensidad constante. Siempre hay más sorpresas. Ojalá nos envidiaran por eso.

Esta quincena opté por un tema que ayude a evadirnos. Porque estar pendientes 24/7 de la realidad nacional es demasiado para cualquier cuerpo. Así que se me ocurrió hablar del inagotable reino animal a través de su presencia en la vida de las personas, que también somos en algún punto animales, ¿no? Es que esta semana me hubiera gustado ser la mascota de alguien. Un gatito que duerme la siesta en un sillón mullido mientras el sol le calienta la panza. O una perra alegre después de la lluvia, paseando y oliendo todo de nuevo entre los árboles. Basta de problemas de humanos, yo quiero problemas de animales aunque sea por un rato.

Como el tema da para muchísimo, recortaré arbitrariamente el campo de maniobras. Voy a ocuparme de libros de narrativa, poesía o ensayo sobre la relación entre personas y animales, y no voy a hablar ni de peces, ni de animales salvajes ni de especies anfibias (mejor las guardo para otro newsletter específicamente). Aclaro, por si hiciera falta, que tengo cero conocimientos de biología animal –menos de veterinaria–. Y en el plano personal, conviví a lo largo del tiempo con una cantidad acotada: gata, cobaya, perro, perro, gato, gata, gato, gata, en ese orden. O, para darles una entidad y llamarlos por sus nombres, compartí mi vida con Flora, Junior, Aramís, Apu, Martes, Selma, Vlad y Rita, respectivamente. Leo sus nombres escritos y aparecen enseguida los recuerdos. El momento en que nos conocimos, los juegos a los que jugamos, sus costumbres específicas a la hora de alimentarse, limpiarse o aparearse, cómo les gustaba ser acariciados. También recuerdo de manera inevitable el momento en que murieron –excepto por Selma y Rita, que siguen estando conmigo–. Y entonces una vez más me conmuevo por el afecto que nos tuvimos y por el hecho de que me hayan dejado ser parte de sus existencias. ¿O yo forcé esa convivencia? Me interesa dejar planteada esta cuestión problemática y universal sobre la relación de amor y sometimiento que existe entre la humanidad y las especies de compañía. ¿Son “nuestros” los animales, o son de ellos mismos? Tomemos este Hilo como un puntapié inicial para continuar con el dilema en algún momento.

Oh My Dog

Para ilustrar esta entrega podría haber usado los retratos de gatos de Andy Warhol, o los cuadros de animales por encargo que realiza la pintora argentina Verónica Gómez. O, mejor todavía, las capturas que muchísimos lectores y lectoras de Cenital le enviaron a Agostina Mileo durante 2020 como respuesta a su news Que la ciencia te acompañe y que en un acto de devoción increíble ella convirtió en este libro de más de 100 páginas. Pero opté por compartir las sutiles y hermosas fotografías en blanco y negro de Elliot Erwitt (París, 1928), un profesional de la agencia Magnus que se dio cuenta, revisando viejas tomas para una exposición, que durante años había retratado perros, sin querer queriendo. Él lo cuenta así: “Hasta hace poco, nunca me había propuesto tomar fotografías de perros, pero de alguna manera los perros aparecían en grandes cantidades en mis hojas de contacto. Me sorprendió esa preponderancia. Obviamente, mi simpatía por las criaturas era más profunda de lo que había imaginado. Muchos de los perros en las fotos deben haberme parecido atractivos en sus entornos exóticos, otros perros eran interesantes en tomas razonablemente bien compuestas y algunos otros parecían trascender su encanto obvio y fácil y tener connotaciones alegóricas para nosotros. No conozco ningún otro animal más cercano a los humanos en cuestiones de corazón, sentimiento y lealtad. Los perros son amables y sencillos y no se quejan ni acomplejan a la hora de salir en las fotos”. 

Es notable la expresividad que tienen los canes de sus fotografías. Y sobre todo la relación que establecen con las personas que los acompañan. Es bastante inevitable no trasladar sentimientos o sensaciones humanas al mirar a estos perros, como si sus estados de ánimo se parecieran a los nuestros. Les dejo varias fotografías. Ojalá les gusten.

Y hablando de canes, pasemos ya mismo a uno de esos libros hermosísimos, que depende del ánimo que tengamos nos puede iluminar o hundir en la melancolía. Un volumen que puede leerse como un diario de recuerdos: El corazón de un perro, de la artista y música Laurie Anderson. La genial Laurie se ocupa de la vida que compartió junto a su perra Lolabelle, una rat terrier amorosa, a través de textos breves, y que está plasmada también en la película homónima e igual de bella Heart of a Dog, de 2015, dirigida por Anderson también. Cuenta Laurie que –junto con quien fuera su pareja, Lou Reed– vivía en el centro de Manhattan, y que después del atentado de las Torres Gemelas todo quedó cubierto de cenizas. Después de meses de vida ruidosa y caótica en su zona, con cámaras filmando a todos los ciudadanos de manera permanente, decidió viajar a las montañas de California a despejarse con Lolabelle. 

La idea era viajar y pasar tiempo juntas y hacer algo como un experimento para ver si podía hablar con ella. Había oído que los rat terrier entendían alrededor de 500 palabras y quería ver cuáles eran. Era febrero y las montañas estaban cubiertas de flores silvestres diminutas. Y el cielo era enorme y alto y el aire era muy fino, de color azul pálido, y los halcones circulaban. Todas las mañanas caminábamos hasta el mar, eso nos llevaba casi todo el día. Y lo que pasó, más o menos, fue que la belleza se entrometió en el experimento. Era tan hermoso allá arriba que me olvidé completamente del proyecto. Se me borró de la memoria. 

Es interesante cómo consigue, a través del relato de su vida juntas, hablar a lo largo del libro sobre su infancia, sobre la muerte de su madre, sobre la muerte de su propia perra, y leer cómo le rinde tributo desde el afecto incondicional y la ritualización. Arma un diálogo íntimo que en vez de ponernos tristes nos termina alegrando por el amor que se tuvieron. Eso es algo que suele pasar con las mascotas, ¿no? Cuando dejan de estar entre nosotras, nada se compara con haberlas conocido. 

Cuando Lolabelle envejeció se quedó ciega. No quería moverse, se paralizó en su lugar. El único lugar en el que corría era la orilla del mar porque sabía que ahí no había con qué chocar. Y así salió corriendo a toda velocidad hacia la absoluta oscuridad. 

*

Aprendimos a amar a Lola de la misma forma en que ella nos amó, con una ternura que no sabíamos que podíamos tener.

Para seguir con la subjetividad perruna podría hablar largamente de la novela Los galgos, los galgos de Sara Gallardo, pero me parece que es ya bastante conocida. Así que me detendré en la nouvelle del escritor y crítico argentino Ezequiel Alemian llamada Onnainty, publicada en 2015 en la editorial rosarina Iván Rosado. El libro cuenta en primera persona la experiencia de un chico que, de manera temporal, queda a cargo de una guardería canina en una quinta de Tortuguitas. A primera vista –o a primera lectura– parece que no pasa demasiado: él se va adaptando al espacio y a vivir rodeado de muchas plantas y de varios galgos con personalidades diversas, un weimaraner y una bull terrier llamada La China, además de varios otros perros callejeros que se acercan cada tanto. Pero la clave está en el procedimiento de escritura de toda la peripecia. Alemian cuenta al final del libro que Paco Fernández Onnainty, un artista al que conoció en 2013, fue el que le contó todo lo que incluye en el texto. Se juntaron durante varias semanas en el estudio de Paco a hablar del tiempo que él pasó en la guardería y con todo eso Ezequiel compuso un libro transfiriendo la experiencia: “No hay en el texto una sola frase que no haya sido dicha por Paco”, dice. En esa escucha y comunión entre dos hombres y muchos perros está el corazón de esta aventura y de este libro. 

Y hay que decir que el título de este news lo saqué de otro de los libros de Alemian, Me gustaría ser un animal, publicado en 2003 y reeditado en 2011 con prólogo de Fabián Casas, donde se reúnen textos breves, algunos de corte poético y otros más híbridos o experimentales. Les dejo este pedacito. Y aprovecho para saludar a Ezequiel que es mi amigo y hoy domingo está cumpliendo años. 

Me gustaría ser un animal. 
No un elefante, no un delfín, no un oso, no una rana toro, no una pantera oscura, no un antiguo calamar gigante, no un puma.
Me gustaría ser un perro, o un lobo.
Me gustaría ser una loba. 
Iría hacia donde fuera mi presa.

Me gustaría ser el chico que acompaña a la loba. 

Fascinantes criaturas

Salvando algunas distancias, pero no tantas, en estos días terminé de un saque el nuevo libro de Mónica Müller, una escritora y doctora argentina que ya había demostrado tener una prosa muy fresca en sus libros anteriores. Este se llama Nada es para siempre y puede leerse como una no ficción novelada de las aventuras y desventuras de una señora culta de Recoleta que está muy conectada con lo que le pasa y lo narra con gracia. Los tres relatos incluidos me hicieron reír y emocionar en dosis similares. En particular el texto que abre el volumen, llamado “Una madre pájara”, en el que Müller cuenta su encuentro fortuito con un pichón maltrecho que se cayó del nido y al que decide llevar a vivir a su departamento sin jaula. La historia de ella y Chipi –así le pone al tordo– es hilarante, entrañable, maravillosa. Está llena de pequeños desafíos como probar si le gustan o no las lombrices y ver qué pasa si lo devuelve a su árbol. Ya sabemos desde la primera línea del relato que la relación entre ellos duró unas semanas, pero tiene la intensidad de un vínculo madre-hijo en el que el amor se trafica de las maneras más inesperadas. Müller tiene un tipo de humor que me recuerda a Hebe Uhart y también a Aira, por lo disparatado, pero ella es un poco más amorosa. Pueden comprobarlo empezando a leer el libro acá.   

Y hablando de Hebe Uhart, dediquémosle un espacio. Porque ella estuvo completamente fascinada con los animales durante años, pero sobre todo en la última parte de su vida, cuando se dedicó a compilar distintas crónicas que los tienen como protagonistas basados o bien en sus observaciones –el don de Hebe para observar y captar gestos y ambientes con precisión es de lo más envidiable que tiene su escritura–, o bien en sus estudios –era lectora devota de bibliografía documentada sobre animales de autores antiguos y modernos–. De hecho, muchos de los textos reunidos en el volumen Animales, editado por Adriana Hidalgo, fueron escritos con motivo de alguna visita o paseo planeado con el fin de escribir luego sobre ellos. Así conocemos al “loro de Laura”, a “la perra rolinga”, y también sus impresiones sobre la visita al Ecoparque de Palermo, la reserva de Horco Molle en Tucumán y el Zoo de Lima. Es muy pintoresca Uhart a la hora de revelar cómo la gente del campo y de la ciudad convive con distintas especies, y cómo en cuanto seres humanos les atribuimos tantas cosas a los bichos… Por ejemplo en este fragmento del comienzo del libro repasa los usos y abusos de las metáforas animales para insultar.

Yo no recuerdo haber insultado invocando a los animales; los han convocado a todos para insultar. “Perro” está en la Ilíada: “Ojos de perro”, dicen. “El caballo” le decían a una compañera en sexto grado; “Gato” a las prostis, y “Vaca”, a las gordas. Me identifico con Felisberto Hernández, que dice en su cuento “Úrsula”: “Úrsula era gorda como una vaca y a mí me gustaba que fuera así”. Se necesita valentía en el Río de la Plata para decir eso. “Lengua de víbora” es otro insulto; “Buitre”, también. El tigre, el león y la oveja tienen buena prensa. Me gustan mucho los dichos camperos de la provincia de Buenos Aires, en los que cada situación, habilidad o deficiencia es ilustrada con un animal. Para la monotonía: “Siempre igual, como cara de oveja”. Para la formalidad: “Formal, como burro en corral”. Para la desconfianza: “Más desconfiao que caballo tuerto”. Para el que habla de algo que desconoce: “Qué sabe el burro ‘e confites, si nunca fue confitero”. Para la gente que saluda a todo el mundo en los pueblos: “Saludador como tero” (el tero hace un movimiento de cabeza). Mi papá contaba que los viejos vascos del campo tenían apodos de animales: “Cebruno”, “Overo”, “Malacara”.

En todo el libro es muy notable cómo decide conversar con biólogos, veterinarios, ornitólogos, pero también con paseadores de perros o dueños de mascotas exóticas, llevada siempre por una curiosidad genuina por entender cómo perciben el mundo las criaturas que no son como nosotras. Busca con la escritura procesar todo eso que no conocemos del todo con una mirada siempre desprejuiciada y respetuosa, llena de desvíos, hallazgos y deducciones graciosas.

El felino más narrado

Quien quiera profundizar en el conocimiento definitivo sobre los gatos, no debería perderse El tigre en casa. Una historia cultural del gato, escrita por Carl Van Vechten, editado por Sigilo, en una combinación explosiva de información y erudición. Un repaso muy meditado, escrito en 1920 a la manera de memoria, sobre las apariciones de este felino domesticado tan presente en nuestras vidas e imaginarios.

Siendo un poco más específica, van otros tres libros sobre felinos, abordados desde distintas perspectivas, para todos los gustos.

Uno de los que más disfruté se llama Gato encerrado (The cat inside) y está escrito por William S. Burroughs, en una faceta bastante desconocida del creador del cut-up. Es que parece que Burroughs –que entre otras cosas pasó a la historia por matar accidentalmente a su esposa jugando a ser Guillermo Tell– conectaba muy bien con los felinos que habitaban su casa en Tánger, y llegó a tener vínculos profundos con varios de ellos. El libro es entrañable y reflexivo y tiene pasajes como este:

Y ahí están mis gatos, ocupados en un ritual que se remonta miles de años atrás en la historia, relamiéndose tan campantes después de la comida. Animales prácticos, prefieren que sean los demás quienes les traigan la comida… al menos algunos. Debe de haber habido una escisión entre los gatos que aceptaban ser domesticados y los que no.

Dándole voz directa al animal, tenemos que hablar de Soy un gato, del escritor japonés Natsume Soseki, una sátira de la burguesía de Tokio escrita a comienzos del siglo XX. En esta novela –que puede empezar a leerse acá–, un gato narrador y protagonista convive con una serie de personajes bastante polémicos y critica de manera perspicaz el tipo de relación que establecen los humanos entre sí y con él. Una especie de filósofo gatuno ácido y desencajado se vuelve el portavoz ideal para la denuncia social.

Y por el lado de la poesía, es muy buena la antología llamada El libro de los gatos, compilada por Liliana García Carril, porque presenta muy diversas propuestas estéticas con la excusa del gato como tema. La primera parte del volumen reúne a 34 autores con sus respectivos versos escritos originalmente en castellano, de Borges a Padeletti, Diana Bellessi y Joaquín Gianuzzi pasando por Nicanor Parra y Ernesto Cardenal. La segunda parte está dedicada a poetas extranjeros, en versiones bilingües. Y ahí aparecen Keats, Baudelaire, Pound, Eliot y Ferlinghetti en muy buenas traducciones. Un libro inagotable para leerles en voz alta poemas temáticos a nuestros felinos y felinas.

Popurrí entre especies

Antes de la despedida, les dejo tres recomendaciones completamente random para celebrar y valorar la animalidad en toda su magnífica extensión.

  • Si tenés ganas de olvidarte de la humanidad, recomiendo sintonizar estas webcams que transmiten en vivo durante 24 horas y que están escondidas en distintos parques nacionales o bien en el fondo del mar. Osos pardos bañándose o cazando salmones, tiburones desorientados, zorros y lagartos: hay distintas pantallitas según para qué estés. Y si no tenés paciencia como para esperar a que aparezcan a su tiempo, también podés picar los resúmenes semanales que compilan los momentos más simpáticos. Buena opción para abrir un poco la mente y pensar que mientras nosotrxs nos preocupamos por los cambios en el gabinete nacional, los animales del mundo siguen ahí enfocados en lo esencial: dormir y buscar su alimento.
  • Si te interesan los pájaros, no te podés perder El peregrino, un libro muy especial escrito por el inglés J.A. Baker en 1967 y traducido por Marcelo Cohen basado en la observación durante diez años de las costumbres del halcón peregrino. El amor y la obsesión por estos pájaros se conjuga aquí con mucha precisión y poesía. “Hay un éxtasis, una suerte de delirio amoroso por lo que observa. Cualquiera que ame de verdad la literatura o el cine debe leer este libro”, declaró efusivamente Werner Herzog, de quien podríamos de paso recomendar también su brillante documental Grizzly Man de 2005.
  • Wes Anderson no necesita ninguna presentación. Así que solo me interesa destacar aquí dos películas antropomórficas y animadas mezcladas con el resto de su filmografía. Me refiero a Fantastic Mr. Fox, basada en un libro de Roal Dahl, sobre una familia de zorros que tiene doble vida y doble moral e Isla de perros, una fábula política que transcurre en un archipiélago japonés lleno de basura al que exilian a los perros luego de que un brote de gripe canina se propague. 

Ahora sí, me despido hasta dentro de 15 días. 

Espero que este Hilo te haya ayudado a pensar en otra cosa que no sea la crisis institucional de la Argentina. Y que te haya hecho considerar la posibilidad de transformarte en animal. 

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Gracias por leer. Y por favor cuidate mucho,

Malena

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Soy licenciada en Letras por la UBA y trabajo hace muchos años en la industria editorial. Fui editora en las revistas El Interpretador y Los Inrockuptibles. Formo parte del equipo de Caja Negra, una editorial psicoactiva y heterogénea. Tengo un ciclo de entrevistas con escritores y escritoras en el Malba. Si los libros fueran comestibles, podría alimentar a miles de personas con los que acumulo en mi biblioteca. Lo que más me gusta es viajar.
@noeselcaso

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