Historia de un mendigo

Un pequeño homenaje a 80 años del nacimiento de Eduardo Galeano, el intelectual que más y mejor amó el fútbol.

Dicen que Nelson Rodrigues, cronista inolvidable de México 70, seguía contando como nadie, aun casi ciego, las jugadas más bellas del fútbol de Brasil. Describía un bosque formidable y no le importaba si, a veces, equivocaba el lugar de un árbol, si una rama había cruzado o no la línea de gol o si el colibrí se adelantaba al picaflor. Odiaba a “los idiotas de la objetividad”. “El peor ciego —decía Rodrigues— es el que sólo ve la pelota”. Alguien le mostraba que la televisión contradecía su imaginación. “El video —le respondía Nelson— es cosa de burros”. Eduardo Galeano fue Nelson Rodrigues esa tarde de 2013 cuando trabajábamos sobre la historia de los mundiales de la FIFA para la Televisión Pública argentina. Era el turno de su mundial favorito, la mítica Copa de 1950, el Maracanazo que Galeano, con nueve años de edad, siguió a través del relato radial de Carlos Solé. Y del que luego escribió algunas de sus mejores historias futboleras.

Repetía Eduardo aquella tarde, con esas palabras eternamente bellas, la historia de Moacir Barbosa, el arquero maldito de Brasil. Maldito porque descuidó su palo en el gol fatal de Alcides Ghiggia y dejó mudas a más de doscientas mil almas en un Maracaná que había celebrado antes de tiempo. Barbosa era la historia del condenado de por vida. Acusado eterno porque “ese hombre —como le dijo una madre a su hijo cuando cruzó al arquero por la calle— hizo llorar a doscientos millones de brasileños”. Un título de diario al día siguiente de su fallecimiento, el 7 de abril de 2000, fue uno de los mejores que leí siempre: “La segunda muerte de Barbosa”. Galeano me decía que el cuento se lo había hecho el propio Barbosa: que él mismo había partido con un hacha los postes también malditos del Maracaná, que era empleado del estadio y se los dieron cuando llegaron los nuevos arcos de hierro. Y que los quemó para hacer un asado con sus vecinos del barrio Ramos, en Leopoldina, zona norte de Río de Janeiro. Sin embargo —escribió Galeano en Los hijos de los días—, “el exorcismo no salvó a Barbosa de la maldición”.

Esa tarde de 2013, como bien me hubiese dicho Nelson Rodrigues, yo me convertí en un “idiota de la objetividad”. Le conté a Eduardo que un historiador brasileño me había enviado fotos y más documentación para decirme que al menos algunos postes del Maracaná no habían sido quemados como dijo Barbosa, sino que estaban en el museo de la Casa de Cultura de Muzambinho, un municipio de Minas Gerais. Que habían llegado al pueblo en camiones a fines de los sesenta, que amenazaron pudrirse en una canchita rural y entonces los preservaron en el museo. Barbosa contó una historia distinta, no sólo a Galeano sino también a sus biógrafos, Roberto Muylaert y Bruno de Freitas. Pudo haber sido que Barbosa, me dicen en Brasil, lo contara así para que no lo molestaran más, para decirnos que, para él, el Maracanazo ya era cenizas. Puede que Eduardo tuviera razón. Aceptar la historia del asado, por más que fuera una astilla del Maracaná, era mantenerse fiel a su admirado Obdulio Varela, el “Negro Jefe”, el histórico capitán que tras la victoria del 50 dejó a los dirigentes hipócritas de su país y se fue a beber con el dolorido pueblo brasileño. Siempre más cerca de los Barbosa. Los dos. Obdulio y Eduardo.

Que el Mundial de 1950 era el favorito de Galeano me lo confirma Chico Buarque de Hollanda. “Querido Ezequiel, estuve pensando en Galeano y en nuestras charlas futboleras, pero sólo me viene a la memoria una cuestión que poco tiene de agradable: el Maracanazo de 1950. Para mi disgusto, nuestro Eduardo insistía en recordar la proeza de Obdulio Varela y compañía”. Chico suele responder escueto y poético. Una vez le pregunté si eran ciertas algunas leyendas que contaba Ruy Castro en su formidable biografía de Mané Garrincha (Estrela Solitária. Um brasileiro chamado Garrincha), sobre tardes de alcohol y saudade que, según el escritor, el artista compartió en Roma con el propio Mané a fines de los sesenta. “No leí lo que escribió Ruy Castro, pero debe ser cierto”, me respondió Chico. El músico era amigo de Eduardo desde los tiempos de la revista Crisis, cuando Galeano le publicó un poema que le habían prohibido en Brasil (“Aparta de mí ese cáliz”). Muchos años después, Galeano llegaba a Río para presentar uno de sus libros. “El célebre escritor uruguayo, gran hincha de Fluminense”, lo presentaba el diario. El dato (falso) había sido picardía de Chico, gran hincha él de Fluminense, y consciente de que su amigo Galeano era justamente de Flamengo, la contra.

Retomo con Obdulio porque es el primer nombre que me cita también Joan Manuel Serrat. La foto del Negro Jefe en una pared —dice Serrat— es uno de los recuerdos de la última visita que le hizo a Eduardo en su casa de Malvín, en la calle Dalmiro Costa, un mes y medio antes de la muerte. Eduardo, me dice Serrat, “amaba el fútbol como a sí mismo, como amaba la vida”. Serrat, que compartió con Galeano treinta años de amistad y amor por el Barcelona, sabía que, durante los mundiales, Eduardo vivía “días sagrados” de encierro y que, si quería comentarle algo del partido, sólo podía llamarlo en el entretiempo, como hacía el gran fotógrafo brasileño Sebastião Salgado. Yo mismo osé escribirle apenas horas antes del inicio del Mundial de Sudáfrica 2010. “Te respondo escribiendo con los muñones, porque me he comido las uñas, los dedos y las manos”. Galeano cerraba por mundial. “En horario balompédico no atendía”. Vivía cada partido “a salvo de la involuntaria desviación de los hechos, la atrofia de la realidad y el eclipse total de la razón”. “Más que mirar los partidos, los vigilaba”. Lo escribió Serrat en un texto que me reenvía y que publicó tras la muerte de su amigo. A Serrat le gustaba el amor de Galeano por el buen fútbol más allá de los colores. Porque Eduardo, recuerda Serrat, siempre se ponía del lado del débil, del “ídolo caído” y del “arquero diez veces vencido”. Y más le gustaba aún cuando Galeano, en medio de tanto partido malo, se declaraba “mendigo del buen fútbol” y pedía “una linda jugadita por amor de Dios”.

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Galeano, como recuerda Helena Villagra, su mujer, podía enajenarse con un grito de gol hasta matar de un infarto a la cotorra Margarita (lo que en España llaman “periquita”), que odiaba su jaula y solía andar suelta por la biblioteca. Esto sucedió en pleno exilio catalán en Calella, desde donde siguió el Mundial 78 cuando Sudamérica era una bota militar.

Y podía escribir también El fútbol a sol y sombra. “Nunca en menos espacio se han contado historias tan sabrosas”, como definió el libro Santiago Segurola, formidable periodista español. El fútbol a sol y sombra marcó a muchos más, desde Jorge Valdano hasta el inglés David Goldblatt. “Con Galeano —me dice Valdano desde Madrid— nos hemos querido mucho a la distancia porque tuvimos pocos encuentros. Estábamos como imantados, pero con pocas oportunidades de vernos. Nos llamábamos, nos mandábamos mensajes a través de amigos”. Galeano admiró al Valdano escritor, pero antes al Valdano jugador y al Valdano DT. “Jugando como hoy, hay permiso para perder”, dijo una vez a sus jugadores el Valdano DT. A Galeano le encantó. Por eso lo llamó cuando empezó a escribir El fútbol a sol y sombra. “Me pidió precisiones sobre algunos episodios del fútbol español que encontré en archivos. Nos escribíamos vía fax. Recuerdo el gol de [Ferenc] Puskas. Al parecer, Puskas tiró un tiro libre y lo clavó en el ángulo. El árbitro lo hizo repetir y Puskas lo volvió a clavar en el mismo ángulo”. Valdano me dice que con Galeano le pasó “lo mismo que con Osvaldo Soriano. Cuando se fueron, me entró, como dice Sabina, nostalgia por lo que nunca jamás sucedió”.

Goldblatt es, a mi gusto, el mejor sociólogo que tiene hoy la pelota. Recorrió el mundo para contar orígenes e historias del fútbol en cada país para una especie de Guía Pirelli del balón que publicó en Inglaterra. Escribió libros sobre la codicia de los millonarios que se adueñaron del fútbol británico y publicó un “Manifiesto de fútbol para todos”. Es un texto que les recuerda a los magnates yanquis, oligarcas rusos, jeques árabes y nuevos chinos, a esa “pequeña élite que secuestra los beneficios de la globalización”, que los clubes ingleses que ellos compraron tienen una deuda de lealtad con una comunidad que los antecede. Porque el fútbol, dice Goldblatt, “es un lugar raro y precioso, parte de nuestra cultura común, una herencia fabulosa de más de cien años de juego, un repositorio de identidades poderosas y solidaridades, un complejo juego de rituales colectivos y conversaciones públicas en un mundo profundamente individualista, atomizado y dividido, un lugar en el que nos mezclamos socialmente, que trata de nosotros, no de yo”. Lo cito porque ese manifiesto le encantó también a Galeano.

Más le gustó a Goldblatt cuando le pedí que me recordara por qué El fútbol a sol y sombra fue el libro que lo convenció a él de escribir sobre la pelota. “Reconozco la gran escritura apenas la leo porque me deja pasmado”, dice David. Siente que él sí recogió “el guante” que Galeano “arroja con elegancia” sobre “el vacío asombroso” de la historia oficial que “ignora al fútbol”, incluso en países en los que “ha sido y sigue siendo un signo primordial de identidad colectiva”. Como a Serrat, a Goldblatt también le gustó aquello de “mendigo del buen fútbol”. “Comprendí que yo también lo soy, pero sobre todo de sentido y de mito, de historias y de maravillas, no sólo las que ocurren en la cancha, sino entre la multitud que estuvo allí para presenciarlas, las historias de los que acompañan el juego. La escritura de Galeano —dice Goldblatt— tiene todo esto y nosotros, su multitud de lectores, lo aclamamos a los gritos durante un largo rato, con tanto amor y admiración como a un jugador que marca un gol”.

Galeano fue a la cancha desde bebé. De muy pibe, y a la fuerza, aprendió a hacer pis en la tribuna. De niño advirtió también que podía emocionarse no sólo con su amado Nacional. Que también lo emocionaba alguna jugada magistral de Juan Alberto Schiaffino o Federico Abadie, cracks de Peñarol, rival clásico. Entre 1973 y 1976, viviendo en la Argentina, fue varias veces al Viejo Gasómetro a ver al San Lorenzo de su amigo Osvaldo Soriano. Sufrió vértigo en la Bombonera. Fue a la cancha hasta en los Estados Unidos, en pleno Mundial de 1994, el del doping de Maradona (“jugó, venció, meó, perdió”). Y se emocionó con el Athletic de Bilbao de Marcelo Bielsa y sus hinchas, pese a la derrota que presenció en el Vicente Calderón contra su amado Barsa de Pep Guardiola, en la final de la Copa del Rey 2012. “Perdieron, pero ganaron un hincha”, confesó con la bufanda del equipo vasco. La experiencia más insólita fue cuando regresó al Uruguay otra vez democrático de 1985 y volvió al Centenario con su viejo amigo Ángel Ruocco. Solían ir juntos, más hijos y nietos, para ver a la Celeste. O a la tribuna Olímpica para ver a Nacional. “En el afán por disfrutar un lindo partido —me cuenta Ruocco—, un día fuimos a una final del torneo local entre Defensor Sporting y Peñarol. Nos equivocamos al sacar las entradas y nos metimos, sin querer, en la tribuna América, ocupada exclusivamente por hinchas de Peñarol. Cuando nos dimos cuenta ya era tarde para cambiarnos y nos dispusimos a capear un probable temporal”.

El inicio fue calmo. En la tribuna, me dice Ruocco, o no había lectores de Galeano o nadie que supiera que Eduardo era hincha de Nacional. O no había barras y había sólo gente piadosa. “El problema es que cuando había un gol o una buena jugada de Peñarol, quedarse quietos y sin abrir la boca era una invitación al desastre. Acordamos entonces con Eduardo que, en esos casos, íbamos a levantarnos como los demás. Lo hicimos varias veces y él con un circunspecto y brevísimo simulacro de aplauso, intentando camuflarnos como hinchas de Peñarol”. Gol y victoria de Defensor. Galeano y Ruocco, me dice Ángel, permanecieron “bien sentaditos y mudos”. Cerraron la jornada a las risas en un boliche cercano. Se habían conocido como militantes del Partido Socialista Uruguayo, en las publicaciones que circulaban a fines de los cincuenta. Se hicieron amigos cuando en 1962 Eduardo fue primero editorialista y luego director del diario Época (“el más joven en ese cargo en la historia del periodismo uruguayo”) y Ángel, jefe de Deportes. Allí comenzaron a ir juntos al Centenario. Clausurado Época, compartieron redacción en Marcha, donde a las discusiones futboleras se sumaba el director Carlos Quijano, “maestro inolvidable para quienes trabajaron con él, como Eduardo —me dice Ruocco— subrayaba a menudo”.

El exilio los cruzó luego en España, Cuba, Alemania o Italia. Política, buena comida y periodismo. Y fútbol, claro. Diego Maradona era uno de sus temas favoritos cada vez que pisaba Italia. En medio de ravioles que exigía bien calientes, Eduardo hablaba “del Dios sucio”, es decir, “el más humano de los dioses”. Asumía las contradicciones y caídas de Maradona. Lo admiraba porque valoraba el sur de Italia y porque adhería a Fidel y al Che y disparaba contra Bush y Havelange. Le agradecía también a Diego por haber demostrado que “la fantasía puede ser eficaz”. “Gracias por entenderme”, le devolvió Maradona cuando murió. Eduardo seguía hablando de Diego mientras comía porchetta, una pulpa de cerdo bien adobada sobre un pan casero, plato al paso usual en Roma, donde visitaba también a Gianni Minà, otro buen defensor de Maradona en Italia. Fue con él al Olímpico a ver un Roma-Inter, semifinal de Copa Italia. Sabía de memoria la formación del Inter de Helenio Herrera. En el Mundial de 1982, celebró la final que Italia le ganó a Alemania cenando en una trattoria llena de tanos en Cataluña, vivando todos juntos la alegría de Sandro Pertini, que entonces era presidente de Italia y había sido un referente emblemático de la resistencia al régimen fascista.

Eduardo amaba también el buen tinto y la cerveza, tal vez en honor al apellido paterno Hughes, que Galeano, recuerda Ruocco, trasformaba en “Jius” cuando firmaba sus dibujos. En un hipotético ranking de preferencias, por supuesto, lideraba Uruguay. Eduardo agradeció al Maestro Óscar Tabárez por conducir a una selección que frenó “un período vergonzoso, el de la divinización y la demagogia de la violencia, esa idea de que al fútbol uruguayo había que salvarlo a las patadas”. De que la garra charrúa, en lugar de “dignidad”, podía ser “deslealtad”.

Después de la Celeste, me cuenta Ruocco, Eduardo ubicaba a la Albiceleste, la selección argentina. También estaban el Brasil de México 70 (“soy mulato ideológico”) y el Barcelona y Messi. “¿No viste esos hijos de puta cómo eliminaron al Barcelona?”, recibió una tarde Galeano a Ángel Cappa en la librería El Ateneo de Buenos Aires, en abril de 2010. Estaba indignado con el catenaccio del Inter de José Mourinho, que así había pasado a la final de la Champions. “A Eduardo —me dice Cappa— le gustaba y disfrutaba mucho del buen fútbol y se indignaba cuando un equipo ganaba jugando a no jugar”. Galeano recibió feliz el premio Manuel Vázquez Montalbán que le dio el Barcelona en 2010 y que dedicó al presidente del club que fue fusilado por el franquismo. Pero la de Galeano, ya lo dijimos, era una pasión “sin talibanismos”, aunque sí con desesperación por el buen juego. “La verdad —le confesó una vez a Ruocco tras una derrota amarga de la Celeste— es que ver jugar tan horrorosamente mal a Uruguay incita al suicidio, a tirarme desde el Palacio Salvo, pero el problema es que si nos suicidamos todos somos tan pocos que el país quedaría vacío”.

El fútbol, me dice Ruocco, acompañó a Eduardo hasta poco antes de la muerte. “Cuando el final ya era inevitable, el fútbol fue uno de los escapes ante una realidad cuyo desenlace él conocía perfectamente y asumía con coraje. Dos o tres veces por semana allí estuvimos en su casa para ver partidos por televisión y comentarlos. En esas horas el fútbol fue para él un bálsamo. Fugaz, pero bálsamo al fin”. Gonzalo Fernández, eminente penalista uruguayo, lo visitó semanas antes de la muerte. Le habló de su parentesco con un exjugador de Nacional. Bastó la mención para que Eduardo le recitara la biografía completa del jugador y todos los clubes en los que había estado. El fútbol, bien sabía Eduardo, podía ser “veneno” en manos de los Havelange. Pero “remedio” en los pies de Maradona o de Messi. Un veranito de 2011 en Piriápolis, en medio de canciones de Zitarrosa y discusiones de política y de la vida, Messi aparecía siempre en la boca de Eduardo. “Nunca vi algo así”, me decía. Por eso se rió como un pibe cuando meses después el preparador físico Fernando Signorini, en plena cena que compartimos una noche en Palermo, en Il Gran Caruso, le llevó una camiseta de la selección argentina dedicada por Messi: “Para Eduardo con afecto”. No la soltó en toda la noche.

Galeano decía que sus manos se vengaron de lo que no había podido hacer con los pies. Porque había sido un “entreala derecho patadura”. Pero también escribió de fútbol porque el fútbol, decía siempre, “es el espejo del mundo y en mis libros yo me ocupo de la realidad”. Para este libro redescubrimos uno de los textos en los que mejor explicó su amor por el fútbol. Lo invitaron en 1997 a abrir un congreso de deportes en Copenhague. “¿Qué pasión popular no es objeto de manipulación?”, preguntó a sociólogos, médicos, intelectuales y periodistas, muchos de ellos excesivamente escandalizados, como si la corrupción en el deporte “puro y noble” fuera algo de otro mundo. “¿Existe algo que no sea negocio?”, insistía Galeano. Le hablaba al Primer Mundo. Democrático. “El norte y el sur jamás se miden en igualdad de condiciones, ni en el fútbol ni en nada, por muy democrático que el mundo diga ser”. Y pese a todo, seguimos celebrando el fútbol. Porque “las emociones colectivas —decía Eduardo— se hacen fiesta compartida o compartido naufragio, y existen sin dar explicaciones ni pedir disculpas”. El texto completo, publicado aquí por primera vez, es una de las tantas joyas de este nuevo libro, que incluye artículos de fútbol y otras historias perdidas aquí y allí y no publicadas en la edición original de El fútbol a sol y sombra. Sí están los añadidos incorporados tras los mundiales siguientes al de 1994, como el capítulo de Francia 98, en el que Galeano nos dice que Adidas terminó ganando el “penta” antes que Brasil. Y las clases de geopolítica que Eduardo nos ofrecía en cada Copa. Por los relatos y artículos seleccionados (la lista incluye una gran entrevista de El Gráfico) desfilan el racismo, los sueños de Helena, el colombiano que antes de quedar ciego vio el gol de Maradona a los ingleses, el escorpión de René Higuita, La Guerra del Fútbol, “Dios en el cielo y Pelé en la tierra”, la Democracia Corintiana, el asma del Che, la tecnología, el Mundial de Robots y hasta el pulpo Paul.

Eduardo (él se enojaría con esta definición) fue el intelectual que más y mejor amó el fútbol. En las antípodas de Borges, para Galeano “el intelectual que más brillantemente despreció el fútbol”. Nos conocimos en 1994, cuando estaba preparando El fútbol a sol y sombra y vino a mi casa en el Abasto. Y veinte años después compartimos una historia de los mundiales para la Televisión Pública de la Argentina, según su mirada, claro: fue así una mezcla de periodismo, entrevistas a grandes cracks, antropología, mitos, curiosidad, narración y sensibilidad popular. Los “dragones del mal”, como le decía al cáncer, ya estaban allí. “Eduardo, vamos con este plan, ¿no?”, le dije yo, temeroso de mi inexperiencia en televisión y aferrado a un guión, ambos sentados segundos antes de comenzar a grabar en un bonito estudio de Palermo. “¿Dónde cenamos esta noche?”, fue toda su respuesta. Intuí mi fracaso y me dediqué a disfrutar. Fuera de todo guión, Galeano inició su crítica habitual contra el poder. Que “la FIFA es el FMI del fútbol”, “la monarquía más misteriosa del planeta”, y que a Joseph Blatter “no le creo ni cuando dice la verdad”. El Galeano de siempre.

Este es el prólogo del libro «Cerrado por fútbol», de Eduardo Galeano (Siglo XXI).

Soy periodista desde 1978. Año de Mundial en dictadura y formidable para entender que el deporte lo tenía todo: juego, política, negocio, pueblo, pasión, épica, drama, héroes y villanos. Escribí columnas por todos lados. De Página 12 a La Nación y del New York Times a Playboy. Trabajé en radios, TV, escribí libros, recibí algunos premios y cubrí ocho Mundiales. Pero mi mejor currículum es el recibo de sueldo. Mal o bien, cobré siempre por informar.