Existencias vecinas

¿Por qué son tan fascinantes los vecinos? En este Hilo repasamos en la literatura y el cine distintos estereotipos que se acercan y se alejan de las personas que viven cerca nuestro, pero que no siempre tienen con nosotros demasiada confianza ni proximidad.

Hola, ¿qué tal? Espero que lo mejor posible en este arranque de febrero. Yo bien, ya regresada de unas vacaciones muy reparadoras en las que realmente pude descansar, y con la tercera dosis aplicada en mi brazo izquierdo. Así que, fresquita, retomamos El Hilo Conductor como si nunca lo hubiéramos interrumpido. 

Antes que nada, quiero agradecer todas las sugerencias temáticas que me enviaron para Hilos futuros. Muchas de ellas serán consideradas. Me gustó la originalidad de las propuestas y que me crean capaz de escribir sobre tópicos tan diversos como postres, ceguera, pasión coreana en Argentina, trenes, Rusia y yoga, entre varios otros. Intentaré estar a la altura de las circunstancias.

Uno de los ejes temáticos solicitados es el que traigo para esta quincena. Y la verdad es que no sé cómo no lo toqué antes, porque en algún punto es un reverso del Hilo que le dedicamos a la casa, llamado “Quién habita a quién”. Hoy vamos a hablar de los vecinos y las vecinas, de los vecindarios. Me interesa ocuparme de esto para reivindicar el sentido más primordial de los vecinos como aquellas personas solidarias o maléficas que viven muy cerca de nosotras, despojando al término de otras acepciones que el PRO enarboló para referirse, por ejemplo, a los habitantes de la ciudad de Buenos Aires como “los vecinos”. Nunca me gustó que los jefes de gobierno se refirieran a todas nosotras como “los vecinos”, porque yo no soy vecina de ellos si ni sé dónde viven. 

Nací en Parque Patricios y hasta los 9 años viví en un complejo de ocho edificios, en el piso 15 de la torre 1. El patio de juegos de la planta baja era compartido por los chicos y chicas de los otros edificios y ahí hice mis primeras amistades. Pero más allá de esto, desde que soy niña que el ejemplo de vecindad para mí fue la de El Chavo del 8, con personajes de la clase trabajadora que comparten un patio común con sus juegos y festejos, que se hacen favores o se prestan una tacita de azúcar, y que también pueden pelearse y dar portazos encerrándose en los problemas de su intimidad. 

Por otro lado, el confinamiento estricto de 2020 y los contagios explosivos de este 2022 resignifican todo el tiempo los roles de nuestros vecinos más directos, ¿no? En muchos casos se volvieron aliados claves a la hora de acercar las compras o sentirnos menos solas. Y en otros, en enemigos letales que no se dignan a usar barbijo en los ascensores.

Dicho todo esto, repasemos algunas apariciones de los vecindarios en la literatura y el cine, y también revisemos experiencias que los tienen como protagonistas.

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Para ilustrar, vamos a usar las hermosas obras de Nahuel Vecino. Ya sé que Nahuel no pinta vecinos, pero me pareció que su apellido me daba el pie perfecto para compartir su producción visual. 

Vecino es un pintor argentino que nació en 1977 y que en sus comienzos se dedicó también a la música (junto a Lucas Martí fundó A-Tirador Láser, donde tocaba el bajo). Sus cuadros cruzan mundos. A nivel técnico recuerdan al arte clásico, pero sus motivos son mucho más modernos (como este cuadro de acá arriba con uno de los chicos vestido con equipo de jogging). Estudió en la Pueyrredón, tuvo la beca Kuitka y realizó varias exposiciones individuales en museos como Malba o el Caraffa y en la galería El Gran Vidrio de Córdoba. También escribe (acá se pueden leer unos textos suyos muy interesantes), y al parecer es vecino de Villa Crespo (como cuenta Agustina Stegmayer en este perfil suyo, con una anécdota muy linda con Francis Ford Coppola).

Tan lejos y tan cerca

Una de las cosas más impresionantes de los vecinos y las vecinas es que nunca sabemos, cuando nos mudamos, con qué nos vamos a encontrar. Tuve experiencias de distinto calibre con ellos, como todo el mundo. Y siempre me da que pensar el hecho de tener tan buen vínculo con mi vecina de arriba, por ejemplo, una violinista amable y solidaria, y tan pésima relación con las personas que viven a los costados de la casa, violentas, antojadizas, gritonas y deleznables. Un crisol de personalidades en cada edificio o en cada cuadra nos recuerda que el mundo es mundo gracias a tan notable diversidad. Y que parte de la supervivencia de la especie pasa por tener cintura como para lidiar cordialmente con los intratables o ganarse la confianza definitiva de las buenudas. 

Repasemos algunas novelas o relatos que se ocuparon de estas existencias vecinas. Y empecemos con una figura fija de estos Hilos, el genio de Georges Perec, a quien siempre vuelvo. Es que en su monumental novela La vida Instrucciones de Uso –que tardó nueve años en escribir– se propuso armar un libro construido como una casa y que las habitaciones se vayan uniendo unas con otras a través de distintos procedimientos. “Me imagino un edificio parisino al que se le ha quitado la fachada… de modo que, desde la planta baja a la buhardilla, todos los aposentos que se hallan en la parte anterior del edificio sean inmediata y simultáneamente visibles”, dijo sobre el proyecto. Y vaya si lo consiguió. El libro transcurre en una casa de muchos departamentos de la calle Simon-Crubellier y, como piezas de un rompecabezas imperfecto, cada capítulo reconstruye las vidas de sus inquilinos del pasado y el presente a través de acciones, recuerdos y fantasmas. Publicado por Anagrama, es un proyecto demencial de casi 600 páginas que se van convirtiendo en el propio Aleph de su autor. Acá condensa sus obsesiones, su exquisito sentido del humor, genera distintos tipos de inventarios de lo existente y sobrevuela saberes de diverso alcance. Una novela que se lee como colándose en una especie de microcosmos estallado de personajes y referencias, que en su pequeñez termina abarcando el universo entero. 

Si no están para algo tan monumental como lo de Perec, lo entiendo perfectamente. Hablemos entonces de una novela mucho más discreta pero amable. De esas que con pocos personajes y muy buena pluma nos dejan una sensación agradable y nos transportan de nuestro presente tan constreñido. Me refiero a Jugador (llamada originalmente The Lowlife), del bastante ignoto escritor inglés Alexander Baron (1917-1999), que rescató hace ya diez años La Bestia Equilátera con traducción de Teresa Arijón. Jugador está narrada por Harryboy Boas, un inglés atípico que no disfruta de las ironías. Es más bien un antihéroe obsesionado por las apuestas en los canódromos, siempre al borde de la bancarrota o la estafa. Hasta que un día conoce al pequeño Gregory, de 5 años, hijo del matrimonio Deaner que se muda a su misma pensión, y empieza a relacionarse de una manera entrañable con él. Es la presencia de ese niño la que obliga al protagonista a replantearse emocionalmente ciertos asuntos de su pasado, y ciertas perspectivas de vida asociadas a las supuestas aspiraciones de las clases bajas de la Inglaterra de su época (la novela es de 1963). Hasta qué punto una relación vecinal puede cambiar lo que buscamos en la vida es algo que este libro viene a preguntarse, sin insistir en ninguna respuesta demasiado categórica. Es que Harryboy es de esos personajes con los que nos encariñamos por sus errores y no por sus aciertos, con una visión del mundo llena de grietas y oscuridades, sin falsas apariencias. 

Y pasando a la literatura norteamericana, no quiero privarme de compartirles este breve relato de Raymond Carver llamado justamente “Vecinos”, incluido en su libro De qué hablamos cuando hablamos de amor. El argumento es sencillo: dos parejas viven en departamentos enfrentados del mismo edificio. La pareja más próspera sale de viaje y los otros quedan a cargo de alimentar a la gata y regar las plantas. A simple vista, todo parece bastante normalito. De hecho yo misma cuidé casas de vecinas, y vecinas cuidaron de mis gatas y mis plantas. Pero el cuento refleja de manera inquietante hasta qué punto esas personas pueden perturbarse al entrar a una casa ajena. Es que a fin de cuentas, cuando volvemos después de un viaje y encontramos todo bastante parecido a como lo dejamos, no preguntamos demasiado sobre lo que hicieron los cuidadores en nuestra ausencia. Carver retrató esa situación de excepcionalidad y logró exponer las fantasías y perversiones posibles de los que a simple vista parecen vecinos serios y responsables.

Las ventanas de los vecinos

Varias películas, muchísimas, se ocuparon de las relaciones entre quienes viven de la puerta para afuera de cada casa: La ventana indiscreta de Hitchcock es quizás de las más emblemáticas. Pero pienso también en La comunidad de Álex de la Iglesia, o en Gran Torino de Clint Eastwood, el inmortal. Incluso series tan exitosas como Friends o Seinfeld hacen de las relaciones con los vecinos la razón de su existencia. 

La recomendación más obvia del cine argentino sobre el tema es El hombre de al lado, el largometraje de Cohn y Duprat de 2011 sobre el complicadísimo vínculo entre un diseñador refinado y su vecino, un rústico vendedor de autos que maneja otros códigos. ¿Hay buenos y malos, o solo dos puntos de vista cabalmente distintos sobre la privacidad? El valor agregado de la película es que nos muestra los exteriores e interiores de la casa Curutchet, diseñada por el célebre arquitecto suizo Le Corbusier en la ciudad de La Plata durante la década del 50, que fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. 

Otra recomendación bastante obvia sería Amélie, la empalagosa y colorida película francesa protagonizada por Audrey Tautou en la que una jovencita inocente y solitaria se propone ayudar desinteresadamente a sus vecinos, a su padre y a sus compañeros de trabajo. Pero la que no es tan obvia es la primera película de los mismos directores, Jeunet y Caro: la oscurísima Delicatessen, una distopía en clave de comedia negra que se puede ver online acá. Ambientada en un edificio de departamentos en ruinas en una época imprecisa en la que escasean los alimentos, el film se concentra en los intentos que hacen los habitantes de esa casa para sobrevivir, al mismo tiempo que va narrando las distintas y extrañas relaciones entre ellos y con el carnicero Clapet, dueño y jefe del inmueble en cuestión. No quiero contarles el final (igual no sería un spoiler, dado que hablamos de una película de 1991), pero sí decirles que aparece un violento grupo de resistencia de franceses vegetarianos, los Trogloditas, toda una anticipación a las luchas actuales del veganismo europeo, tal vez.

Les dejo también una típica comedia norteamericana de 2014 llamada Buenos vecinos, dirigida por Nicholas Stoller y protagonizada por Seth Rogen y Zac Efron (disponible en Netflix), en la que una pareja de mapadres primerizos descubre que al lado de su casa se mudó la fraternidad Delta Psi Beta, conocida por hacer fiestas despampanantes y escandalosas. Las relaciones entre vecinos se vuelven complejas (como siempre que hay un bebé que requiere silencio y tranquilidad), y la amenaza incómoda de llamar a la policía y convertirse en buchones está también bastante presente. Lo demás es hilarante y un poco psicodélico y exagerado. Apta para descerebrarse un rato. 

Y terminamos esta pequeña recorrida cinematográfica con un corto al que llegué gracias a las geniales recomendaciones random de Tomás sobre el final del newsletter Primera Mañana: el corto La ventana de los vecinos, que ganó el Oscar en 2020 (y se puede ver ahí online y con subtítulos). En 20 minutos nos cuenta la vida cotidiana de un matrimonio de mediana edad con tres hijos pequeños que se vuelve sin querer queriendo voyeur de sus jóvenes vecinos de enfrente. Es que a través de la ventana de su edificio ven cómo una fresca parejita se acaricia y la pasa bomba mientras ellos están cansados para todo. Pero bueno, no todo es lo que parece, claro. Y aunque al final hay un poco de moralina, para mi gusto, no quería dejar de traerla a colación justamente por el voyeurismo, tema asociado a los vecinos si los hay.

Construcciones colectivas

La primera vez que entendí que compartía el barrio con gente interesante, y que juntos podíamos planear acciones concretas, fue un poco después del estallido del 19 y 20 de diciembre de 2001, cuando empecé a participar de la Asamblea, todos los viernes a eso de las 7 de la tarde. Yo tenía 18 años recién cumplidos y los sentidos muy alertas ante lo que estaba pasando en la Argentina. Siempre había vivido en Parque Patricios, pero fue todo un descubrimiento darme cuenta de que había muchos vecinos y vecinas que tiraban para el mismo lado ocupando los espacios públicos y ayudando a cubrir las necesidades básicas de los más vulnerables. El barrio se me reveló como espacio de pertenencia y de activismo, y nunca volví a verlo con los mismos ojos. Escucharnos entre vecinos y hacer proyectos con ellos me ayudó a encaminar todo el desconcierto de la época, y hasta el día de hoy sé que fue de las experiencias colectivas en las que más puse el cuerpo.

Me acordé de todo eso cuando entré a navegar la hermosa página del Archivo de la Memoria Popular de la Villa 20. La Villa 20 es un asentamiento en Lugano que creció y cambió mucho a lo largo del tiempo. Este archivo nace con la idea de generar espacios que den cuenta de su historia a partir del intercambio entre vecinos y vecinas. Está hecho de relatos, fotografías, videos, cartas y objetos que todos fueron aportando y que documentan de manera fragmentaria la vida dentro de esa villa puntual. Es interesante recorrerlo visualmente en la web atravesando sus ejes temáticos: Inundaciones, La Parroquia, Feria, Deportes, Migración, Festejos.

Todo este archivo popular –en constante crecimiento– construye una mirada sobre el lugar donde se vive y es, para aquellos que lo sostienen con dedicación, una forma de confirmar que la memoria implica siempre un intercambio activo con los otros. Ojalá florezcan miles de archivos con la historia de los barrios populares contada y mostrada a partir de lo que muestran de ellos sus vecinos. 

Sonidos del vecindario

Acercándonos al final, acá va un punteo de canciones sobre la vecindad, no sin dejar pendiente otro Hilo exhaustivo sobre el barrio y la pertenencia que generan (me quedaron varios otros tangos en el tintero, no en vano me llamo Malena). 

  • “Los cosos de al lado”: un tango de José Canet, con letra de Marcos Larrosa, compuesto en la década de 1940. Lo estrenó Aníbal Troilo en 1954, y acá les comparto la interpretación del Polaco Goyeneche (mi preferido). Es uno de esos tangos típicos que describen alguna escena del arrabal. En este caso, quien canta cuenta la historia de “los cosos de al lao”, unos vecinos que festejan la llegada de una purreta que abandonó el hogar a los 14 años y ahora vuelve con un hijo. Hacen el bautismo y todo. 
  • “Las melodías”: varias veces recomendé canciones de Los Besos porque me encantan. Muchas de las letras de Paula Trama (la compositora, cantante y guitarrista del grupo) hablan de los vecinos y vecinas, del barrio y sus calles y ventanas. Pero quizás en “Las melodías” es donde estén más presentes. “Las melodías que los vecinos silban / son mías / las vidas que los vecinos imaginan / son mías / las vidas que los vecinos silban / son mías”, canta Paula, y se apropia de todos los secretos del vecindario. 
  • “Neighborhood”: el primer disco de la banda canadiense Arcade Fire, Funeral, es el que los catapultó al éxito. Se trata de un álbum bastante conceptual, armado como un recorrido por personas y espacios que los representan, entre los cuales se destacan cuatro temas llamados “Neighborhood” (vecindario). Les dejo todo el disco entero porque tiene una épica muy genial para levantar el domingo. 

Ahora sí, me despido hasta dentro de quince días. 

Espero que este Hilo te haya hecho recordar a tus vecinos del pasado. O te haya permitido reflexionar sobre qué tipo de vecinas somos y qué vecinas queremos ser (?).

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Gracias por leer, y por favor cuidate mucho.

Malena

Soy licenciada en Letras por la UBA y trabajo hace muchos años en la industria editorial. Fui editora en las revistas El Interpretador y Los Inrockuptibles. Formo parte del equipo de Caja Negra, una editorial psicoactiva y heterogénea. Tengo un ciclo de entrevistas con escritores y escritoras en el Malba. Si los libros fueran comestibles, podría alimentar a miles de personas con los que acumulo en mi biblioteca. Lo que más me gusta es viajar.