El tiempo es poca cosa

Fateme y Mohammad vivieron meses en un sótano durante los bombardeos entre Irán e Irak. Hoy, en cuarentena en Buenos Aires, dicen: "Esta es una guerra diferente".

«No se podía conseguir nada y tampoco teníamos comida acumulada. Cuando no había harina, comíamos arroz; cuando no había arroz, comíamos harina. Así, por ejemplo, es como aprendí a lavar los platos con jabón en polvo, que es mucho mejor que el detergente, algo que hago hoy todavía… ‘¿Por qué lavas con jabón?’, me preguntan mis amigas: ‘es que lo aprendí en la guerra'».

El relato de Fateme, que llega por teléfono, no refiere a los días de cuarentena ni se sitúa en medio de una pandemia. En 1980, cuando ella aún era una adolescente, en su cuadra cayó la primera bomba de la guerra Irán-Irak. Fueron ocho años de conflicto, de muchísimo sufrimiento, escombros y muertes cercanas que terminaron resultando en un exilio, una huida rumbo a un país pacífico pero muy lejano: Argentina.

Pasaron ya cuarenta años de esa explosión, ese segundo que cambió para siempre su vida. Sin embargo, la intensidad de los recuerdos no se mide en décadas y por eso, cuando empieza a contar su historia, la voz de Fateme se quiebra. Su marido Mohammad, también iraní, la ayuda: él también vivió el conflicto de muy cerca, ambos emigraron juntos. Tienen una hija argentina, que sabe hablar persa, muchos parientes en Irán y los tres pasan la cuarentena en el departamento del centro porteño en el que habitan.

«Era el 22 de septiembre de 1980, a las cinco de la tarde. Yo tenía 15 años. Éramos ocho hermanos, vivíamos en la ciudad de Dezful, en la región iraní de Juzestán, frontera con Irak. Ese día empezaban las clases, me acuerdo hasta hoy, y entonces, de repente, sentimos el estruendo, a unos metros. Era una bomba, la primera de toda la guerra. Murieron un montón de vecinos…».

La guerra entre Irán e Irak fue uno de los conflictos más mortíferos y fútiles en la historia de Medio Oriente, tal vez del mundo entero. Comenzó con la invasión de las tropas iraquíes al oeste de Irán, la zona fronteriza: la nación persa estaba aún convulsionada tras la Revolución Islámica de 1979 y el gobierno de Saddam Hussein intentó sacar partido de ese caos.

Sin embargo, a pesar de los éxitos iniciales iraquíes, el gobierno que encabezaba el Ayatola Jomeini reaccionó rápido, neutralizó el avance y pasó a la ofensiva. La guerra, en la que intervinieron todas las grandes potencias del mundo -apoyando a Irak- finalizó recién en 1988, con una suerte de empate técnico: Irán conservó su territorio, pero no pudo derrocar al gobierno enemigo de Hussein; entre ambos bandos, en esos ocho años, más de medio millón de vidas se perdieron en la contienda.

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Para el común de los argentinos, la guerra entre Irán e Irak es una circunstancia tan lejana, difusa, en muchos casos incluso inexistente, que sorprende el hecho de que una familia de sobrevivientes cuente sus recuerdos hoy, en plena pandemia, y a metros del Obelisco, en un país que los acogió y en el que nunca más volvieron a escuchar el silbido de un misil.

«Los misiles eran peores que las bombas», recuerda Mohammad. «Arrasaban cuadras enteras, no dejaban más que tierra», agrega y recuerda el campo en el que criaba sus pollos, completamente destruido por el conflicto, y su periplo por distintas ciudades de Irán antes de llegar a Argentina por medio de un amigo, en 1991: «Me dijo que aquí se estaba bien, nosotros ya queríamos irnos después de todo lo sufrido y así fue como llegamos».

«En Dezful, la ciudad en que ambos vivíamos, porque éramos vecinos, hace mucho calor. En esa época no había muchos aparatos de aire acondicionado y por eso la gente dormía en los sótanos. Todas las casas tenían sótanos para almacenar la comida y, como tampoco eran comunes las heladeras, en cada sótano había muchas jarras de barro, llenas de agua, que así se mantenía fría», explica Fateme, para luego meterse de lleno en la cotidianeidad de la guerra, la que no se ve en los medios, el conflicto que solo comprende quien lo vivió y que se mide en abrazos, en lágrimas y no en estadísticas.

«Esos sótanos salvaron la vida de mucha gente. Cuando caían las bombas, teníamos que bajar. Recuerdo por ejemplo un día que estaba en la calle y empezaron las sirenas. La orden era: ‘Al sonido de sirenas, directo al sótano’. Empecé a correr, entré a mi casa y en el momento de bajar el primer escalón, sentí la explosión. Eran 33 escalones, no me acuerdo cómo llegué hasta abajo. Pero así como nosotros nos salvamos, murió mucha, muchísima gente. Y cuando los bombardeos eran muy intensos, nos teníamos que quedar viviendo allí».

Hoy, la pesadilla quedó atrás, aunque en el medio hubo que trajinar mucho. Mohammad, por ejemplo, compró un auto, lo convirtió en taxi y salió a la calle, aunque no conocía ni una palabra de español, menos que menos el mapa de Buenos Aires. «Les iba a pedir a los pasajeros que me indiquen pero tuve la mala suerte de que la primera persona que se subió fue un ciego. Entonces, como era imposible entendernos, lo llevé, sin poder explicarle, a mi edificio, para que hable con el portero y éste le explique la situación. Imagínense la desesperación de ese hombre: el taxista que habla un idioma raro lo empieza a llevar por cualquier camino…».

Con el tiempo, todo se fue acomodando. El ciego, incluso, se convirtió en un pasajero fijo de Mohammad; la pareja estudió en Buenos Aires, consiguió trabajos, compraron una casa y tuvieron una hija, que a veces les corrige algunas palabras: «Es cosecha, papá, no cosecho». Aunque se nota que es difícil, y que hay mucho dolor de por medio, la pareja de iraníes cuenta sus historias de guerra y de exilio con buen humor, con carcajadas. Ambos se consideran privilegiados, ambos se consideran sobrevivientes.

¿Y ahora? Casi medio siglo después, ¿se puede comparar de alguna forma la situación de cuarentena a lo vivido en una guerra? ¿Les trae la reclusión algún tipo de recuerdos?

«Son dos clases diferentes de guerra -dicen a coro-, pero claro, esta es mucho más cómoda. Aunque no es lindo quedarse todo el tiempo en la casa, existe una diferencia muy grande: antes no estábamos seguros ni siquiera en nuestras casas. Y desde ya, no hay bombas ni explosiones ni misiles».

De una reclusión a otra, a cuarenta años y 14.000 kilómetros de aquel silbido de muerte, la historia de Mohammad y Fateme hoy rebalsa vida. «Con gozo tranquilízate, que el tiempo es poca cosa», escribió Hafez, el gran poeta persa. Que el tiempo es poca cosa.

Fateme y Mohammad no son los nombres reales de los protagonistas de la nota, que pidieron confidencialidad.

Conocido en las redes por su alter ego, Periodistán, viajó por países muy poco visitados, como Iraq, Afganistán, Burundi y Somalía. Fanático del fútbol, cree fervientemente que, en muchos casos, a través de una pelota se puede explicar el mundo y todas sus complejidades.