El aborto ilegal asesina mi libertad

Si hay algo inconfundible es lo que sabemos a través de todos estos años de garantizar abortos en la clandestinidad. Los feminismos son movimientos de acción territorial y consensos comunitarios, son la legitimidad del conocimiento que surge de las perspectivas emancipatorias.

Holis, ¿cómo estás? Yo un poco mareada. Entre el finde largo, el cambio de día en nuestras cartas y pensar en que haya media sanción de la Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo y no poder abrazar a ninguna de mis compañeras en la calle, todo se me hace extraño, como un momento fuera del tiempo.

Se me ocurre entonces que podemos aprovechar la confusión de esta semana corta para hacer menos confuso el argumento más confuso en la discusión sobre la legalización del aborto: el comienzo de la vida. Y que aunque hoy no sea feriado, podemos hacer Escuelita de filosofía de la ciencia igual, ¿no? Porque nuestra lucha es también una fiesta y quién nos quita lo bailado.

El ser, no ser, el yo no yo, ¡no son nada para mí!

La pregunta acerca de la vida, si bien es frecuentemente utilizada como falacia y golpe bajo, también es una preocupación genuina para muchas personas que piensan que no se puede trazar una línea clara que determine el momento en el que un cúmulo de células pasa a ser un bebé.

Y si bien es cierto que no se puede hacer tal cosa, eso no quiere decir que no podamos apelar a argumentos convincentes al respecto. Después de todo, negarnos a dar ese debate es, de alguna forma, afirmar que si las respuestas que nos da el conocimiento que produjimos hasta ahora no son unívocas no pueden ser certeras, y eso simplemente no es cierto. A veces, simplemente son complejas.

Sobre esta complejidad trabajé en mi libro, Que la ciencia te acompañe, a la hora de desmitificar argumentos antiabortistas. La conclusión es que, cuando no hay criterio único, decidir es difícil pero imponer no es una opción.

Te comparto entonces el fragmento dedicado a esta cuestión:

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La discusión acerca de cuándo comienza la vida no es sencilla y está lejos de haber encontrado una conclusión definitiva. Desde hace años, la ciencia, a través de herramientas que permiten observar el desarrollo de los fetos, y la filosofía, mediante el uso de categorías que dan cuenta de diferentes estados de la identidad personal, dialogan entre sí tratando de hallar respuestas al respecto.

Para empezar, es importante establecer las diferencias entre una persona, un humano y un ser vivo. Nadie duda de que una vaca o un cerdo sean seres vivos; sin embargo, no se propone que sea ilegal matarlos. Carl Sagan (que, dicho sea de paso, era vegetariano y gran crítico de la utilización de animales para la experimentación científica) alude a esta distinción en su libro Los Dragones del Edén: “En el polo opuesto de la discusión, la frase ‘derecho a la vida’ constituye un ejemplo claro de expresión altisonante concebida para impresionar más que para aclarar las cosas. Ni hoy ni nunca ha existido en ningún país de la Tierra el derecho a la vida. Criamos animales domésticos para luego darles muerte, destruimos los bosques, contaminamos ríos y lagos hasta causar la muerte de toda la fauna piscícola, cazamos venados por deporte, leopardos por la piel y ballenas para preparar comida para los perros, atrapamos a los delfines, boqueantes y semiasfixiados, con grandes redes del tipo utilizado para la pesca del atún, y sentenciamos a muerte a los perros cachorros para ‘equilibrar la población’. Todos estos animales y vegetales están tan vivos como nosotros. Lo que muchas sociedades humanas protegen no es la vida, sino la vida del hombre, y aun así desencadenamos guerras con medios ‘modernos’ que causan estragos en la población civil y que suponen un tributo tan escandaloso que muchos de nosotros ni siquiera nos atrevemos a entrar en su consideración. A menudo se intenta justificar este genocidio acudiendo a una redefinición racista o nacionalista de nuestros oponentes que no les reconoce siquiera la condición de hombres”. 

Dicho esto, podemos establecer como punto de partida de la discusión que lo que se plantea es el derecho a la vida humana y no a la vida en general. En ese caso, entonces, el derecho debe aplicarse sobre aquello que sepamos con certeza que es una vida humana y no, como muchas veces se pretende, sobre su potencialidad (cuando se dicen cosas como “No importa si el embrión es o no una vida porque puede serlo: al abortar, le sacás la oportunidad”). Si así fuera, al problema de determinar exactamente cuándo comienza la vida le agregaríamos el de distinguir en qué momento comienza la posibilidad de generarla. “Debo decir, también, que el argumento acerca de la capacidad del cigoto para dar vida a un ser humano me parece sumamente endeble -argumenta Sagan-. En circunstancias propias cualquier óvulo o esperma tiene este mismo potencial. Con todo, ni la masturbación ni las poluciones nocturnas del varón suelen conceptuarse como actos antinaturales merecedores de una condena por asesinato. Una sola eyaculación contiene suficiente número de espermatozoos para generar centenares de millones de seres humanos”. De la misma manera, en su video para Big Think, Glenn Cohen, profesor de Derecho y Bioética en Harvard, ejemplifica diciendo: “El agua y el oxígeno tienen el potencial de ser agua. ¿Eso significa que son agua?”.

Para pensar en la vida humana, entonces, necesariamente deberíamos ponernos de acuerdo en qué es un humano. ¿Qué es eso que nos distingue del resto de las especies y que nos hace merecedores de un derecho a la vida que no le otorgamos a otras?  Según Sagan: “La cuestión clave del dilema radica en poder determinar en qué momento el feto puede considerarse un ser humano, dilema que a su vez depende de lo que se entienda por humano. Desde luego, no el hecho de tener una configuración humana, porque una masa de material orgánico que se asemejara a un hombre pero que fuera elaborada con tal fin no podría considerarse propiamente humana. Asimismo, un hipotético ser extraterrestre dotado de inteligencia que no se asemejara a nosotros pero que poseyera unas cualidades éticas, intelectuales y artísticas superiores a las del hombre debería entrar en nuestro cuadro de prohibiciones contra el asesinato. Lo que acredita nuestra condición humana no es lo que parecemos, sino lo que somos. La razón por la que prohibimos dar muerte a otro ser humano debe sustentarse en alguna cualidad peculiar del hombre, cualidad a la que conferimos especial valor y que pocos o ningún otro organismo de la Tierra posee”.

Para dilucidar a qué nos referimos cuando hablamos de humano, resulta central la noción de “persona”, que es lo que comúnmente se conoce como “sujeto de derecho” y refiere a aquellas garantías morales y legales que les otorgamos a los individuos. Esto, por supuesto, no es igual para los fetos que para quienes hemos nacido. Y ahí radica la cuestión central del aborto; en pensar que hay alguien quitándole un derecho a otro.

Hay quienes dicen que el otorgamiento de derechos es un acto político y no natural y que, por lo tanto, debiera quedar fuera de la discusión acerca del comienzo de la vida. En estos casos, vale la pena observar un factor que se ha dado a conocer como “la capacidad x”, una cualidad que podría permitir definir más precisamente lo que es una persona. Algunos ejemplos de ello podrían ser la conciencia de la propia existencia, o la posesión de una identidad. Ser consecuente con esta lógica implicaría ciertos riesgos colaterales: uno podría entrar en la difícil tarea de justificar el infanticidio de un niño que no desarrolló la noción de identidad o sostener que un anciano con demencia senil ya no es persona porque perdió alguna de estas capacidades.

Entonces, la cuestión central radica en precisar cuándo podemos considerar que cierta masa de material orgánico con genoma humano comienza a estar viva, como para ser sujeto con derechos propios. No es sencillo, ya que las nociones filosóficas sobre humanos y personas se combinan con el conocimiento científico del momento acerca de lo que sucede durante las gestaciones para sentar las bases de las conductas admisibles al respecto. Todo este proceso de fusión de conocimiento, luego, se refleja en un sistema de normas que nos regulan, y las leyes pasan a ser el instrumento que administra y reconoce nuestras concepciones acerca de la vida y de cuándo podemos, o no, interrumpirla.

Las respuestas que ha dado la ciencia a este dilema lejos están de ser unificadas y consensuadas. Mucho menos, estáticas en el tiempo. En el siglo XIX, cuando la esposa de Enrique VIII sintió la primera patada dentro de su panza, hubo fuegos artificiales en Londres. Era una prueba de vida y, hasta ese momento de la gestación, el aborto era legal en Gran Bretaña. Hoy, mucho antes de la primera patadita, alrededor de la semana 20, se puede sentir el latido del corazón del feto durante un ultrasonido de rutina. De esta manera, la ciencia posibilitó el argumento de la personería del feto, cosa imposible cuando no se podía observar el interior del útero.

Entre fines del siglo XIX y principios del XX, cuando los médicos empezaron a coleccionar fetos y observar las etapas de la gestación, se instaló la concepción de que la vida empieza en la fertilización. A partir del desarrollo de la técnica in vitro (fuera del cuerpo), se observó que el fenómeno se da como proceso y puede tardar hasta 24 horas, dado que son necesarios varios cambios bioquímicos para que el espermatozoide traspase la membrana del óvulo. Dentro del cuerpo, además, la fertilización puede ocurrir varios días después de la inseminación, ya que los espermatozoides aún se mueven tratando de alcanzar las trompas de Falopio.

No obstante, pensar la fertilización como el inicio de la vida es muy polémico, pues no es la única condición que se requiere para que el óvulo fecundado comience su desarrollo. Para eso es necesaria la implantación, que es la adhesión a las paredes del útero. Se estima que entre un 50% y un 80% de los óvulos fecundados no se implantan y que muchísimos embriones se desprenden espontáneamente, eliminándose a través del ciclo menstrual. Si la vida comenzara en la fertilización, ¿se considerarían estos casos como muertes?, ¿se podría decir que esa persona experimentó un embarazo cuando, probablemente, jamás se entere de que esto sucedió? 

El comunicador científico estadounidense Bill Nye señala al respecto: “Si vas a otorgarle a cada óvulo fertilizado los mismos derechos que a un individuo por considerarlo una vida humana, ¿vas a encarcelar a cada mujer cuyo cuerpo descartó uno?, ¿a cada varón cuyo esperma fecundó un óvulo y no se convirtió en un bebé?”. Si bien el contraargumento es sencillo -nadie encarcelaría tampoco a padres cuyos hijos mueren por una enfermedad, sin mediar duda de que los niños son personas-, Nye da cuenta de que la idea de considerar personas a los óvulos fecundados parecería exagerada, como si no pudiera bastar con eso.

Aún si la fecundación y la implantación funcionan, la ciencia tampoco puede decir cuándo el embrión pasa a ser una persona humana. Para un embriólogo, podría ser en la gastrulación, cuando ya no puede dividirse para formar gemelos idénticos; para un neurocientífico, cuando se pueden medir ondas cerebrales. Sagan, cercano a la última posición, señala: “Creo que la cualidad humana básica no puede ser otra que nuestra inteligencia. Si lo consideramos así, la inapelable inviolabilidad de la vida humana puede identificarse con la evolución y la presencia del neocórtex. No podemos exigir que se trate de una evolución plena porque ésta no se produce hasta muchos años después del nacimiento, pero tal vez podríamos determinar que el tránsito a la fase humana acaece en el momento en que se inicia la actividad neocortical tal como viene registrada por la electroencefalografía del feto. La observación de algunas funciones biológicas muy simples nos ofrece indicativos del momento en que el cerebro cobra un carácter específicamente humano. Hasta la fecha [1977] se ha investigado muy poco dicha cuestión, y estoy convencido de que los estudios en este terreno desempeñarían un papel determinante en la consecución de un compromiso aceptable que zanjara los debates sobre el aborto. Indudablemente, habría diferencias de un feto a otro en cuanto al momento de iniciación de las primeras señales electroencefalográficas del neocórtex, y todo intento de formular una definición legal del momento en que comienza la vida propiamente humana debería adoptar una pauta de prudencia, es decir, a favor del feto menos desarrollado capaz de exhibir tal actividad. Tal vez el momento de transición habría que fijarlo hacia el término del primer trimestre o próximo al inicio del segundo semestre del embarazo”. 

A partir del fallo de la Corte Suprema de los Estados Unidos sobre el juicio Roe vs. Wade de 1973 (una solicitud de aborto debido a un embarazo producto de una violación), el aborto es legal en ese país según el criterio de viabilidad. Esto quiere decir que puede practicarse hasta que el feto sea, potencialmente, capaz de vivir fuera del útero sin ayuda artificial. En este sentido, se considera que la vida comienza cuando se da con independencia de otros organismos. Sin embargo, esto también es relativo. Desde los años ‘70 (cuando el umbral era de 26 semanas) hasta ahora, el límite se viene corriendo una semana por década.

Un estudio de 2015 mostró un aumento en la tasa de supervivencia en bebés de 22 semanas mediante el uso de esteroides para potenciar el desarrollo fetal y tensoactivos para prevenir el colapso pulmonar. Pero, como bien señala Matthew Rysavy, uno de los autores principales del trabajo, establecer un momento exacto para la viabilidad es prácticamente imposible (“Depende de cómo lo definas, ¿quiere decir que algunos bebés sobreviven?, ¿que la mitad sobrevive?, ¿que la mayoría sobrevive? A las 22 semanas, la mayoría de los sobrevivientes tiene secuelas permanentes”).

Me tienen así vibrándome las venas de ansiedad

Finalmente sucedió: empezó la primera campaña de vacunación masiva contra el coronavirus. A menos de una semana del comunicado del gobierno británico en el que se anunciaba la aprobación de la vacuna de Pfizer/BioNTech, Margaret Keenan, de 90 años, fue la primera persona en recibir la inyección en un hospital de West Midlands, Inglaterra. Las autoridades esperan administrar 800 mil dosis en las próximas semanas, estimando que a fin de mes se llegará a cuatro millones.

Como ya dijimos varias veces en estas cartas, la vacuna no será una solución definitiva hasta que se distribuya copiosamente en todo el mundo y se compruebe que la inmunidad es duradera.

Mientras tanto, van algunos puntos para navegar la confusión y el desconcierto a la espera de un desenlace:

  1. Respecto a los dichos que resaltan el carácter histórico de “haber desarrollado una vacuna en diez meses”, me gusta mucho esta cita de la viróloga Margarita del Val que rescató la periodista científica Pampa Molina: “Una ventaja en esta pandemia es que ya existía buena ciencia previa sobre coronavirus, y sabíamos qué proteína teníamos que meter en la vacuna. Con otras enfermedades no sucedería así”.

    Allá lejos y hace tiempo habíamos hablado de cómo el tema de las modas y tendencias también alcanza a la investigación. Durante años, quienes se ocuparon de producir conocimiento sobre coronavirus tuvieron que hacerlo atravesando grandes dificultades pues lo que no entra en agenda se piensa como investigación por amor al arte y sale perdiendo ante las falsas dicotomías ciencia útil/inútil o básica/aplicada.

    Con esto quiero decir que la vacuna no se hizo en diez meses y que esa historia previa no es solo la historia de avances en el conocimiento que fueron menospreciados, sino también la historia de las resistencias que ofrecen quienes se niegan a creer que lo único que vale la pena saber es lo que se puede comercializar inmediatamente.
  1. Esta nota de Carl Zimmer trae una pregunta interesante: ¿Se debe dar prioridad en la vacunación a aquellos voluntarios que recibieron el placebo? Las líneas argumentales son dos. Por un lado, hay quienes afirman que se trata de una especie de deuda, ya que quienes participaron de los ensayos se expusieron a potenciales efectos adversos en nombre del bien común. Por otro, algunos investigadores señalan que vacunar primero a quienes recibieron el placebo terminaría con la posibilidad de comparar ambos grupos a largo plazo, por lo que, en realidad, deberían ser los últimos.

    Además, las vacunas que estén disponibles en lo inmediato lo harán con una aprobación de emergencia. Esto quiere decir que por la situación sanitaria algunos requisitos se han pospuesto. Si los grupos placebo desaparecieran, no podrían cumplirse todas las condiciones requeridas para obtener una licencia permanente. Anthony Fauci, el epidemiólogo estrella del gobierno estadounidense, propone que se vacune a todos los que recibieron placebo y que también se le de placebo a todos los que fueron vacunados. El objetivo sería poder comparar a los dos grupos para ver si la inmunidad desaparece para quienes recibieron el fármaco primero.
  1. Para que las vacunas funcionen, la gente se las tiene que dar. En esta edición hablamos un poco sobre comunicación para fomentar la confianza en las vacunas. En ese sentido, siempre es bueno recordar que el paper que linkeaba vacunas y autismo fue retirado de la publicación original. Acá va un fragmento del anuncio de fraude:

    “En el documento original, Wakefield y 12 coautores afirmaron haber investigado ‘una serie continua’ de 12 niños derivados al Royal Free Hospital y a la Facultad de Medicina con enterocolitis crónica y trastorno de desarrollo regresivo. Los autores informaron de que los padres de ocho de los 12 niños asociaban la pérdida de las habilidades adquiridas, incluido el lenguaje, con la vacuna triple viral. Los autores llegaron a la conclusión de que los ‘posibles desencadenantes ambientales’ (es decir, la vacuna) se asociaban con la aparición tanto de la enfermedad gastrointestinal como de la regresión del desarrollo.

    De hecho, según el dictamen del Consejo Médico General de Gran Bretaña de enero, los niños que Wakefield estudió fueron seleccionados cuidadosamente y parte de la investigación de Wakefield fue financiada por abogados que actuaban en nombre de los padres que estaban involucrados en demandas contra los fabricantes de vacunas. El Consejo determinó que Wakefield había actuado de manera poco ética y había mostrado una ‘cruel indiferencia’ hacia los niños de su estudio, a los que se les hicieron pruebas invasivas”.

¿Qué vas a hacer? ¿Quedarte donde esperan que estés?

En medio del extrañamiento de pensarnos en la calle después de tanto tiempo, hay algo que no da lugar a confusiones: es donde tenemos que estar. Y esto no es necesariamente literal, hay muchas formas de participar, pero lo que no se puede es ceder.

No hay que olvidar que si necesitamos una ley es por la desidia del propio Estado, que aún con las herramientas constitucionales para garantizarnos un derecho, elige no hacerlo y hoy nos pone cláusulas obstaculizadoras como si nuestro objetivo fuera pasar una legislación y no mejorar nuestras vidas.

Si hay algo inconfundible es lo que sabemos a través de todos estos años de garantizar abortos en la clandestinidad. Los feminismos son movimientos de acción territorial y consensos comunitarios, son la legitimidad del conocimiento que surge de las perspectivas emancipatorias. Para todas, todo. Para todos, la libertad.

Te mando un beso enorme y #QueSeaLey,

Agostina

p/d: Si las referencias de este news te son ajenas, podés escuchar el EP homónimo de 1997 y leer esta semblanza sobre ese hito del under que gastó la casetera de mi habitación adolescente.

Soy comunicadora científica. Desde hace tres años formo parte del colectivo Economía Femini(s)ta, donde edito la sección de ciencia y coordino la campaña #MenstruAcción. Vivo en el Abasto con mis dos gatos y mi tortuga. A la tardecita me siento en algún bar del barrio a tomar vermú y discutir lecturas con amigas.