El costo ambiental de enviar emails

Una campaña en el Reino Unido decía que, si se dejaban de enviar "gracias" se ahorrarían 16.433 toneladas de carbono al año. Pero era falso.

Una nueva semana, un nuevo motivo para sentirnos culpables por la crisis climática. A la larga lista de cosas que hacemos que garantizarán nuestro irremediable descenso al infierno climático en la Tierra quizá debamos sumar enviar correos electrónicos. La sugerencia circula sin esfuerzo en redes sociales empujando la culpa individual, diseñada para hacernos sentir que cada clic es un pecado ecológico.

Piensa antes de agradecer”, una campaña publicitaria de 2019 en el Reino Unido, nació bajo una premisa simple: la cortesía digital nos está costando el planeta. La empresa de energía renovable OVO, detrás de la campaña, venía con un dato simpático irresistible para la prensa: si cada británico enviara un correo de “gracias” menos al día, se ahorrarían 16.433 toneladas de carbono al año, el equivalente a 81.152 vuelos a Madrid. La idea era tan pegadiza que hasta funcionarios del gobierno británico la consideraron como una política pública para la cumbre climática de Glasgow. Salvar el planeta era tan simple como ser un poquito más desconsiderado.

El problema es que todo esto es, fundamentalmente, un mito.

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La fuente original de estos cálculos fue el libro How Bad are Bananas? (Qué tan malas son las bananas) de Mike Berners-Lee, publicado en 2010 y luego revisado en 2020 y 2022. Cuando OVO Energy usó sus cifras para la campaña de marketing, el propio Berners-Lee tuvo que salir a aclarar que el gobierno “había agarrado el palo por el extremo equivocado” y que “la huella de carbono de enviar un correo electrónico es trivial”.

Un mal cálculo

El cálculo original que generó el pánico, publicado en la edición de 2010, estimaba unos 4 gramos de CO²eq (equivalente de CO²) por un correo estándar. Pero como quizá hayas sospechado, en el mundo de la tecnología los números cambian rápido y quince años son una eternidad. La eficiencia energética de los centros de datos se duplica más o menos cada dos años, por lo que los cálculos de 2010 son simplemente obsoletos.

Para la edición actualizada del libro, Berners-Lee revisó drásticamente esas cifras: un correo corto enviado desde un teléfono genera unos 0,2 gramos de CO²eq, y uno largo desde una laptop, unos 17 gramos. Incluso si tomáramos la estimación más alta de su impacto global, el correo electrónico apenas representaría el 0,3% de la huella de carbono mundial. Un número no sólo marginal sino que probablemente también ya haya quedado desactualizado, si no ridiculizado por el nuevo cuco: el impacto energético de la inteligencia artificial.

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Y lo peor es que lo insignificante del correo electrónico es mencionado en el mismo libro. Berners-Lee reconoce allí que su objetivo no es otro que intentar “dar un sentido de escala a preguntas importantes que son casi imposibles de cuantificar” e incluso advierte que “los correos electrónicos no son un problema, a pesar de las historias de los medios. No hay necesidad de reducirlos si son realmente útiles”.

Pero la falla del argumento no es sólo cuantitativa; es conceptual. La idea de que cada correo que enviamos “cuesta” una cantidad fija de carbono se basa en una premisa falsa. Los sistemas que almacenan y transmiten nuestros datos —los centros de datos, los routers, los cables submarinos— no se prenden y apagan con cada “gracias” que mandamos. Operan 24 horas al día, 7 días a la semana, manteniendo una carga de energía base más o menos constante. Como explicó un investigador de Stanford, el sistema no es “energéticamente proporcional”: duplicar la carga de correos no duplica el consumo de energía. El costo climático marginal de enviar un correo más, o de no enviarlo, es esencialmente cero. Los servidores van a seguir girando y consumiendo electricidad independientemente de tu amabilidad.

Ordenar y ahorrar

Para ponerlo en perspectiva: conducir un kilómetro en un auto compacto emite tanto CO²eq como la electricidad usada para transmitir y almacenar 3.500 correos de cinco megabytes cada uno (o 233 mil correos de 75 KB, que es el tamaño promedio).

Luego está el asunto de la bandeja de entrada ordenada, que podría resumirse en la máxima “Borra tus viejos correos para salvar el planeta”. Otro gesto inútil. El beneficio de carbono de eliminar 1.000 correos electrónicos es de unos cinco gramos de CO²eq. Sin embargo, usar una laptop en Buenos Aires durante treinta minutos para hacer esa limpieza manual puede emitir 17 gramos de CO²eq, considerando una intensidad de emisiones de 288 g CO₂ / kWh. Es decir, el acto de borrar puede tener una huella de carbono mayor que el de simplemente almacenar. Más honesto sería recomendar: “Borra tus viejos correos para salvar tu salud mental”.

Además, todo este esfuerzo individual de introspección digital es insignificante frente a la realidad del tráfico de correo: las estimaciones varían, pero entre el 50% y el 85% del flujo global de emails es spam. Nuestros “gracias” y “saludos” frente a ese océano de porquerías automatizadas no son sino una gota. Al mismo tiempo, el impacto energético depende de cómo se obtenga energía en el lugar donde vivimos: es el sistema el que define la huella.

La cuestión con este mito no es solo que sea equivocado sino que funciona perfectamente para obsesionarnos con un gesto trivial que distrae del problema real: el intercambio de correos electrónicos en una estimación de 2020 representaba apenas el 1% del flujo global de datos de Internet. Mientras tanto, los servicios de streaming —Netflix, YouTube, TikTok— consumen aproximadamente el 70% del tráfico total, aunque no existen estimaciones definitivas.

Y ni siquiera llegamos al villano principal

La fuente dominante de emisiones de carbono para cualquier usuario digital no es el uso de sus dispositivos; es la fabricación de esos dispositivos. La energía y los materiales necesarios para producir un teléfono o una laptop eclipsan por completo la electricidad que consumirán enviando correos durante toda su vida útil. La mejor manera de reducir la huella de carbono digital no es el control obsesivo de los correos que recibimos, enviamos, borramos o guardamos, sino comprar menos aparatos electrónicos y hacer que nos duren el mayor tiempo posible. Pero tanto más fácil es correr con enviar menos mails cuando el último iPhone se ve tan bonito.

Esta obsesión por micro-optimizar la conducta individual mientras se ignora el diseño del sistema es una forma de shaming climático. Y puede llegar a niveles absurdos. Un artículo reciente calculaba que incluir tres palabras extra para indicar la preferencia de pronombres de género en la firma del correo podría contribuir a la muerte prematura de una persona al año. Estos razonamientos distraen y ponen la responsabilidad moral sobre el individuo por gestos de inclusión o cortesía, mientras las decisiones sistémicas —como facilitar que los centros de datos se alimenten de energía renovable en lugar de combustibles fósiles, entre otras cosas— quedan fuera de la conversación.

No enviar correos inútiles tiene sentido, pero no por el futuro de la humanidad y el planeta Tierra. El verdadero beneficio de reducir el ruido digital no es climático, es psicológico: es el alivio del estrés laboral y la sobrecarga cognitiva. Y si responder con un “gracias” o un “me hiciste pensar en tal o cual cosa” emite 0,2 g de CO²eq, sobrarán oportunidades de compensar esa huella, sin involucrar demasiada matemática.

Lo que podemos hacer

Los cambios necesarios deben realizarse en la escala de la infraestructura, impulsada por los estados y las mismas empresas. Reducir la huella de carbono puede lograrse a partir de las proporciones en la mezcla energética, como se evidencia al comparar el impacto en regiones con electricidad limpia (idealmente nuclear o renovable) con aquellas con alta intensidad de carbono. El esquema de incentivos debe apuntar a que se maximice la eficiencia energética también en la transmisión de datos y la fabricación de dispositivos, antes que la renuncia a comunicaciones que de por sí tienen un impacto insignificante.

Podés borrar tus correos para ahorrar espacio o encontrar las cosas más rápido. Podés enviar un “gracias” si te parece que la amabilidad vale su peso en CO². Pero no te dejes psicopatear cuando te corran con que estás salvando el planeta por no hacerlo. La crisis climática no se resuelve con penitencia digital, sino cambiando la infraestructura.

Foto: Depositphotos

Investiga sobre el impacto político y social de la tecnología. Escribe «Receta para el desastre», un newsletter acerca de ciencia, tecnología y filosofía, y desde 2017 escribe «Cómo funcionan las cosas», un newsletter que cruza ciencia, historia, filosofía y literatura desde la exploración de la curiosidad.